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Myanmar. Día 14. Yangon.

Monjes paseando en las calles de Yangon

Tras levantarnos y desayunar seguimos nuestro rumbo hasta uno de los países menos conocidos y visitados del sudeste asiático. Myanmar (antigua Birmamia). Nuestro primer destino: Yangón.

La primera impresión con respecto a Vietnam es la de que Yangón es muy diferente. Otra fisionomía de sus gentes, una curiosa mezcha que me recuerda a la gente que conocimos en el suroeste de China (junto al lago Luku), más oscuros de piel con rasgos asiáticos. También es diferente la organización de la ciudad y la forma de moverse por las calles (noto una estructura más sistematizada), más espuritualidad (abundan los monjes y no es raro encontrar gente rezando), mucha gente joven, niños y familias juntas, y mucho menos ruido. Pero lo que más me ha llamado la atención es que en Yangon ¡no hay motos! (al menos yo no vi ninguna), ni motos ni sus tormentosos continuos pitidos. Cruzar la carretera sigue siendo aventurero, pero a un nivel base, no a nivel dios como en Vietnam.

En Yangón sólo estaremos un día, por lo que nada más llegar , dejamos las cosas en el hotel (Merchant Art Residence, muy recomendable) y aprovechamos para dar un paseo y comer en un restaurante local, muuuuy local... (aún intento saber qué eran la mitad de las cosas que nos han puesto). Pescado y pollo estaba claro... lo demás vía libre a la imaginación. No ha llegado a tres euros por persona.

Después hemos continuado hacia el lugar más visitado de Yangón, la pagoda de  Shwedagon, a cinco minutos del hotel. Se trata de un complejo religioso budista de 46 hectáreas, repleto de pagodas y estupas, la mayoría cubiertas de oro donado por los birmanos, que se disponen rodeando a la gran pagoda central dorada, que se puede ver desde casi todo Yangon. Sencillamente impresionante. Gente, mucha gente, miles de personas (99% asiáticos) caminando y rezando, no en vano es uno de los centros de peregrinación más importantes del budismo.  También me recuerda a China, esta vez al monte Emei, aunque con mucha más gente y más grandiosidad del recinto. Se entra descalzo, previo pago si eres extranjero de 8000 kyats u 8 dólares por persona (8000 kyats equivalen a unos 5 euros y medio).  Dejas los zapatos en un mostrador con cientos de zapatos más, con la sensación de si será la última vez que los veas... pero venimos de Vietnam, eso no agobia, seguro que aparecen.

Decenas de monjes jovencísimos merodean por el lugar, sin inconveniente si les pides una foto. Sensación de seguridad absoluta. La gente camina en círculo por el perímetro enorme de la circunferencia de la pagoda. Algunos se sientan y rezan, otros se paran a observar... otros andan.

Aquello es tan grande que tras nuestra visita salimos por donde no era y tras bajar un montón de escalones no encontrábamos el lugar donde había dejado los zapatos... lo que nos llevó a volver a subir y nuscar la salida correcta otra hora más. Si no es porque los otros que traía los tiré en Hoi An no vuelvo a por ellos. Si visitas la pagoda alguna vez, lleva chanclas, que las metes en una bolsita pequeña que dan allí y las puedes llevar contigo.

Aquí aún se soprenden a ver occidentales, sobre todo si son rubios de ojos claros... Te siguen con la mirada y cuchichean desde lejos y, si los miras, apartan la mirada, se encogen de hombros y sonríen, como el niño que estaba haciendo algo mal y es descubierto... En las 3 horas de paseo se han acercado y pedido fotografías más de veinte personas... Esto también es coindidente con algunas regiones de China.

Yangón conserva el encanto de lo ingenuo, la simpatía no corrompida de su gente. Un pueblo que ha salido políticamente hace pocos años de una situación complicada y que está abriéndose al mundo cada vez más.

Sobre las 18:30h vuelta al hotel. Yangon tiene más que ver, y estamos en tiempo de ir a más sitios porque los horarios de visitas son más europeos, pero el cansancio hace mella, así que toca descansar. Mañana iremos en avión a una de las mejores playas del sudeste asiático, Ngapali. Allí pasaremos 3 noches. Antes le pedimos a la recepcionista que nos ayude a reservar un autobús nocturno para visitar dentro de cuatro días (al volver de la playa) el lago Inle, un trayecto de 8-10h, y nos nconsigue un pasaje VIP por unos 14 euros cada uno. El hotel lo buscaremos el día de antes. Después ducha, cena en la terraza (¡hamburguesa con patatas!, esto sí que sabemos lo que es) con unas vistas muy bonitas de la pagoda de Shwedagon con la peculiar imagen de velas flotando en el aire. La gente las coloca en cestas con globos de helio y las suelta, asciendiendo cientos de metros hasta que se apagan. Desde la terraza, testigos privilegiados de la escena.

Y tras las velas, a la cama.

Pagoda de Shwedagon

Monjes frente a la pagoda de Shwedagon

Madre y niño alrededor de la pagoda

Myanmar. Día 15. Ngapali.

Mumu paseando por Ngapali

Tras un magnífico desayuno en uno de los mejores hoteles en los que hemos estado, un taxi nos lleva al aeropuerto de Yangón para continuar nuestra ruta rumbo a la costa del golfo de Bengala, a una de las mejores playas del sudeste asiático, Ngapali. 

El aeropuerto de Yangón es cuanto menos curioso. Nosotros todo preocupados por el peso del equipaje, y al llegar aparece un trabajador del aeropuerto, el "pesamaletas", coge las dos maletas, una con cada mano, las menea un poco y nos dice así, a ojo, que el peso es correcto. Yo flipando. Pero aun he flipado más cuando ni nos han abierto el pasaporte desde que hemos entrado hasta que hemos llegado a Trandwe, el aeropuerto de Ngapali.

Este aeropuerto sí que es peculiar. Un letrero de madera  daleado nos da la bienvenida. Al llegar nos han recogido en la misma puerta del avión con unos paraguas para llevarnos al pequeñísimo aeropuerto, que estaba a 20m de donde hemos aterrizado. El mundo digital no ha llegado a este rincón del mundo. Nos apuntan a mano nuestros nombres en inmigración. Nos recogen las maletas. Nos llevan a un autobús (sólo para nosotros), y de ahí al hotel (Amazing Ngapali Resort), que se encuentra a unos 3km. Todo sonrisas. 

Al llegar, sencillamente, nos da la sensación de haber llegado al paraíso. El hotel y la habitación idílicos, con vistas directas al mar, todo rodeado de vegetación tropical y no más de 10 personas en una playa de 3km de largo. Arena dorada, agua azul, varias hileras de altas palmeras abrazando a los bungalows, tranquilidad, amabilidad de todo el que se cruza... Ngapali es un lugar pedido en el mapa que te acerca a otra dimensión. Un espectáculo para la vista. 

