Mongolia. Día 17.

Temprano el taxi nos esperaba para llevarnos al aeropuerto. Para nuestra sorpresa el vuelo que nos llevaría a Mongolia se había retrasado, lo que supondría varias horas de espera en el aeropuerto, por lo que decidimos coger un autobús e ir al centro de la ciudad a dar un paseo. 

 

Irkutsk me recuerda a algunas ciudades de China o a Hanoi, con un cierto caos organizado, casas de madera y mercadillos que venden de todo. Los rasgos locales son más asiáticos, pieles más oscuras, ojos más rasgados, entremezclándose con algunos fenotipos rusos más estereotipados. En uno de sus mercados compramos una maleta (hasta ahora sólo llevávamos una mochila) para disminuir peso de cara a las rutas por Mongolia y para poder guardar las compras que hiciésemos. Además buscamos unas zapatillas cómodas en lugar de las botas que habíamos usado hasta ahora.

 

Seis horas después de lo previsto despegamos hacia Ulan Bator, en un avión pequeño con unas cuarenta personas como mucho, casi todas ellas de aspecto mongol. Nos despedimos del lago Baikal, también impresionante, desde el cielo, para atravesar después grandes montañas verdes que dejaban pequeños lagos azules atrapados engre ellas, durante cientos de kilómetros, en los que no apreciamos ninguna línea recta (signos desde el cielo de la manipulación del hombre sobre la naturaleza).

 

Al aterrizar en Ulan Bator atravesamos kilómetros de Gers (tienda típica redonda habitualmente blanca y acabada en cono de los nómadas mongoles).

 

Un taxi nos llevó al hostal donde vamos a organizar nuestros tours. Por el camino pasamos por partes muy pobres de la ciudad, que tiene muy poca luz por la noche. Aspecto similar a zonas pobres de las afueras de Mandalay en Myanmar o algunos pueblos perdidos de la China mád rural.

 

Al llegar nos atendió muy amablemente Bobby, una mujer que organiza desde su hostal rutas por toda Mongolia y con la que estuve en cobtinuo contacto desde España. Empezaremos mañana con una ruta al parque Terelj y a la imponente estatua de Genghis Khan, pasando la noche con una familia nómada en el parque. Haremos la excursión con una pareja de amigos chilenos, Rodrigo y Miguel, que andan por estos lares en su largo viaje que realizan por el mundo. Además se unirá Zulema, una chica de Huesca que viene de realizar la ruta del desierto del Gobi y pasado mañana vuela a Pekín. Por fin hablaremos en español.

 

Una vez organizado todo salimos a sacar dinero y a tomar una cerveza. Despues a la cama que el día ha sido largo.

Mujer con niño en Irkutsk

Mongolia. Día 18.

Nos levantamos dispuestos a conocer este aun intrigante país para nosotros. Y es que es bonita la sensación de no saber qué enconrarás. Quedan pocos lugares en que esto ocurra. Y cada vez probablemente quedarán menos.

 

Tras desayunar por fin tostadas con mantequilla y café, un coche nos espera junto a los chilenos. Nada más salir, al atravesar la barrera de Gers que rodea Ulan Bator, comienzan la imágenes que he visto por la red de verdes praderas circundadas por montañas no muy altas, en las que caballos, camellos y vacas pasean y comen. Algún jinete a caballo galopando a lo lejos y águilas y buitres aislados surcan el azul más azul de los cielos... Comienza Mongolia.

 

Nuestra primera parada fue el complejo de Genghis Khan, la estatua ecuestre más grande del mundo, en la que el guerrero conquistador de medio mundo se encuentra subido a su caballo, de cuarenta metros de alto, sobre un gigantesto pedestal. Dentro tenían un pequeño museo, una bota tradicional de Mongolia de seis meteos de alto, una enorme fusta y unas escaleras que suben hasta casi lo más alto de la estatua, la grupa del caballo. Las imágenes y las sensaciones son impresionantes. Una panorámica embriagadora. 

 

Otros rasgos, otra cultura, otro mundo...

 

Proseguimos nuestro camino a Terelj. En unos cuarenta minutos estábamos allí. Terelj impresiona. Grandes montañas repletas de árboles (pinos con forma de abetos) dejan espacio para valles con ríos y enormes rocas con formas caprichosas, en los cuales viven en sus Gers muchas familias nómadas mongolas, que comparten su espacio con caballos, ovejas, cabras, vacas, hurones y ocas en aparente libertad. Águilas observaban con su vuelo pausado el panorama. Nuestra familia la componía un matrimonio con cuatro hijos pequeños, todos muy atentos, juguetones y simpáticos.

 

El ger era grande, con colorida decoración. Es un armazón circular de madera revestido de pieles con una chimenea central, cuatro camas, un sofá y un pequeño dispositivo para dispensar agua (no potable). Hay luz. Fuera estaban los baños.

 

Tras comer unas empanadas rellenas de cordero y verduras, dimos una vuelta de poco más de un hora a caballo por el valle. Multitud de imágenes para el recuerdo. Otra experiencia única en la que contemplamos de cerca cómo se desarrolla la vida en esta parte del mundo. A lo lejos en las montañas vimos un pequeño y llamativo monasterio budista, al que iremos mañana caminando.

 

Al volver al ger descansamos un rato y después estuvimos jugando con los niños de la familia. El juego "piedra, tijera o papel" lo peta entre los niños mongoles.

 

Todo aquel entorno, un paraíso para quien disfrute con la fotografía.

 

La tarde fue cayendo y la madre de la familia nos preparó la cena, unos espaguetis con carne y verduras muy buenos.

 

Nos sentamos con nuestros amigos chilenos en una mesa junto a nuestro ger y entre charlas vimos caer la noche, con una luna creciente que iluminaba levemente la silueta de los que habitábamos aquel lugar tan hermoso.

 

A descansar.

Mongolia

Jinetes en la estepa de Mongolia

Famosa roca con forma de tortuga en Terelj

Niños en ger en Terelj

Noche en el ger

Mongolia. Día 19.

Buenos días Mongolia!! Ocho de la mañana en Terelj, parque natural a cien kilómetros de Ulan Bator. Tras el desayuno que la familia nómada nos preparó, iniciamos una ruta camino de un monasterio budista levantado en medio de las montañas. Entre las muchas atrocidades que llevó a cabo el asesino Stalin, probablemente el ser más despreciable de la historia (con permiso de Hitler), una de ellas fue destruir gran cantidad de templos en Mongolia y liquidar a miles de monjes del budismo, que tuvieron que esconderse en cuevas entre las montañas. Entre algunas de esas cuevas se encuentra este monsterio. El camino hasta llegar es una maravilla natural poco transitada. Caminamos entre bosques, escalamos grandes rocas a modo de cantos rodados gigantes hasta llegar a la cima de la colina que nos rodeaba, pudiendo observar desde allí una bajada que llevaba a un nuevo valle, y en mitad del siguiente ascenso, en una montaña rocosa, pudimos ver la larga escalera que conducía al monasterio, precedida de un puete colgante de madera cuyo tránsito no es apto para espíritus vertiginosos.

 

Al llegar, el pequeño, silencioso y colorido interior llamaba la atención. Desde lo más alto entraban rayos de luz que iluminaban el centro del habitáculo. Estábamos solos. Nos sentamos los cuatro cada uno en el rincón que mejor le convino, y en unos quince minutos, un grupo de monjes budistas surcoreanos entraron ataviados  con sus túnicas para orar y visitar el lugar. Ahí comenzó otro de esos momentos que el azar pone al alcance de sólo algunos. Sus cantos, ritos y rezos vistieron de misticismo aquel instante, rodeados por un marco natural realmente incomparable. Fotos. Más fotos. Una más... Simpáticos se despidieron preguntándonos de dónde veníamos, y tras ellos silencio... el que culmina siempre los grandes momentos. Y nosotros callados, saboreando lo que acababa de ocurrir.

 

De vuelta a nuestro ger, subimos a una gran roca en todo lo alto, al ras del vuelo de algún águila, desde donde la panorámica era digna de otra fotografía.

 

Tras regresar, tomamos unos aperitivos y unas cervezas y jugamos con los niños por última vez hasta que un conductor vino a recogernos para llevarnos de nuevo a Ulan Bator.

 

Al llegar al hostal descansamos un poco y tras una merecida ducha bajamos a dar una vuelta por las calles de la ciudad. 

 

Mongolia es el país con menor densidad de población del mundo, tres millones de habitantes en un territorio tres veces superior en extensión a España, de los cuales la mitad se encuentran en la capital.

 

Ulan Bator es una ciudad de grandes contrastes en escasos metros, alternando grandes y vistosos rascacielos con zonas sin asfaltar donde la pobreza es evidente. Hay miseria. Y es que algo mal tuvieron que hacer los mongoles para acabar así después de haber conquistado medio mundo.

 

Nos alojamos a unos 5 minutos de la plaza central, llamda Sükhbaatar, en honor a uno de los líderes de la revolución de 1921, del mismo nombre, cuya estatua a caballo se encuentra en mitad de la plaza, la cual está presidida por el edificio de gobierno, en cuyo centro se erige un  enorme Genghis Khan de bronce, custodiando la entrada junto a un militar armado (el militar es de verdad). Alrededor de la plaza los edificios más llamativos y las embajadas.

 

El tráfico es horroroso. Cruzar las carreteras es una verdadera aventura, como en China. Los pasos de peatones tienen la misma función que los charcos; es decir, ninguna. Hay que echar a andar confiando en que pararán.

 

A unos veinte minutos a pie de la plaza se encuentra el monasterio de Gandantegchinlin, construído en 1835, germen de la ciudad tal y como hoy se conoce, pues gracias a él Ulan Bator comenzó a crecer. No pudimos entrar porque acababa de cerrar, pero volveremos el día después de volver del desierto del Gobi a probar suerte.

 

Después  compramos víveres en un supermercado para la ruta de seis días que comenzaremos mañana y que nos llevará al mítico desierto del Gobi. Y también unas velas de cumpleaños, que el día ocho cumplo añitos y hay que celebrarlo, aunque sea pinchándolas en la arena de las dunas.

 

Cenamos pizza y hamburguesas (por eso de que en casi una semana sólo veremos probablemente cordero y pasta) y después a descansar al hostal. Esta será nuestra última noche aquí, pues al regresar pasaremos los últimos días en un hotel cercano al estadio donde se celebra el festival nacional más importante del año, del once al trece de julio, llamado Naadam.

 

Lo dicho... al sobre.

Vistas del valle camino del monasterio

Interior del monasterio

Monjes coreanos orando en el monasterio

Águila volando (desde la gran roca)

Niño mongol en Terelj

Mongolia. Día 20.

Comenzó un nuevo día en este rincón del mundo. Tras el desayuno Bobby nos acompañó al supermercado para provisionarnos de agua y snacks. Daba comienzo nuestra ruta de seis días al desierto del Gobi. 

 

Arrancó la furgoneta en la que íbamos nuestros amigos chilenos y nosotros, además de un conductor y un cocinero. Los gers iban disminuyendo en frecuencia. Cada vez cedían terreno y dejaban ver el verde terreno que ocupaban, praderas verdes donde pastaban ovejas, cabras y caballos salvajes, formando grupos a cada cientos de metros. Algún pastor a caballo recorría la estepa. Una planicie inmensa con elevaciones del terreno a modo de pequeñas montañas es el paisaje que atravesamos durante un largo trayecto. Las águilas seguían a lo suyo, pareciendo los "drones" de Mongolia. Seguimos una de las pocas carreteras que existen, cada vez con menos coches, hasta quedarnos prácticamente solos. El verde deja de vez en cuando un hueco al marrón, marcando el tránsito árido al que nos dirigíamos. Arbustos bajos llegaban hasta el horizonte. Grandes charcas aisladas eran el destino de los diferentes grupos de animales. Tras unas tres horas, paramos y el cocinero nos preparó unas empanadillas rellenas de cordero cocidas en leche de cabra. Estábamos justo al lado de una de las charcas, en la que los animales estaban jerarquizados para hidratarse: mandaban los caballos, seguidos de las vacas. Las ovejas y las cabras se asomaban cuando los demás se lo permitían. Tras la comida volvimos a la carretera.