Aprovechamos la playa al llegar. Solos y privilegiados en un entorno que probablemente pocos conocerán. Agua cálida cristalina y poco profunda. 

Tras un par de horas comienza a lloviznar. Vamos a la habitación, tomamos unas frutas que nos han dejado y vamos al restaurante a tomar unos cócteles a pie de playa mientras se esconde el sol. Paseando por la arena conocemos a Mumu, dueña del que aparece en las guías como el mejor restaurante del lugar (See Queen), que se encuentra a 50 metros del hotel. Los restaurantes aquí estan en la carretera que transcurre paralela a la costa, tras la línea de hoteles, y son como los chiringuitos de málaga pero con un cierto aire habanero y con un deseo de agradar de los que los regentan que hace que te sientas como en casa. Cenamos allí langosta, langostinos gigantes y barracuda, todo a la barbacoa de leña, verduras y arroz, amenizado con una cerveza de Myanmar (que tienen 650cc). Una de las mejores cenas que recuerdo. Coste por persona: 18 euros.

Tras la cena reservamos barquito en recepción para ir mañana a una isla cercana para hacer snorkeling. 

Aprovechamos que la wifi va bien para escribir estas letras y en breve a descansar.

Me encanta este lugar.

Ngapali (Bungalows del hotel)

Ngapali

Ngapali

Myanmar. Día 16. Ngapali.

Barquero

Me levanto temprano. Me asomo al mar a dar un paseo y a ver si rescato alguna foto de las muchas que que esperan a ser descubiertas... Son las 06:00h. Pequeños barcos están pescando a no más de 100 metros de la playa. Algunos lugareños caminan. Ando unos dos kilómetros. Aún no ha salido completamente el sol y uno de los barcos comienza a acercarse a la arena y saca una cesta llena de lo que parecen barracudas. Foto.

De vuelta conozco a Danny, dueño del Golden Fish, un conocido bar cercano. Caminamos hacia mi hotel y me intereso por conocer la aldea de los pescadores (Fisherman Village). Me explica q él puede llevarnos en barco y mostrarnos la zona la mañana siguiente. Quedo con él a las 07:00h. Un barco nos recogerá a esa hora. Cientos de cangrejos salen de sus agujeros en la arena frente al rompeolas, escondiéndose de nuevo al sentir cualquier presencia cercana.

Desayunamos y a las 09.00h salimos hacia la Isla de la Perla (Pearl Island). No es necesario que la busquéis. No existe en google maps. Es una isla virgen a unos 45min en barco, de aguas cristalinas y un buen lugar para hacer snorkeling. Si el tiempo se para en Ngapali, retrocede en Pearl Island.

Tras una hora y media de snorkeling viendo peces de colores, rocas y plantas marinas, el barquito nos lleva al único punto con vida humana de la isla, un puestecillo con bebidas y 5 sombrillas en un trocito de arena. Se llama Lobster Bar (Bar de la Langosta). Ni una nube en el cielo, sol para todos. Tomamos una cerveza, baño en la playa y a la 13:00h volvemos a Ngapali. Dejamos atrás otro pequeño paraíso más, y ya van muchos... Comemos en el restaurante de Danny (langosta, cangrejo, calamar y tempura de verduras). Sin palabras.

En Ngapali usan un mejunge para la piel que todos llevan en las mejillas. Sirve para todo. Se llama Thanaka y se obtiene de frotar una rama de un árbol con ese nombre sobre una piedra mojada con agua.  Desde hace una semana tengo una reacción urticarial en el brazo derecho tras múltiples picaduras de sabe dios qué bicho, que ha ido empeorando hasta el punto de tener que inyectarme corticoide (menos mal que venimos preparados) y tomar antibiótico, con leve mejoría. Pues bien, no sé qué llevará el Thanaka pero en 24h me ha mejorado espectacularmente el brazo. En el hotel nos dejan una pastilla, pero le preguntamos a Danny dónde podemos comprarlo. Nos dice que en la ciudad (Township), y que el va a ir mañana. Así que le encargamos   un par de ramas (en bruto, sin elaborar como el del hotel). Él, generosamente, nos regala una rama suya y una piedra para conseguir la pasta, y nos enseña a hacerlo.

Por la tarde el cielo despejado deja contemplar un atardecer de ensueño.

El día ha sido largo. El sol tantas horas hace mella y toca descansar para mañana.

Cangrejo myanmareño

Dueña de restaurante esperando el barco

Pescadores con barracudas

Danny, el que me va a traer Thanaaka

Pearl Island

Atardecer en Ngapali

Myanmar. Día 17. Ngapali.

Rincón de Ngapali

Hoy ha tocado madrugar para ir a la aldea de los pescadores y de nuevo a Pearl Island a realizar snorkeling. Cuarenta minutos en barco. Pasando Pearl Island, tras un pico de piedra que emerge del mar en el que han construído una pagoda dorada, se encuentra Fishermen Village, en donde multitud de barcos se agolpan junto a la playa. Las gentes entran y salen con cestas a recoger mercancía. Bueyes tiran de carros y de barcos. Algunos niños miran mientras otros juegan a la pelota. No hay turistas. Una estampa peculiar y diferente de esta parte de la costa.

Después de nuevo a la isla de la perla, esta vez sola para nosotros. Echamos un nuevo vistazo en el fondo del agua de esta parte de la isla y después nos tomamos un coco acompañados por decenas de cangrejitos que corretean por la arena.

Volvemos a Ngapali y comemos en el restaurante Golden Fish, ya que quedamos maravillados ayer con sus cangrejos hervidos. Otra vez exquisito. Nuestro amigo Danny nos da el Thanhaka que nos prometió.

En la sobremesa conocemos a Carlos y a Carmen, una simpática pareja de Bilbao que celebra su luna de miel con un viaje que les ha llevado a recorrer Myanmar para acabar sus últimos días en esta indescriptible playa. Juntos charlamos de nuestros viajes y nuestras historias. Con ellos vemos el que hasta ahora ha sido el atardecer más impresionante que he contemplado, en el que el rojo que rodea al sol se difumina con el gris amoratado del cielo más lejano y con el plateado del mar, que se engasta poco a poco en la tierra con un manto fino de agua que hace de espejo de lo que está ocurriendo en el horizonte.

Quedamos para cenar con nuestros nuevos compañeros de este día en un restaurante que hay en frente del hotel. Compartimos anécdotas vividas y algunas risas y nos vamos al hotel. Lo malo de estos encuentros es que la despedida suele ser temprana, aunque seguiremos en contacto.