 

De repente giramos a la derecha... se acababa el asfalto y emprzaba el campo a través. El experimentado cobductor seguro que llevaba en su mente un mapa trazado, pero nosotros solo vemos tierra y vegetación. Esta fue disminuyendo hasta llegar a nuestro primer destino, que es una gigantesta formación de granito llamada Baga Gazriin  Chuluu. Se extiendia a lo largo de quince kilómetros. En ella pudimos subir y observar un gran cañón que la atravesaba, así como las ruinas de un antiguo monasterio budista. Llama la atención encontrar eso de repente tras tantos kilómetros de estepa.

 

Después seguimos nuestro camino hacia donde la familia con la que nos alojaríamos tenía los gers. Tras llegar, mientras contemplábamos como ordeñaban a las ovejas, el cocinero preparaba la cena. Espacio abierto mires a donde mires. Sensación de libertad. Aquí los agobios deben ser otros. Unos niños juegan al baloncesto en una canasta de madera que es la construcción humana más alta que hemos visto en cientos de kilómetros al la redonda. Los pastores a caballo van a buscar a sus animales.

 

El atardecer poco a poco tiñó de rosa y violeta el cielo, y la luna hizo su aparición. Llegó el frío. Cenamos un guiso de ternera, patatas y zanahoria con arroz cocido, una especie de gulash sin caldo, realmente bueno. Después una charla con una cerveza y a descansar para seguir mañana la ruta.

Caballos salvajes en una charca

Formación rocosa Baga gazrun chuluu

Atardeciendo en la estepa

Anocheciendo junto al ger

Mongolia. Día 21.

Me desperté temprano. A las seis de la mañana todos aún dormían, por lo que salí a dar una vuelta hacia las montañas más cercanas, a un kilómetro aproximadamente. Día soleado en la estepa mongola.

 

Decenas de ratoncillos, dueños de un espacio poco transitado, corrían rápidamente al sentir mis pasos para refugiarse en sus agujerillos, que se extiendían por todos los lugares, abundando cuando el suelo era menos verde. Cabras y ovejas yacían descansando a lo lejos. Dos caballos solitarios a medio camino entre las rocas y yo, también se marcharon al notar mi presencia. Tras unos cuarenta minutos volví al ger, donde empezaban todos a levantarse. Una mujer que salía del suyo con un cazo de leche, realizaba una especie de rito que ya nos había llamado la atención en Terelj, mediante el cual cogía con el cazo y la esparcía la leche por la tierra tirándola hacia arriba, repitiéndolo en los cuatro puntos cardinales. Después el cocinero nos explicaría que lo hacen las mujeres para dar gracias por el alimento y por la vida.

 

Tras el desayuno pusimos rumbo al sur. Nuestro destino son las grandes dunas del desierto del Gobi, a las que llegaremos en dos días. 

 

El paisaje era árido, aunque el verde se agarraba agonizano donde podía. El camino seguía siendo abrupto, estando marcado por las huellas de vehículos que fueron pasando antes que nosotros y que se dividían en varias direcciones. Pero el conductor llevaba sus mapas en la cabeza... y parecía buen conocedor de la zona. Al rato nos cruzamos con un coche que pedía ayuda al haberse perdido.

 

Los caballos empezaron a ceder parte de su espacio a los camellos, hasta ahora solo vistos de forma ocasional, que formaban grandes grupos y campaban a sus anchas por el terreno. Volvimos momentáneamente al asfalto, con agradecimiento de nuestras zonas sacras.

 

Paramos a comer en la explanada más grande en la que había estado nunca. Todo rigurosamente plano, sin árboles ni montañas, solo pequeños matorrales de la altura de las rodillas, hasta donde la vista se perdía en el horizonte, los trescientos sesenta grados. Y en el centro de ese vasto círculo, bajo un sol abrasador, nuestra furgoneta con el cocinero preparando pollo asado con arroz y verduras, bajo el tenderete portátil del vehículo.  Sólo quebrantaba la imagen de la enorme circunferencia algún camello a lo lejos y los escasos coches que transitaban la carretera cercana.

 

Tras la comida seguimos nuestro rumbo. Paramos en algunas pequeñas ciudades, para comprar alguna bebida en unos y para ducharnos en otro, por el módico precio de dos mil quinientos tugriks, equivalentes a un euro.

 

En uno de ellos el cocinero, influenciado por el deseo de Rodrigo y Miguel de comprar unas cervezas, nos llevó al ger de unos amigos suyos. El mayor de la familia se encontraba en medio en el suelo, cosiendo la gran tela de otro ger, mientras el resto estaba sentado en un sofá viendo la tele. Tenían bien montada la choza los colegas. Le compramos una cerveza gigante, de dos litros, caliente a punto de ebullición, y seguimos el rumbo. Hay que decir que lo de conseguir cervezas durante este día fue complicado, y es que mañana es el día de las elecciones generales en Mongolia y estaba prohibida estrictamente la venta de cualquier tipo de alcohol en todo el país durante tres días (medida poco probable de tomar en España). Que gane el mejor.

 

Tras un largo día de viaje llegamos al ger donde pasaremos la noche. Dejamos la megacerveza fuera del ger para ver si aprovechando el frío de la noche podía bajar su temperatura al rango no tóxico. La intención era haber visitado hoy otro parque llamado Ice Valley, pero dado que eran las seis y media de la tarde y están a punto de cerrarlo, decidimos descansar y visitarlo mañana por la mañana.

 

Tras contemplar otro bonito atardecer y cenar ensalada y noodles con ternera y verduras, nos fuimos a la cama.