Mañana a las 10:00h salimos para el aeropuerto.

Fishermen Village

Pearl Island

Pearl Island

Atardecer en Ngapali

Myanmar. Día 18. Ngapali -Yangon

Nos levantamos temprano con la intención de contratar el vuelo sobre Bagan en globo para los días próximos a través del hotel. Nos parece bastante caro por lo que lo miramos mejor por internet. En las páginas que lo ofertan es obligatorio detallar el hotel en que te hospedas en Bagan, por lo que reservamos por Booking uno en New Bagan, bien comunicado con la zona de templos. Una empresa de Singapur lo ofrece 100 dolares más barato. A pesar de que sigue siendo un precio elevado, es el precio que cuentan los foros, por lo que lo contratamos dado que sólo quedan dos plazas libres en los tres días que tenemos previsto estar en Baga (300 euros por persona). Por los pelos pero lo conseguimos.

Nos avisan de recepción que nuestro vuelo se ha suspendido por mal tiempo, dándonos otro a las 13:45. Aprovechamos esas horas para un último baño en Ngapali.

Estos tres días en mitad de este paraíso quedarán para el recuerdo. Nos despiden en la puerta del hotel las recepcionistas que nos han atendido durante nuestra estancia.

Tras llegar a Yangon nos dirigimos en taxi hasta la parada del bus nocturno que nos llevará a nuestro próximo destino, el lago Inle, donde estaremos dos días.

La estación de autobuses es digna de ver... un suburbio enorme lleno de tiendas, perros, camiones, gente de todas las fisionomías imaginables... y autobuses por todas partes. Menos mal que el taxista conoce la zona y al ver el billete nos deja justo en la agencia que nos llevará. Dejamos las maletas y mochilas allí en un hueco y

aprovechamos para dar una vuelta por la zona y comer unos noodles en uno de los puestos.

El autobús es cómodo, con asientos espaciosos que se reclinan. Tenemos pasaje VIP (15 euros por persona). Nos esperan diez horas de viaje. Música ambiental local. Aire acondicionado a 10 grados. Hacemos varias paradas durante el trayecto en bares de carretera con baños dignos de una película de miedo... Se duerme lo que se puede (no mucho).

Gente que pasa mientras esperamos el autobús

Myanmar. Día 19. Lago Inle.

Lago Inle

Al acercarse el autobús al lago pasa el revisor, asiento por asiento, cobrando uno de los "impuestos revolucionarios" que el gobierno de Myanmar ha establecido por entrar en algunas ciudades (como en Hoi An en Vietnam). Son 12500 kyats (algo más de 9 euros) por viajero, y te dan un ticket que debes guardar durante tu estancia en la zona, aunque jamás nos lo pedirían después.

Son las 06:00. Llegamos a Nyaung Shwe, una aldea muy cercana al lago, al que está unida por un canal, desde el cual comienzan las rutas en barco.

No tenemos hotel aún. Al bajar nos ofrecen rutas por el lago por 30000 kyats. En los foros he leído que las hacen por 18000 (unos 13 euros y medio), por lo que ese es nuestro tope y no nos movemos de ese precio hasta que lo conseguimos. El precio es por barco, no por persona.

Le explicamos que tenemos que reservar un hotel. He mirado varios durante el camino. Hay uno sencillo pero limpio y bien situado, muy bien valorado según las opiniones de internet, justo al lado de donde salen los barcos (16 euros la habitación doble con desayuno). Vamos a ese y tienen una habitación, por lo que quedamos en una hora con el barquero, soltamos las cosas, nos duchamos y bajamos a la puerta del hotel donde nos espera el muchacho.

Comienza una ruta que durará unas 8h a traves del lago Inle, una vasta extensión de agua de 22km por 11km digna de ser conocida, pues es una de las señales de identidad de Myanmar.

Nada más dejar el canal que lleva al lago, comienzan a verse los típicos pescadores de esta zona, que reman con el pie dejando las manos libres para sujetar una red cónica que meten y sacan en el agua en busca de peces. Durante el paseo pasamos por verdaderos pueblos flotantes en los que la gente hace su vida cotidiana. Nos paran en varias tiendas (a pesar de que había insistido en que no queríamos "shopping", en las que te enseñan cómo trabajan la plata, cómo hacen puros de diferentes sabores, cómo tejen con hilos que sacan del tallo de la flor de loto (carísimo por cierto, una bufanda 100 dólares) y cómo tejen las "mujeres jirafa", unas señoras de una etnia local con cuellos elongados por anillas que se van poniendo desde pequeñas. No os puedo contar mucho de eso porque me pareció un espectáculo tan patético que les dije literalmente que no quería ver ese tipo de teatro que trataba a esas mujeres como monos de circo, así que salimos pitando.

Quitando esa parte, el recorrido por el lago es espectacular. Pedimos que nos llevasen a la aldea de Inn Thein, más alejada, a la que se llega a ttaves de canales que salen del lago, en la que cientos de estupas de diferentes colores y tamaños crean un entorno único. Paseamos estre las estupas durante una hora. A las 12:30h hicimos parada para comer (probamos pescado del.lago a la brasa, muy bueno). Después visitamos los jardines flotantes, kilómetros de huertos suspendidos en el agua donde siembran tomates, calabacines y otros tipos de hortalizas. Y tras ellos, el Monasterio de los Monos Saltarines, un lugar de culto budista donde los monjes tienen amaestrados a los gatos haciéndoles saltar a través de unos aros, aunque para nosotros fue el "Monasterio de los gatos dormilones" (sólo los vimos durmiendo).

Tras esta bonita experiencia volvimos exhaustos al hotel. Fuimos a cenar unas pizzas a un restaurante italiano cercano y a descansar prontito para recuperar horas de sueño.

Típica forma de remar en el lago

Estupas de Inn Thein

Aldeas flotantes en el lago Inle

Myanmar. Día 20. Lago Inle-Kakkau

Gente tranajando en el lago

05:00h am. Me despierto y dado que es muy temprano y el desayuno no comienza hasta las 07.00h, me bajo a dar una vuelta por el canal de en frente del hotel. La vida a esa hora es mucha. Decenas de barcos provenientes de los jardines flotantes descargan en tierra frutas y hortalizas que recogen los dueños de los puestos para venderlos en el mercado y otras muchas tiendecillas más pequeñas. Motocarros, motos y gente andando no dejan de cruzarse en el estrecho margen que queda entre la puerta del hotel y el agua. Aprovecho para fotografiar las escenas que contemplo.

En medio de este tumulto, a las 06.30h, aparece el hombre al que contratamos el barco ayer. Le pregunto por cosas para hacer este día y me recomienda coger unas bicis para conocer la periferia del lago. Pero eso es lo que hace todo el mundo y he leído que hay zonas menos exploradas algo más lejanas dignas de visitar. Se lo comento y me cuenta que podemos ir a conocer las pagodas de Kakku, lugar algo alejado cerrado hasta hace unos años a los turistas por el gobierno, al que sólo se puede acceder en taxi peivado y acompañado por un guía local, y que requiere pasar por un pueblo (Taunggyi) para comprar una entrada que cuesta 3 dolares. El guía a parte 5 dólares. Me dice que allí no llegan los turistas, o si lo hacen son muy pocos, y que es un lugar sagrado con "many temples". Me gusta la idea. Un amigo suyo que trabaja en un hotel nos puede llevar y traer en taxi por 40 euros desde nuestro hotel (es buen precio pues son más de dos horas de trayecto sólo la ida). Le digo que sí y quedamos en una hora con él.

Partimos hacia kakkau, comenzando así una de las vivencias más auténticas de este viaje. En pocos kilómetros los paisajes se tornan en una mezcla de verde de la vegetación (literalmente una selva), rojo de la tierra y amarillo de las flores de los árboles y los campos de margaritas salvajes... curiosamente los tres colores de la bandera birmana. Atravesamos campos de arroz, aldeas minúsculas y poblados en los que el tiempo parece haberse detenido hace cien años. La carretera deja paso a un camino a veces asfaltado y otras muchas no, por el que circulan, coincidiendo muy de vez en cuando, coches, camiones, bueyes, perros, motos, lugareños, monjes... Niños se bañan desnudos en las charcas, saludando a nuestro paso. Puentes de dos barras de metal para apoyar las ruedas haciendo equilibrio. Camiones llevando a personas en el remolque de un lugar a otro... Dos horas de la Birmania más auténtica que imagimo que puede vivirse, y de repente, a la izquierda, asoman los picos de miles de estupas que poco a poco van dejandose ver por completo a lo lejos. Es un complejo religioso budista que comenzó a construirse trescientos años antes de Cristo y terminó en el siglo XVI. Su belleza es difícilmente plasmable con palabras. Rodeados de monjes y gentes de la etnia Pa-O (la que habita en ese lugar), anduvimos durante dos horas, rodeados de casi dos mil quinientas estupas que a modo de lanzas apuntan hacia el cielo, cada una de ellas con una campanilla en su vértice, que al movimiento con el viento creaba un ambiente único. Rodeados de gente sorprendida de ver a occidentales allí, no paramos de acceder a fotografiarnos con todo aquel que nos lo pedía, que fueron muchos.

Salimos a comer en el único bar que existe, a doscientos metros justo en frente del mar de estupas, probando algunos de los mejores platos que hasta ahora hemos conocido en Myanmar (5 euros por persona).

Mientras comíamos, camiones cargados de birmanos y birmanas ataviados con ropas típicas y con instrumentos tocaban y cantaban mientras se acercaban al monumento. Y lo hacían, al contrario que las mujeres jirafa de Inle, porque les apetecía tocar y les apetecía cantar... lejos del teatro de quien quiere arrancar euros al que pasa. No hay souvenirs en Kakkau. Y tardarán en llegar, porque tardarán en llegar los turistas también.

Tras la comida volvimos al taxi y realizamos el camino de vuelta por otro itinerario, entrando al lago Inle por su parte oriental.

Una experiencia única, diferente... sencilla y llanamente... auténtica Birmania.

Tras descansar un poco dimos una vuelta por los mercados. Hicimos tiempo y hambre hasta las 20:00h que salía nuestro bus hacia la esperada Bagan. Nos costó encontrar el autobús. A la tercera va la vencida. Y es que aquí casi nadie sabe nada y las luces en este país a partir de cierta hora no existen. En el hotel a partir de las 23:00 cortan todo tipo de electricidad.

Por fin llegamos a la empresa de autobuses que nos llevaba. 

Buscamos algún sitio para cenar. Éramos dos, y acabamos cenando siete: nosotros y cinco perros callejeros en un poyete junto a uno de los canales parcialmente iluminado, en un puesto de calle de "lo que fuese" a la brasa. Vamos, como dos birmanos más. Muy rico. A los perros también les gustaron los huesos.

Nos subimos al autobús. Volvemos a cenar durante el trayecto (resulta que el bus tenía cena incluída) y a descansar lo que se pueda que mañana empezaremos a conocer una de las últimas joyas del viaje... Bagan.

Kakkau

Kakkau

Niños en Kakkau

Myanmar. Día 21. Bagan.

Bagan

A las 05:30 llegamos al hotel de Bagan. Bagan fue la capital del reino de Pagan durante 4 siglos de esplendor, durante los cuales, entre los siglos XI y XIII, se construyó uno de los conjuntos arqueológicos más impresionantes del planeta. Conocido aún por pocos, en los últimos años el turismo ha aumentado, a pesar este lugar de lo cual sigue conservando una magia que lo hace especial. Y es que hace un milenio comenzaron a construir pagodas en esta planicie de unos 100 km cuadrados, de arena roja y vegetación. Más de 4000 templos, muchos de los cuales  (unos 2000) han desaparecido o están en ruinas, víctimas en gran parte de los terremotos que azotan esta zona, los últimos en 1975 y hace 2 meses, en agosto de 2016, por lo que un númeeo importante de ellos se encuentra en restauración. 

Bagan es una zona rural de gebtes humildes con escasos recursos, en la que de nuevo el tiempo retrocede. Una carretera asfaltada a medias y el resto caminos de tierra que se anegan cuendo llueve. Y en los alrededores, un mar de pagodas, cientos de ellas de ladrillo rojizo que asoman sus estupas por encima de las copas de los árboles. Mires donde mires.... pagodas. Algunas de ellas enormes y bellas, otras más pequeñas y austeras. 

Es muy temprano y aún no podemos hacer el check in, por lo que nos disponemos a comenzar nuestra ruta por la zona, la cual se divide en tres principales zonas de norte a sur: Nyaung-U, Old Bagan y New Bagan, a escasos 3 o 4km una de otra. Dejamos las maletas en nuestro hotel en New Bagan (Hotel Yadanarbon).

Lo interesante en esta zona consiste en alquilar una bici o una moto y perderse por los caminos de tierra parando en aquellos templos que nos apeteca. Eso hemos hecho en el mismo hotel (una moto eléctrica para dos personas por algo menos de 5 euros durante 8h).

Moto y mapa en mano hemos visitado las pagodas más importantes. Paramos para hacer un desayuno-almuerzo y después seguimos con la ruta hasta Nyaung-U, donde hemos visitado su mercado, donde se vende absolutamente de todo, aunque no en las condiciones más higiénicas... Digno de ver.