Mujer haciendo el ritual de la leche

Carreteras en Mongolia

Ciudadano mogol en aldea rumbo al Gobi

Día 22. Mongolia.

A las siete levantamos nuestros esculpidos cuerpos para seguir el camino. Lo primero que hicimos gue comprobar la temperatura de la cerveza, que tras toda la fría noche había mejorado bastante su temperatura, pero a ver quién se bebía a esas horas ese brevaje. Justo ahí nos dimos cuenta que en dos o tres horas volvería a estar caliente y que entraríamos en un bucle sin fin que la haría siempre imbebible. Entonces comorendimos que esa gran botella sería uno más del grupo durante nuestra travesía por el Gobi. A partir de ahí seríamos cinco, así que le pusimos nombre: la llamamos Wilson, en recuerdo a la película de aquel náufrago. 

 

Tras desayunar, los cuatro hispanochilenos y Wilson visitamos al Ice Valley y Yolum An, cuya entrada estaba justo detrás de donde dormimos. La furgoneta nos guió hasta el punto a partir del cual continuaríamos a pie. Yolum An es una  garganta  profunda  y  estrecha en las  montañas Gurvan Saikhan  del sur de  Mongolia, cuyo nombre significa valle de las águilas. Y es que durante nustra travesía se podía observar una decena de estas aves sobrevolándonos. El valle es un oasis de prados, flores, pájaros, mariposas, ratoncillos y riachuelos en medio de una zona más árida. Montañas rocosas altísimas flanquean la angosta garganta. Durante el invierno todo se convierte en hielo, adquiriendo varios metros de espesor, de ahí el nombre del valle. Nos encantó conocer durante un par de horas este paraje.

 

Para salir del valle, nuestro vehículo tuvo que atravesar auténticas dificultades orográficas que afloraron nuestro asombro y en ocasiones el miedo. No intento describirlo porque me quedaría muy corto... un hurra por el diestro conductor.

 

Proseguimos así nuestro camino hacia el desierto. Condujimos durante seis horas hasta ver de lejos las imponentes montañas de arena. La del Gobi es de color más claro que el Sahara, lo que le otorga en la distancia un tono blanquecino, a veces plateado, que impacta con lo visto anteriormente. Decenas de camellos circundan el lugar. Me fui a echar unas fotos. No sabía dónde apuntar. Todo pedía ser inmortalizado. Casi sin darme cuenta, al quitar el ojo del objetivo, me vi rodeado entre unos cien de estos animales. Menos mal que eran amigables...

 

A las seis fuimos a montar en ellos para conocer la zona opuesta a las dunas. Wilson se quedó en el ger. Al volver, nos pusimos en marcha hacia el desierto, que teníamos en frente, para ver el atardecer. Una masa enorme de arena fina y clara se encontraba bajo nuestros pies. Colosales montañas que parecían hechas de harina, de varios pisos de alto (algunas en el Gobi se elevan hasta los trescientos metros), bajaban hasta nosotros y nos invitaban a ir subiéndolas. Apenas unos niños locales jugaban cerca. Nadie más. En pocos metros estábamos rodeados de imponentes dunas con bordes curvados y afilados que cortaban el horizonte. Mongolia impresionante una vez más. El color beige-blanquecino de ese mar de arena fue transformándose en anaranjado a medida que el sol se escondía. Los colores cambiaban, pero el espectáculo seguía. La luna, casi llena, fiel testigo del momento. Y nosotros en medio. Lástima que Wilson se estuviera perdiendo el espectáculo. La sombra de las dunas se fue alargando hasta inundarlo todo. Caballos y vacas se adentraban en masa en la arena al irse el sol, mientras nosotros nos marchábamos. Otro momento más para el recuerdo... y ya van muchos. Adiós, amigo Gobi.

 

Cenamos al pie de las dunas y ya de noche regresamos a nuestro ger para descansar.

Ice Valley

Puerta de entrada al desierto del Gobi

Dunas del desierto del Gobi.

Dunas del desierto del Gobi al atardecer

Mongolia. Día 23.

No lo sabíamos, pero arrancó a las ocho de la mañana la primera etapa del rally Gobi-Dalanzadgad. Y nosotros íbamos dentro, pero sin casco. Tras desayunar nos subimos al vehículo y comenzamos una especie de carrera contra nosotros mismos por la enorme planicie mongola. Nos agarrábamos firmenente a cualquier saliente como si no hubiera un mañana. O el esfínter anal del piloto estaba al borde del colapso o nos perseguían  las hordas guerreras de Genguis Khan. Desafiamos a la gravedad con curvas a dos ruedas, nuestras cabezas establecieron múltiples contactos con el acolchado techo de la furgoneta, los camellos observaban flipados la nube de polvo que levantábamos al pasar, los ratones se escondían atónitos en sus agujeros, los lagartos se despeinaban, decíamos adiós a los aviones al adelantarlos, limpiamos la arena del Gobi... hasta arrancamos las manchas blancas a dos vacas que pastaban junto al camino... y todo hemos de suponer por tener más tiempo para celebrar mi cumpleaños. Y es que estos mongoles son así... les entra la prisa y despegan.

 

Tras una parada de habituallamiento en donde nos informaron que íbamos primeros, proseguimos hasta Bayanzag, tambien conocido como Flaming Cliff (acantilados flamenantes). Es una formación rocosa que aparece de repente en mitad de la estepa, como un escalón gigante de color anaranjado, que recuerda a las imágenes que he visto del gran cañón del colorado, aunque en pequeñito. Es un lugar conocido por ser uno en los que más se han encontrado huesos y huevos de dinosaurio. Hace millones de años el agua y la vegetación inundaban esta zona. Entre las rocas y la arena se pueden encontrar las llamadas rocas de agua, que son piedras de unos sesenta millones de años de antigüedad rellenas de agua, y que al partirlas poseen un interior hueco y brillante muy bonito que les hace llamar la atención. Zeco, nuestro guía-cocinero nos dijo que son muy útiles para ponerlas junto a un ordenador. Nos llevamos las dos mejores que encontramos. Miguel compró un antiguo sello y un puñal de bronce muy bonitos y antiguos, que la gente del lugar encuentra con los detectores de metales mientras buscan oro, muy abundante en la zona.