Tras descansar en el hotel un par de horas y recargar la batería de la moto, nos preparamos para volver a los caminos. Pero al buscar mis gafas me doy cuenta que me he hechado encima y se han partido... Problema, gran probema. Y es domingo.

Preguntamos en recepción y nos dicen que hay un sitio al lado del mercado que nos pueden ayudar, pero no saben donde es exactamente. Llamamos a un taxista local, que nos lleva al lugar. Y me quedé impresionado. Era una especie de óptica. Nada más entrar, a pesar de que estaba lleno de gente local, nos atendieron los primeros. Salió el jefecillo de aquello, y sin decir nada me cogió las gafas de la mano, sacó sus herramientas y en tres minutos me las devolvió nuevas, como hacía tiempo que no estaban. Y el precio del arreglo: 1000kyats (70 céntimos de euro). Le di 5000 kyats en agradecimiento por el gran favor, pero no quiso aceptarlos. Si eso me pasa en España estoy varios días sin gafas y me dejo una pasta fijo. Pero esto es otro mundo, que no deja de sorprenderme.

Volvimos a por la moto para ver el atardecer desde lo más alto de la pagoda She San Daw, típico lugar en el que se reúnen cientos de turistas a esa hora. Es una de las más altas, dispuesta de cinco terrazas escalonadas con altos y estrechos escalones que asciendenden hasta su cima. Poco apto para los que respetamos bastante las alturas (bajar es toda una experiencia), pero un día es un día... y las vistas todo lo merecen. Una de las estampas que quedarán grabadas para siempre en  el recuerdo.

Cenamos en  el restaurante "Food Corner" (bastante bueno) por unos 9 euros por persona. Y de noche vuelta con la moto al hotel. Otra experiencia, la de adivinar caminos, porque en Bagan no existe luz por la noche, salvo la de los restaurantes y alguna pagoda iluminada.

Después de un día largo... al sobre.

Bagan

Birmano arreglando mis gafas

Pareja al atardecer en Bagan

Atarceder en Bagan

Myanmar. Día 22. Bagan.

Templo en Bagan

Segundo día en Bagan. Nos levantamos y nos disponemos de nuevo a recorrer los caminos que unen unas pagodas con otras. Alquimlamos otra moto. Aunque a primera hora de la mañana el día es bueno, esta madrugada ha habido una tormenta de varias horas. Algunos de los caminos son barrizales y hacen casi imposible circular por ellos con la moto, por lo que nos centramos en las construcciones a las cuales se accede por rutas más viables. Durante varias horas nos perdemos entre marrones y verdes... Y a cada paso... otro templo. Paramos a tomar un refresco en un puesto en el que nos atiende una añosa mujer birmana y toda su familia. Nos explica que cuando tengamos hambre nos puede preparar comida. Son tan hospitalarios y atentos con nosotros que decidimos volver para conocer de cerca la comida birmana más tradicional. A nuestra vuelta la mujer se muestra tan contenta de volver a vernos que se deshace en besos y abrazos. Nos sirve unos 10 platos a modo de tapa, con sabores muy diversos, algunos de ellos muy ricos, arroz y agua y nos cobra 1.75 euros por persona. Nos presenta a su familia y su nieta de 3 o 4 años nos dedica un baile y un cante improvisado. 

Tras comer volvemos al hotel a aprovechar el sol en la piscina y después cogemos de nuevo la moto para volver a Shwe San Daw a contemplar de nuevo el atardecer. Algo nublado pero imágenes otra vez para el recuerdo.

Volvemos al hotel, ducha y cena en un agradable restaurante en frente del hotel.

Pronto a la cama que mañana toca paseo en globo, si el tiempo lo permite, para ver el amanecer sobre los templos de Bagan.

Nos recogen a las 04.40h.

Vistas de parte de Bagan

Dow Mya Wei

Myanmar. Día 23. Bagan.

Niño en templo

Nos levantamos con la llamada de recepción en la que nos informan que se ha suspendido el vuelo en globo a causa del tiempo. Una verdadera pena, pero nada podemos hacer.

Hoy aprovechamos para llegar a las pagodas que ayer no pudimos llegar, y no es que los caminos estuvisen mucho mejor, es que nos dio igual meter los pies hasta las rodillas para evitar caernos. Hemos podido subir a otros templos con vistas espectaculares.

Para comer volvimos con nuestra amiga Dow Mya Wei, quien se encontraba embadurnándose de Thanakha, nos enseñó su cocina y nos ofreció otra comida abundante y estuvo charlando un rato enseñándonos fotos de ella de joven. Nos despedimos con otro hasta siempre... y buscamos un lugar lara darnos un masaje , (y ya van 3 en este viaje), pero esta ver birmano.

Cenamos donde ayer y fuimos al hotel. Peli en el móvil y a descansar. Mañana a las 08.00h nos recogen en el hotel para llevarnos a la estacion de bus para emprender nuestro camino al último destino de Myanmar, Mandalay.

Myanmar. Día 24. Bagan-Mandalay.

Hoy emprendemos rumbo a Mandalay... en el centro del país, última ciudad que nos cobijará antes de partir a Bangkok buscando el vio hacia España. Nos recoge una camioneta en el hotel con más gente que va a ese autobús. 

Detrás dejamos un conjunto arqueológico que deja sin palabras a cualquiera. Es la última vez que veremos tan de cerca todos esos templos, alejándose muy probablemente para siempre. Bagan está a la altura de los más importantes yacimientos de nuestro mundo. Aún conocido por pocos, tiene la idiosincrasia de los lugares únicos, que no pueden compararse con nada, porque sencillamente son diferentes. No logro entender cómo existe tal nivel de precariedad en un pueblo que alberga una maravilla de ese calibre. Estamos acostumbrados en nuestro país a hablar de monumentos importantes en muchas ciudades; pues bien, Bagan está a otro nivel, no por la belleza de cada uno de sus templos (que los hay muy bonitos), sino por el vasto conjunto que conforma, rodeado de un ambiente que lo realza más. Bagan desaparecerá con el paso de los siglos, pues los terremotos lo deterioran cada varias décadas, pero a pesar de eso Bagan impresiona. Bagan deja sin palabras. Bagan es una de las maravillas que nuestro antepasados nos dejaron, legado de su cultura y el trabajo de sus pueblos, para el deleite de todos los que tengan un hueco en la vida para visitarlo.

Adiós Bagan.