 

El paisaje en toda esta región continuaba siendo árido, con poca vegetación. Colores ocres, cielo azul.con pocas nubes, pequeños arbustos y un ténue manto verde que cubría algunas partes del terreno, donde se agrupaban rebaños de ovejas y vacas. Ya no se veían camellos y sólo unos pocos caballos. Sí pudimos ver una especie de ciervo saltando entre los arbustos a lo lejos.

 

Proseguimos nuestra ruta hacia Dalanzagad.  Al llegar, Zeco nos buscó un lugar difefente al previsto (que era un campamento turístico) para pasar el resto del día, donde estuvimos solos junto con una familia de la ciudad. Su simpática hija, Anoya, se unió al grupo.

 

Allí descansamos y salimos a comprar bebidas y snacks para celebrar el aniversario de mi fantástico y ya algo lejano nacimiento. Nos sentamos los dos chilenos, Zeco, la familia dueña del ger, Wilson y nosotros alrededor de una mesa.

 

Nos cayó la noche con una enorme luna llena que alumbraba el contorno. Charlamos, reímos y cantamos durante varias horas. Hasta la policía "mongola" se unió a la fiesta, ya que salimos con Zeco a comprar más cervezas (no quisimos sacrificar a wilson), y tras andar más de veinte minutos por oscuros caminos de arena hasta encontrarlas (miedo daba el lugar), nos detuvieron por comprar alcohol en período de elecciones... La que se lió fue buena... pero al final, tras sobornar con un pequeño pago (para estos pobres treinta euros es una fortuna) los dos policías corruptos se fueron contenyos. Sólo querían dinero... y les dimos limosna. Sólo fue una anécdota que nos permitió volver al ger en coche policial, y con las cervezas. Ningún detenido. Fue, la verdad, un cumpleaños difefente, lejos de la familia, pero sin duda inolvidable.

 

Y después de la celebración a descansar.

Niña en Dalanzagad

Acantilados de Bayanzag

Acantilados de Bayanzag con Juanjis Khan

De cumpleaños

Los dos policías "mongolos"

Luna llena desde Dalanzagad. 8 de Julio de 2017.

Mongolia. Día 24.

La sombra del cumpleaños aún era dueña de nuestro sueño, hasta que Anoya, la pequeña de la familia que nos acogía, a eso de las diez y media, entreabrió la puerta de nuestro ger con ganas de jugar y sobre todo de comer patatas, haciéndose la luz y comenzando así nuestro último día completo de la ruta, antes de emprender mañana el largo camino de vuelta a Ulan Bator.

 

Este día sólo tenía cuatro horas de caminos, por lo que esperamos y comimos temprano en el mismo lugar, para salir después rumbo a las conocidas como White Mountains. Son las  formaciones  rocosas  de  Tsagaan  Suvarga,  que significa "stupa  blanca", y se  localizan  en  el sureste  de  la suma Ölziit, en la  frontera  meridional  de  la  provincia  de  Dundgovi.

 

Tras llegar al nuevo campamento aprovechamos para descansar.  Iríamos a ver las montañas al atardecer, después de cenar, que según Zeco ofrecerían un colorido y un entorno muy bonitos. Y no se equivocó.

 

El sol empezaba a bajar. Acabamos de cenar y salimos hacia el lugar. En pocos minutos estábamos allí. Todo rigurosamente plano, y de repente un gigante escalón de más de sesenta metros de alto cortó el terreno. Estábamos en la parte de arriba de las montañas. Se trata de enormes entrantes y salientes de roca a modo de dientes de sierra con estratos de colores ocres, naranjas, blancos y algun violeta, que bajan de forma abrupta hasta otras pequeñas montañas onduladas de poca altura. Otra estampa única.

 

Poco a poco el cielo se tornó naranja en la parte en la que el sol estaba a punto de esconderse, momento justo en el cual una enorme luna se asomaba en el punto opuesto. Ambos mostraban su mitad simultáneamente. Una pena tener que escoger dónde mirar. Vivimos así otro atardecer más de los que se recuerdan con el tiempo. De nuevo Mongolia nos dejó asombrados.

 

Volvíamos hacia el ger cuando un grupo de unos cincuenta camellos pasaba a lo lejos. Sus siluetas, que el atardecer pintó de negro, caminando lentamente rumbo al norte mienttas pastaban, contrastaban con el fondo naranja del cielo en una llanura verde infinita. El conductor paró y salí corriendo hacia los animales. Allí, agachado entre los arbustos en mitad de aquellos grandes jorobados, escuchando sus peculiares sonidos, pasé varios minutos, buscando el mejor momento para apretar el disparador de mi cámara, buscando una foto de esas que sabes que nunca plasmará lo que estás viendo. Así, rodeado completamente y a cinco metros de ellos, me sentía como aquellos niños de la película de Parque Jurásico, observando los animales y el espectacular entorno. Algún sustillo me llevé cuando alguno se acercaba más de lo aconsejable, y de lejos la peculiar risa del conductor cuando me veía saltar. Sin duda, de lo mejor que viví hasta ese momento.

 

Llegamos al ger y tras un rato de charla con Zeco y los chilenos, nos fuimos a descansar, que mañana nos esperan diez horas de viaje y a las siete salimos con rumbo a la capital.

White Mountains

White Mountains

Atardecer junto a las White Mountains

Sol al atardecer junto a las White Mountains

Luna al tardecer junto a las White Mountains

Camellos al atardecer

Mongolia. Día 25.

Nuestra ruta por el desierto del Gobi ha llegado a su fin. Hoy tocó volver a Ulan Bator tras un viaje que duró unas ocho horas. Los paisajes se dibujaban a la inversa, pasando de los amarillos, anaranjados y ocres, a la dominancia del verde. Llegamos de nuevo al asfalto. Los camellos dejaron de verse y conforme nos acercábamos a la capital nos cruzábamos cada vez con más vehículos. 