El viaje en autobús ha sido digno de referir (6 euros tampoco dan para mucho más). Un miniautobús llenito de gente, maletas por todos lados y niños pequeños... Durante 6h hemos tenido las rodillas pegadas a barbilla, con las maletas en los pies, y cada vez entraba más gente... Menos mal que hemos coincidido con 5 españoles con los que hemos amenizado el viaje. Lo curioso ha sido cuando tras parar para estirar las piernas el bus ha dicho que ya no arrancaba más... y nos ves a todos empujándolo hasta que el motor se ha activado. 

Nos piden la dirección del hotel al que vamos. Pero aún no tenemos hotel, así que le damos la de uno bien situado que según booking tiene disponibilidad de habitaciones, pero no quiero pagarlo con la tarjeta porque nos quedan dólares y hay que gastarlos para no perder en el cambio. Al llegar tiene buena pinta pero nos dicen que no tienen habitaciones. Les digo que en booking hay disponibilidad y que alguna tiene que haber. Entonces nos piden 40 euros más de lo que pone en la página. Así que cojo el móvil, reservo la habitación y nada, le digo que ya sí tenemos reserva, y así pues sí que había... y al precio normal. Nos dicen que paguemos en kyats (en Myanmar en general hacen su propia conversión de la moneda. Un dolar americano son 1280 kyats, pero para ellos, un dolar son 1000 kyats, y tontería bregar. Nos pide un montón más de kyats de lo que corresponde, pero le decimos que sólo tenemos dólares, y es lo que hay. Y es lo que ha habido.

El hotel está situado al lado del mercado de Zegyo. Como no tenemos nada más que un día y medio (dos noches) en Mandalay, buscamos en la calle a alguien que nos enseñe la ciudad en ese tiempo. Mandalay no puede verse a pie, las distancias son muy grandes. Uno de los lugares que queremos visitar se encuentra a más de 20km. Conseguimos a dos muchachos (Aung Aung y Aung swe)  que nos cobran 40 dólares, tras regatear un poco (unos 36 euros) por llevarnos mañana a los sitios más importantes de la ciudad durante todo el día. En los foros he leído que es una de las mejores formas de conocer la ciudad, y el precio es el que hemos conseguido. Iremos en dos motos, con conductor. Hoy nos llevan a ver el mercado de las flores y del pescado y el río de Mandalay, y después a un restaurante de comida europea (y de precio europeo). Después nos dejan en el mercado nocturno, damos un pequeño paseo y de nuevo al hotel.

Mañana a conocer Mandalay.

Mercado de las flores en Mandalay

Myanmar. Día 25. Mandalay.

Puente de U-Bein. Amarapura.

A las 08:00h nos esperaban nuestros amigos con sus motos. La ruta será larga, pero nos permitirá conocer en un día lo más destacado de esta gran ciudad. Más de 3 millones de personas viven en esta ciudad y sus alrededores. De nuevo motos, muchas motos y de nuevo también sus pitidos continuos. Nada más salir del centro comenzamos a pasar por barrios marginales con un aspecto de pobreza que llama la atención. Animales y personas se mezclan en un entorno de chozas y casas muy humildes durante buen parte del trayecto. Primera parada, Amarapura y el famoso puente de U-Bein, sobre el río Ayeyarwady, el más grande de Myanmar. Es una de las postales típicas de esta zona y está considerado el puente de teca más grande del mundo (1.2km de longitud), por el que la gente del lugar (monjes, vendedores, algún turista...) cruza de un lado a otro. En el río y sus alrededores gente pescando o trabajando la tierra. Nuestra intención es volver por la tarde para contemplar en "sunset", muy recomendado en todos los foros.

Nuestra segunda parada: Sagaing. Se encuentra al otro lado del río. Paramos en la entrada a un camino que asciende con más de 200 escalones y varias rampas, en cuya cima se encuentran un conjunto de templos con una pagoda central, desde donde hay unas bonitas vistas de la colina, con sus templos dorados repartidos por un manto verde y el río a lo lejos con sus puentes. Bonita foto.

Nuestra siguiente parada: Mingún. Se encuentra al oro lado del río. Visitamos la Mingún Paya, que una gigantesta pagoda inacabada que pretendía ser la más grande del planeta, pero nunca terminó de construirse. Su perímetro es enorme, recordando a una pirámide no terminada (incluso existe un enorme león semidestruído a unos 50 metros delante del templo). Muy cerca está expuesta una campana, tambien considerada la de mayores dimensiones que existe en el mundo (3.7 metros y 90 toneladas de peso). Y un poco más allá de la campana se encuenta la pagoda de Hsinbyume, otra estructura típica de las postales de esta zona. Se trata de una estructura de arcos blancos escalonados que van ascendiendo hasta la cúpula de la pagoda en lo más alto. Muy bonito lugar.

Tras Mingún comemos en el camino en un sitio que nos recomiendan nuestros nuevos amigos. Los invitamos a comer y nos cobran por comer los 4, incluídas 8 cervezas, 8 euros. 

Siguiente parada: Inwa. Fue una de las antiguas capitales del reino birmano durante tres siglos y medio, pero fue abandonada tras sufrir varios terremotos que la convirtieron en ruinas. Aún así quedan varias construcciones en pie dignas de visitar. Para llegar hay que cruzar con un barco el río y allí coger un coche de caballos porque el terreno es muy irregular y todo es barro. Hacemos cuatro paradas: pagodas estilo las pequeñas que se  ven en Bagan (colonizadas por simpáticos niños vendedores de pulseras que trepan por ellas como gatos), un templo de madera bastante grande y muy bonito, una torre que está restaurándose y un gran monasterio de piedra que llama la atención, invitándote a inaginar la vida y su actividad siglos atrás.

La anécdota de hoy ha sido buena: Tras el templo de madera y camino de la torre, el carro, que compartimos con un chino que nos pidió compartirlo para ahorrarse unos Kyats, de tanto traqueteo y con el peso de los tres más el conductor, se ha partido literalmente por la mitad. Hizo efecto catapulta y el chino estaba... y de repente ya no estaba. Salió despedido y se qdó enganchao con los pies colgando... Su cara era un poema. Tal susto se llevó que hasta se le pusieron los ojos redondos como canicas... salió corriendo gritando y se subió a toda leche en otro coche q pasaba, sin preguntar ni nada. Y nos dejó a los dos en mitad de un campo de plataneras y barro caminando hasta la torre que quedaba ya cerca. A los 20min vino otro hombre a por nosotros. Después el chino, ya con los ojos achatados, cuando estábamos yéndonos al monasterio de piedra con el nuevo carro, apareció chillando q lo esperásemos (se ve que los del otro carro lo habían largado). Corría detrás nuestra y yo le decía al conductor que pasase de él y siguiese... que no lo conocíamos de nada... pero nos pilló y se subió... Horas riéndonos hemos estado con lo ocurrido.

Este incidente hizo que llegásemos una hora más tarde de nuevo a coger las motos, y el atarceder estaba cayendo, por lo que no pudimos volver al puende de U-Bein como teníamos previsto. Pero el cambio mereció la pena por.el buen rato que pasamos. Así que a las.18.15h llegamos al hotel. Me di un rápido baño en la piscina, cenamos al lado del hotel y a acostarnos que mañana comenzamos nuestro regreso a occidente.

Pagoda de Hsinbyume

Niño de las pagodas en Inwa

Paseo por Inwa

Carro-Catapulta

Myanmar. Día 26. Mandalay-Bangkok.

Llegamos a Bangkok en vuelo desde Mandalay a las 15:00h. Nada más aterrizar notas que la historia cambia. Occidentales por doquier. Gente abarrota el aeropuerto. Otra sensación. Se ha esfumado gran parte del encanto que hasta ahora nos había arrastrado. Dos horas hasta que pudimos salir de allí yendo de cola en cola. 

Para ir al hotel no teníamos referencia de precios. En el primer servicio de taxis que ofrecen, un precio de 20 euros (de donde venimos eso es una fortuna). Me niego a pagar eso. Buscamos los taxis públicos, los que van con taxímetro, sin saber el precio, y comenzamos el trayecto, y con él también comienza el espíritu farrullero y timador de la gente de esta ciudad. Y es que nada más salir llama la conductora a un hombre por teléfono que habla inglés, me lo pone con el altavoz y nos dice que el taxímetro no funciona pero que en Bangkok no se suele usar, y que el precio es 550.000 baths (unos 14 euros). Nos damos cuenta de que han tapado el taxímetro con un trapo. Me empiezo a mosquear y le digo que si no enciende el taxímetro no pienso pagarle. Me repite que son 550.000 baths. Entonces me levanto del asiento y pego un tirón al trapo y... sospresa... el taxímetro funciona perfectamente. No os podéis imaginar el cabreo que me entró (sólo los que me conocen mucho) y los hermosos versos que le dediqué a la triste taxista. Ha sido hoy cuando me he dado cuenta que me enseñaron pocos insultos en inglés. Pero los que sabía los exploté bien. Automáticamente el hombre cambió el tono, se puso a hablar en thailandés con la individua y el taxímetro, como en la Biblia le pasó a Lázaro, echó a andar. 

A la llegada al hotel marcaba 199.000 baths (unos 5 euros). Tras una nueva ristra de poemas de amor que le recité con rima asonante (o malsonante más bien), que hizo salir a los de la recepción y a otra compañera suya de otro taxi, dejé marcharse a esa irrespetuosa thailandesa a seguir engañando a turistas.

No puedo hablar de Thailandia en su conjunto porque no la conozco, pero sí puedo hablar del ambiente que se respira. Y este país es otra cosa, otro tipo de gente, muy occidentalizado y con escasa capacidad de sorprender salvo a quien no conoce otros rincones de Asia. Para mí las gentes de cada lugar son las que le otrogan en gran medida su imagen. Y la sensación en esta enorme ciudad es que está llena de pillos y timadores. Por primera vez en un mes he tenido que vigilar la cartera y andar con cuatro ojos. Por muchas playas,  templos y lugares con encanto que esconda este país, para mí no merece más visita que la justa para aprovecharse de sus baratos precios y renovar el vestuario. Y eso justamente es lo que haremos mañana. 

Si quieres ser partícipe de una especie de teatro gigante, ver bonitas playas, pegarte unas fiestas y decir que has estado en Asia sin muchas complicaciones, Bangkok (y probablememte el resto Thailandia) es tu lugar. Si prefieres conocer la esencia de lo auténtico de esta parte del mundo, saborear la sencillez de lo que aún está poco manipulado, aprender que las cosas en el lugar de donde vienes, mucho tiempo atrás, quizás fueron de otra manera, puedes escoger entre cualquiera de los demás países, probablemente cualquiera menos este, al menos de los que yo he pisado: China, Vietnam y Myanmar. Otro mundo. Otra historia. Otra gente... otra música para el alma.

A comprar cositas baratas, a cenar en el Mc Donals y al hotel para mañana seguir comprando y emprender por la noche nuestra vuelta a otro enorme gran país: nuestra querida España (que no es que tenga menos pillos, pero estamos acostumbrados).

Bangkok (Lázaro, el taxímetro fantasma)

Thailandia. Día 27. Bangkok-Doha-Madrid

Aprovechamos uno de los mejores hoteles de todo el viaje para descansar al máximo antes de emprender el viaje de vuelta. Dejamos el equipaje en consigna y nos dirigimos andando al mercado de Pratunam, a escasos 15 min andando del hotel. En esta zona de Bangkok predominan los altos edificios. Mucho bullicio y gente por todas partes. El tráfico es intenso, pero se respetan bastante más las señales (usamos por primera vez en un mes un paso de peatones). Poco a poco comienzan las tiendas y vamos comparando precios, que son bastante más baratos que en España, aunque en Vietnam quizá algo más aún. Camisetas a unos 2-3 euros, polos de imitación (o no) 5-6 euros... Pero se venden todo tipo e artículos, tanto a pie de calle como en algún centro comercial que se encuentra en esa zona, como es el Platinum, de 7 plantas y precios muy similares y con aire acondicionado. Hemos esperado este momento para hacer la gran mayoría de las compras para evitar ir cargados los dias anteriores. Comemos en el centro comercial y proseguimos las compras. A las 17:00h regresamos al hotel y cogemos un taxi, con la casualidad que se presenta una de las taxistas thailandesas que participaron ayer en la resucitación del taxímetro. Esta vez funcionó a la perfección. Muy baratito.

Llegamos al aeropuerto con tiempo y nuestro avión sale a las 21:15h. Iniciamos el regreso tras un montón de experiencias que quedarán para siempre en el recuerdo.

 

Mañana, tras pisar Córdoba, escribiré el final de esta historia, haciendo una peculiar reflexión que tengo esbozada y perfilaré en el avión sobre la apasionante aventura de viajar.

 

Hasta mañana, último día de este inolvidable paseo por el sudeste asiático.

Día 28. Viajar... Fin del paseo.

Viajar...

Subo las escaleras de la estación... arriba mi mundo, el de siempre, con mi gente y mis quehaceres; mi espacio y mi tiempo; y atrás... 

 

...sólo yo sé el mundo que dejo atrás...

 

... y lo que he aprendido.

 

Sólo, para concluir, unas reflexiones de lo vivido, una letras de lo que sencillamente me viene a la cabeza. No son descripciones de paisajes, sino el retrato de mi pensamiento.