 

El centro y sur de Mongolia son una maravilla natural. Enormes extensiones de terreno deshabitado en los que los animales se han hecho los dueños. Te transporta a otra época, la de los humanos primitivos. Han sido seis días sin luz y sin agua en la mayoría de los lugares que hemos visitado, en los que los autóctonos viven de sus animales en zonas que a veces me han parecido inhóspitas. En el ochenta por ciento del camino no existe red, el cuarto de baño es la naturaleza y no hay rastro de agua potable; sin embargo la experiencia de conocer esta parte del mundo vence a las incomodidades. Hemos atravesado valles y cañones rocosos, hemos escalado laderas y cruzado las estepas, hemos contemplado atardeceres de ensueño y caminado por las infinitas dunas, hemos conocido algo del budismo y sus monasterios remotos, hemos fotografiado paisajes a caballo y en camello... Así, hemos sido testigos de que Mongolia es diferente al resto de países que conocemos, pues engloba dentro de una misma frontera un sinfín de pequeñas maravillas que no dejan indiferente.

 

Pero el capitalismo avanza imparable y la americanización de esta región se hace palpable en anuncios publicitarios y en franquicias multinaciones aglomeradas en el centro de la capital y esparcidas por la periferia, siendo habitual encontrar camiones de cocacola en recónditos caminos donde no llega el agua potable. Es el único color rojo que se puede observar de vez en cuando avanzando en las remotas estepas.

 

Mongolia es pobre. Y su pobreza se palpa. Pero su gente es amable, al menos la mayoría con la que nos hemos cruzado. La noche es oscura fuera del centro de la capital, y se me antoja pensar que menos segura, aunque no la hemos frecuentado. A veces da la impresión de poco control. Policía corrupta. Se palpa miseria. Es difícil entender cómo ha pasado de dominar medio mundo a su situación actual. A pesar de ser un país con recursos, sus vecinas Rusia y China impiden sus exportaciones, o las someten a peajes altísimos, fruto de las desaveniencias del pasado. No en vano los mongoles fueron el motor que obligó a los chinos a levantar la Gran Muralla en oriente y a Ivan el Terrible a esmerarse para frenarlos en occidente. Aún pagan el peaje de aquellas guerras. 

 

Nuestra experiencia ha sido única e irrepetible, adquiriendo desde ya la magia de esas vivencias que se engrandecen con el tiempo.

 

Al llegar a Ulan Bator, Bobby nos informó que nos había conseguido entradas para la inauguración del Naadam Festival de mañana y sitio para ver las carreras de caballos que hacen los niños en las afueras pasado mañana. En el centro de la ciudad es palpable que comienzan en breve su fiesta nacional. Los mongoles se ponen sus mejores galas, consistentes en coloridos trajes y gorros típicos, desde los más pequeños a los más añosos.

 

A pesar de que el trato, la organización y el hostal que nos ha organizado todo hasta ahora con Bobby al mando sólo merecen críticas positivas, dado que esta aventura esta llegando a su fin y queremos voler relajados, descansaremos (como solemos hacer en las rutas largas) las últimas cuatro noches en un hotel cómodo y céntrico que reservamos justo antes de salir hacia el Gobi.

 

Tras una larga ducha merecida y descansar, salimos a pasear por la plaza central, donde pudimos contemplar e inicio de las fiestas con un desfile militar junto al eodificio de gobierno bajo la sombra del imponente Genghis Khan.

 

Cenamos de nuevo pizza y hamburguesa para olvidarnos de la pasta y la carne hervida y al hotel a dormir en cama blandita...

Vuelta a Ulan Bator

Niña en la plaza durante el desfile

Inicio del desfile

Mongolia. Día 26.

Buemos días Mongolia!

El esperado y declarado patrimonio mundial de la UNECO, Naadam Festival, comienzó un año más en la plaza. Multitud de personas, ataviadas con la indumentaria típica del pais, se agrupaban para ver de nuevo el desfile que ya realizaron ayer. Los soldados a caballo cogieron otra vez nueve grandes estandartes, realizados de crin de caballo, que simbolizan las nueve tribus que Genghis Khan unificó para configurar el inicio de la Mongolia conocida, y marcharon hacia el estadio nacional seguidos del pueblo. A la llegada a los aledaños del recinto, la gente abarrotaba el lugar, con decenas o centenas de puestos en los que vendían bebidas, comida, recuerdos, sombreros, paraguas... de todo. Buscamos nuestra entrada, que está situada justo al lado y debajo de la tribuna presidencial, bajo un sol de justicia. Ni una sola nube en este trocito de mapa. El estadio nacional es básico, con sólo una grada parcialmente techada en el lado presidencial, con un cuidado campo de fútbol de cesped rodeado por una pista de atletismo. El presidente de Mongolia, recién elegido hace tres días democráticamente, inauguró el festival, que es una mezacla entre unos juegos olímpicos entre las distintas regiones de Mongolia y las ferias típicas de las ciudades que todos conocemos. Colorido por todas partes y música. Gente ovacionando todo lo que ocurría. Dio comienzo la ceremonia inaugural, digna como dije de unas olimpiadas. Cientos de actores escenificaban la época guerrera de Mongolia, con arqueros, caballos, coreografías imposibles de soldados que se parecían a los de plomo. Un gigantesto pedestal enciendió su enorme llama. Se dio por iniciado el Naadam Festival dos mil diecisiete. Consiste en competiciones de tiro con arco, lucha mongola y carreras de caballos, entre las distintas regiones del país, que con su bandera al frente y uniformados van saludando al público dando la vuelta al estadio por la pista de atletismo.

 

He de decir que llama mucho la atención y que es un espectáculo digno de ver.

 

Tras el acto salimos a comer algo e hidratarnos, para después volver a entrar a ver las competiciones de lucha, en las que dos mongoles miden su fuerza, venciendo aquel que toque el suelo con alguna parte del cuerpo que no sean los pies o las manos, todo llevado a cabo con múltiples rituales, bailes, gritos... Al final nos enganchamos.