 

Y es que viajar pone ante ti un escaparate con diferentes maneras de adaptarse a nuestro tiempo y a nuestro espacio. Viajar enseña a ser más humilde. Viajar abre la mente e incentiva a buscar respuestas. Viajar te invita a imaginar espacios diferentes en un mismo tiempo, te abre una ventana más en tu día a día, a modo de nueva dimensión, que te permite valorar lo que ocurre desde otra perspectiva, y ver donde otros no ven. Viajar te muestra que infinitas historias se cruzan cada día en cada rincón del mundo, impasibles a los problemas de cada uno, guiadas por la magia del azar. Viajar te hace comprobar que aunque con diferentes fenotipos, existe un idioma universal similar en nuestras respuestas a los diferentes estímulos. Viajar te ayuda a comprender que existe otra relatividad del tiempo, con permiso de aquel ingenioso judío despeinado, que no depende de la gravedad, sino del nivel de necesidad basal de cada pueblo, en directa relación con la felicidad de su gente. 

 

Viajar me ofrece respuestas a preguntas que no me he hecho:

 

¿Existen sociedades más felices que otras?

 

Pienso que la felicidad está relacionada en gran medida con la gestión del tiempo. Hay lugares donde no existen las prisas, porque en ellos no importa el cuándo, sino el cómo. No importa el saber si me va a dar tiempo, sino el saber si puedo hacerlo. En los lugares que he visitado en los que se da esa circunstancia, la gente impresiona de ser más feliz. Y es gente que necesita poco. Parece directamente proporcional al nivel de humildad con el que viven. No pobreza, sino humildad (aunque a veces tiendan una a la otra).

 

¿Qué nos diferencia?

 

Creo que una diferencia puese ser la gestión de esa humildad. En nuestra sociedad y en las más "evolucionadas" en general, estamos perdiendo humildad. El avance la camufla. Nos creemos superiores, capaces de crear un nuevo orden. Nos empeñamos en subdividirlo todo, sin límite, con un organigrama artificial que nos da tranquilidad pero nos quita libertad... y nos roba tiempo. Nos hace esclavos.

 

¿Cuándo se empieza a perder humildad?

 

Creo que cuando dejamos de entender que para llegar al orden se necesita reconocer el caos.

 

Empleamos mucha más energía en ordenar que en desordenar. Por eso los sistemas orgánicos tienden al desorden, a la entropía. Es lo natural. Obtenemos energía al crear desorden, al romper, al deshacer. Es lo que nos ha llevado a existir. Pero nos empeñamos en pegar siempre los trozos del plato que se rompe, sin entender que a veces, en  la natulareza que nos hace humanos, los platos tienen que estar rotos, porque son el paso intermedio a otro estado más estable, más ordenado.

 

El extraordinario y puro orden de la naturaleza, en el que la razón aún no ha superado al instinto, sigue un camino único, sin miedo al error, diferente al que queremos inventar, alejado de las prisas, basado en múltiples pérdidas de estabilidad que confieren un entorno favorablemente estable, pero en continuo cambio. Un error... un cambio, un acierto... algo que permanece. Es un orden que parte de múltiples y pequeños desórdenes. 

 

Pero me da la impresión que en sociedades más "avanzadas" nos empeñamos en minimizar el caos, porque nuestra pérdida de humildad nos impide reconocer los errores. Nos da miedo el daño que produce equivocarnos, y simplemente los guardamos en un nuevo cajón y los disfrazamos de ordenados, y seguimos sumando fallos no descubiertos. Un puro engaño a nuestra mente.

 

La impresión que sacas cuando te paseas por el mundo, es que hay lugares en los que eso no es así. 

 

¿Por qué una sociedad puede perder la humildad? 

 

La respuesta creo que está en el egoísmo que engendra el poder de unos sobre otros, que es lo que otorga el placer de la comodidad. Todos podemos y queremos adquirir ese poder. Es una necesidad que nos creamos cuando las básicas están cubiertas. Pequeños golpes de estado a la inocencia de lo humilde.

 

En la naturaleza, y en las sociedades humanas menos corrompidas, impera el bien común por encima del individuo. Pero conforme el ser humano avanza en su confort, va adquiriendo capacidad de manipular (poder económico, político, social...), para seguir ganando más confort, y va invirtiendo el orden anteponiendo al individuo frente al grupo, y sigue acumulando errores. 

 

Viajar invita a transportarte en el tiempo a otras épocas, y te regala la oportunidad de observar comportamientos y actitudes humanas moldeados por necesidades diferentes. Y es común observar que en todos aquellos sitios donde la amenaza del dinero no ha llegado de forma tan demoledora, la gente sonríe más, y se ayuda más, enlenteciendo relativamente su tiempo a nuestro entender. Porque en donde he estado pocos corren. Y es que no corre quien no es esclavo del tiempo.

 

En definitiva, hay infinitos espacios e infinitos tiempos, relativos a la felicidad de cada uno, que es en definitiva la de cada pueblo, directamente relacionada con la humildad, la cual se mantiene mientras existe la necesidad de aprender de nuestros errores, y va desapareciendo conforme la comodidad y el confort nos invaden.

 

Viajar...

 

Viajar no requiere aviones, ni trenes ni otros medios de transporte. Se puede viajar sin moverse. Viajar es observar y aprender de los demás. Es cerrar los ojos y darle vía libre a nuestra mente. Viajar es soñar. Viajar es darse cuenta de que existen otros tiempos y otros espacios. Viajar es renovarse, entender que existen otras maneras de ver las cosas, y que sumando todos nuestros pequeños mundos cotidianos no somos más que un pequeño grano en la inmensidad de lo importante. Viajar es aprender. Viajar es tener la sensación, durante un instante, de haber detenido el tiempo. Viajar es vivir, sentir, volver a la vida con cada nueva historia. Viajar es sentirmos parte activa de un mundo en el que diariamente hay personas de múltiples rincones, con sus historias, que un día dejarán de existir, pero que hoy, con sus tiempos y sus espacios construyen nuestro mundo, siguendo nuevos rumbos, sumando errores y repartiendo energía constructiva con sus fallos, aprovechando sus experiencias para cultivar una esencia que les hará mejores. 

 

En definitiva, viajar nos hace más felices que aquellos que aún no se dieron cuenta que lo importante en la vida no es rebosar comodidad, sino ser humilde; es decir, saber escoger libre y voluntariamente cuándo ser simple.

 

Cierra los ojos, abre tu mente. No cojas nada. Sólo deja atrás cualquier miedo a equivocarte.

 

Vamos, todos el tren... se cierran las puertas... comienza el reto.

 

                                      Juanjo Giménez