 

Sobre las cinco de la tarde regresamos al hotel para descansar algo. 

 

Cenamos unas broquetas de ternera y cordero con cerveza local (la Golden Gobi Premiun es la que más nis ha gustado hasta ahora) y nos dimos una vuelta por la plaza de nuevo para ver el ambiente, que era infernal. Música techno a toda leche y mongoles saltando por todas partes con fuegos artificiales y todas las luces que no vimos en el desierto... Nosotros, que no estábamos para esos trotes, nos despedimos hasta el siguiente dia.

Inauguración del Naadam Festival

Inauguración del Naadam Festival

Inauguración del Naadam Festival

Inauguración del Naadam Festival

Inauguración del Naadam Festival

Arquero y fuego en pedestal en el Naadam Festival

Lucha mongola en el Naadam Festival

Lucha mongola en el Naadam Festival

Mongolia. Día 27.

A las 05:45h sonó el despertador. A las 06:30h teníamos que estar en el antiguo hostal (a quince minutos andando) para que nos llevaran a la zona donde se celebraban las carreras de caballos, a aproximadamente una hora de camino. Nos explicó Bobby que no podíamos salir más tarde porque la única carretera que llegaba hasta allí se atestaba de coches. Y así fue. Al llegar, cientos de vehículos y familias que habían acampado la noche anterior se encontraban en los alrededores. 

 

Se trata de una carrera de unos treinta kilómetros, por la llana estepa de Mongolia. Los jinetes son niños de entre cinco y trece años, aunque es raro que pasen de los diez. Cabalgan sin montura a velocidades de vértigo. Impresiona ver el peligro que corren a esas edades. Aunque en este país los niños nacen casi encima de un caballo. Impensable realizar tal evento en cualquier otro lugar del mundo en el que tengan un mínimo apego a la vida. Pero Mongolia es diferente. Y verlo mola.

 

El caballo mongol, de patas algo más cortas y algo más bajo que los domésticos, es el único en estado salvaje que queda en el mundo, y se encuentra en peligro de extinción.

 

Las gradas estaban abarrotadas. No cabía un alfiler. Logramos sentarnos en unas escaleras entre dos de los graderíos, a unos cien metros de la meta. Familias enteras seguían entrando. Una valla seguida de una fila interminable de policías cada cinco metros, nos separaba de los caminos por los que pasarían los pueriles jinetes. Durante dos horas estuvimos esperando a que llegaran. Sol y más sol. Interminable espera, pero la verdad es que quedé impactado al ver con el zoom de mi cámara lo jovencitos que eran (algunos eran niños pequeños de parvulario), y el evidente riesgo que corrían montados en caballos que galopaban a velocidades de vértigo. Uno de ellos llegó colgando literalmente con medio cuerpo en el lateral del animal y agarrándose donde el pobre podía. Para las familias el simple hecho de que un hijo participe es motivo de orgullo.

 

La nube de polvo se acercó, y con ella los jinetes, que estuvieron pasando durante unos cinco minutos. Al parecer ningún herido. Una vez que llegaron, dimos una vuelta por los alrededores. En una carpa cercana comenzaron actuaciones y discursos, todo repleto de mongoles con sus trajes, tiendas (ger-shops) con cosas típicas, puestos de bebidas, comidas y niños volando cometas con forma de águila.

 

Otra experiencia más que mereció la pena.

 

Al regresar volvimos a comer al restaurante Veranda, donde habíamos cenado el primer día y quedamos encantados, junto al hotel, de precio más caro que otros en Mongolia pero similar a los occidentales. Y es que después de comer y cenar en la ruta seis días todo lo más mongol de Mongolia, tocaba otra vez homenajearnos.

 

Tras la comida fuimos a descansar y ducharnos al hotel. Vimos una película tranquilamente y compramos cosas para cenar en la habitación porque estábamos cansadls y el tiempo no acompañaba.

 

Día concluído. Mañana será el último día en Mongolia antes de regresar a España. Aprovecharemos para hacer turismo en un par de templos y hacer compras y tempranito al hotel a ordenar todo y preparar la vuelta a la mañana siguiente.

Presentación de la carrera

Jinete llegando a la meta

Jinetes llegando a la meta

Mujer con un traje típico en las carreras

Grupo actuando tras la carrera

Chica acabándose de arreglar en un ger

Niño volando cometa

Mongolia. Día 28.

Último día antes de emprender la vuelta a la realidad cotidiana.

 

Hoy nos levantamos cuando los ojos se abrieron, y lo hicieron a eso de las nueve y media. Tras aprovechar el desayuno del hotel, hoy quisimos invertir el día en visitar dos templos: el monasterio de Gandantegchinlin, al que no pudimos entrar el primer día, y el templo de Chojin  Lama, ambos budistas.

 

Tras veinte minutos de camino al oeste de la plaza, se encuentra el monasterio de Gandantegchinlin. Data del año 1835, y es el centro a partir del cual creció Ulan Bator, atrayendo a multitud de monjes, y constituyendo hasta hoy el lugar de peregrinación budista más importante de Mongolia. Está formado por varias estructuras cercadas por un muro, con gran espacio diáfano entre ellas. El interior del templo principal es espectacular, albergando en su pequeña superficie un buda de veinticinco metros de alto, realmente uno de los más llamativos que he visto en Asia (y ya son unos pocos), a excepción del insuperable gran buda de Leshan en China). Gente entra  orar y a entregar ofrendas (billetes). Y es que la imagen de dos monjes contando fajos de esos billetes sentados en la puerta, destroza el misticismo de la belleza del interior. Hasta para echar fotos dentro tienes que pagar (el doble más de lo que cuesta la entrada). Yo pasé de pagar por echar dos fotos, y no veas la que me lió el monje cuentabilletes cuando se dio cuenta. Pero más se la lie yo... que hasta el gigante muñeco de madera se tapó los ojos para no ver el espectáculo. Me pidió el dinero. Por supuesto no se lo di. Y me hizo borrar delante suya las dos fotos que tenía en la reflex (hasta me cogió la cámara para comprobarlo, y es ahí cuando se complicó la cosa). Mejor no dar detalles de la conversación. El monje creyó consiguir su misión, y yo salí, llamándolo desde lejos inmortalizándolo en un retrato que veréis abajo y enseñándole el móvil con el que antes que usar la cámara había realizado un auténtico reportaje del que ahora veréis parte (en lugares con poca luz suelo usar el teléfono para las fotografías). Y es que me dio mucho coraje ver el negocio en el que esos cocos rapados (los llamaré cocolisos) vestidos de naranja y granate, que veneran huchas con billetes, habían convertido aquel edificio del siglo XIX, rodeado de un enorme barrio de chabolas con indigentes octogenarios muertos de hambre, a escasos doscientos metros de el espacio religioso. 

 

En Mongolia no existe mucho respeto por lo antiguo, siendo muy pocos los monumentos históricos que se han conservado, y los que están, lo hacen en unas condiciones deprimentes.

 

Tras dar una vuelta por el resto de edificios (biblioteca, universidad.. ), salimos de ese bonito lugar, probablemente construído con una intención diferente a la que yo percibí.

 

Deshicimos el camino realizado para visitar el templo de  Chojin  Lama. Se trata de un conjunto de bonitas y pequeñas construcciones en mitad del centro de Ulan Bator, muy cerca de plaza, rodeado de los edificios más lujosos y altos de la capital, creando una imagen peculiar. Se construyó en 1904 y fue la casa del Choijin Lama, el  oráculo del estado. Es digno de ser visitado, aunque su estado exterior también deja mucho que desear. Actualmente es un museo, que acabará en ruinas, en el que se pueden encontrar colecciones de budas, máscaras, pinturas... el 99% del siglo XIX. La entrada es más cara que otros templos (el doble), y si quieres echar fotografías tienes que pagar el equivalente a veinte euros  más (cuarenta si son vídeos). Ni los pagué, ni por supuesto los vale. Daba la impresión de que en Ulan Bator no quieren que lo suyo trascienda y se conozca. Así les va.

 

Después de visitar estos dos templos, quisimos caminar hasta el Narantuul Market, también conocido como mercado negro, el más grande de Asia y frecuentado por carteristas prodesionales. Lamentablemente, tras andar media hora, en la misma entrada, nos dijeron que estaba cerrado. Así que camino de vuelta.

 

A la comida, de nuevo en una barbacoa cerca del centro en la que cenamos hace dos días, nos invitó Cocoliso Cuentabilletes con su detalle de no cobrarnos lo de las fotos. Después a hacer algunas compras en una de las pocas tiendas que, en la época de mayor afluencia de turistas extranjeros en la ciudad, estaba abierta. De nuevo, así les va.

 

Ulan Bator es feo. Así, directamente, feo. No hay que darle más vueltas. Feo a reventar. Una de las ciudades más feas que he pisado. Un millón y medio de habitantes. Más de la mitad de su población vive en suburbios en las afueras, la mayoría en gers o chabolas sin luz ni agua, en un país en el que en invierno llegan de forma habitual a los treinta y cinco grados bajo cero. En cuanto te alejas doscientos metros de la plaza central o de la gran avenida de la Paz... edificios abandonados que se caen, tapas de alcantarillas rotas,  carreteras con agujeros (no hondonadas, agujeros), asfalto a medio colocar, chabolas en las esquinas, niños sentados en las aceras pidiendo limosna... Por muchos motivos, a excepción de si se viene en los días del Naadam Festival, la visita a Ulan Bator no debería prolongarse más de lo justo y necesario para organizar los tours que llevan a conocer el resto del pais, que es realmente impresionante y una de las experiencias más positivas que he adquirido en cuanto a conocer otros países se refiere.

 

Tras descansar en el hotel, organizamos todo el equipaje para preparar la vuelta a casa, que nos llevará el día de mañana casi completo, veintidós horas entre vuelos, esperas y escalas. Así que cenita rápida, película y a la cama.

Templo principal del monasterio de Gandantegchinlin

Interior del monasterio de Gandantegchinlin (foto gentileza de cocoliso).

Buda de veinticinco metros (foto gentileza de cocoliso)

Cocoliso cuentabilletes mirando de reojo un billete de 1000 tugriks en el suelo.

Periferia del monasterio

Templo de Chojin Lama

Templos de Chojin Lama

Mongolia. Día 29. Fin del trayecto.

Temprano estábamos en el aeropuerto con los controles pasados y esperando nuestro vuelo a Málaga con escala en Moscú. Se terminaban las aventuras de otro inolvidable viaje en el que conocimos algunos de los rincones de dos enormes países a menudo poco conicidos. San Petersburgo nos abrió las puertas de palacio y nos maravilló con sus cúpulas. Moscú nos llevó de la mano de la historia desde el imperialismo al comunismo narrado por sus plazas, monumentos y calles. En tren recorrimos los días y las noches de Siberia, que entre paisajes de cuento nos dejó conocer sus encantadores pueblos, sus afables gentes y el mágico rincón de su Baikal eterno. Mongolia hizo el resto para hacer esta aventura inolvidable, mostrándonos sus entrañas como sólo ella sabe hacerlo, sus estepas y cañones rocosos, sus poblados y las dunas de su inmenso desierto, sus vestigios guerreros y la embriagadora estampa de sus atardeceres de ensueño.

 

La hermosa Córdoba nos espera. Es el final del viaje, el final de otra página que acaba de escribirse y que nos ha enseñado mucho. Volvemos más vivos, más sabios, más extraordinariamente satisfechos de haber conocido algo más del maravilloso lugar en el que nos ubicó el Universo. Y es que no hay más mundo que aquel que al final de tu vida han visto tus ojos y ha despertado tus sentidos.

 

Fin del viaje. Fin del reto.

Fin del viaje. El tiempo.

Vuelta a casa