Continuación de la página anterior ("Chile y Bolivia"), donde pueden leerse los días 1 al 25.

 

Día 26. Chile. Patagonia Sur.

Suena la alarma del teléfono a las 05:15h. Tras desayunar dejamos este agradable hotel. Debemos proseguir hacia el Parque Torres del Paine para visitar hoy el lago Grey e intentar mañana realizar el duro trekking que llega hasta la base de las torres.

A las 09:00h hay que estar allí. Tras dos horas y media por una carretera con más agujeros que un queso de esos que tienen agujeros, llegamos al Hotel Grey, desde donde parte la excursión al lago. Atravesamos a pie un bosque que acaba a orillas del lago, donde varios icebergs flotan delante de nosotros. Nos subimos al barco y comienza una ruta llena de sorpresas en la que contemplamos algunas de las escenas más impresionantes con las que hasta ahora nos hemos cruzado.

Montañas nevadas nos rodean mientras el barco sortea grandes moles de hielo, que son fragmentos del glaciar Grey, que tras desprenderse campan a sus anchas por este gran lago. Sus aguas son lechosas, de un color gris azulado. Este color lo otorga una capa de sedimento llamada limo, compuesta por harina de roca arrancada por el avance de las tres lenguas de los ríos de hielo que nutren al lago, lo que impide la fotosíntesis y por tanto el desarrollo de la vida en estas aguas. Al llegar a las enormes paredes de las lenguas glaciares se para el tiempo. Pasamos muy cerca de ellas.

Caprichosas formas de hielo en disposición vertical se van sucediendo y amontonándose a pocos metros de nuestros ojos. Es el sexto glaciar que visitamos en este viaje, pero este es el más espectacular hasta ahora, a la espera de navegar y caminar en unos días por el Perito Moreno argentino. Simplemente impresionante.

Volvemos al coche para realizar una ruta que nos llevará al Camping Torres Central, donde pasaremos las dos próximas noches y desde donde se inicia la caminata mañana.

Paramos en varios miradores donde se puede contemplar la inmensidad de este parque y su indudable belleza. En uno de ellos un gran estruendo se escucha durante varios segundos. La pared de un glaciar de una de las montañas que rodean una laguna ha caído montaña abajo.

Junto a otro mirador, un grupo de guanacos comen junto a nosotros en una de las paradas.

Tras montar la tienda (segunda en estas semanas) nos metemos dentro. Fuera hace mucho frío. Las temperaturas oscilarán estos días entre 3°C de máxima y -8°C de mínima. Estamos cansados del madrugón de esta mañana. Nos dicen que la mejor hora para subir mañana al mirador Base de las Torres es a las 02:00h para ver amanecer desde allí, y si no sobre las 07:00h, para llegar cuando el sol las ilumina. Son 4h andando para la ida, y otras tantas para la vuelta. Lo de las 02:00h lo escuchamos como a quien le cuentan un chiste. Ni caso.

Preparamos unos sándwiches con lo que ayer compramos en Puerto Natales, nos ponemos toda la ropa de abrigo que nos cabe y vemos una peli en el móvil. Sólo un trozo, porque caemos rendidos.

Durante la noche la tienda parece que va a salir volando con nosotros de entro. Llueve. Ya veremos mañana donde aparecemos.

Me levanto para ir al baño por la madrugada y veo el cielo con más estrellas que jamás había imaginado. Más incluso que en Atacama. Inviable sacar foto por el frío polar que hace. A seguir durmiendo.

 

Témpanos en lago Grey

Glaciar Grey.

Guanaco junto a un lago en Torres del Paine.

Parque Torres del Paine.

Día 27. Chile. Patagonia Sur.

Son las 06:00h. Comienza un día en el que aún desconocíamos que haríamos el trekking más duro hasta ahora de nuestra vida. Y hemos hecho unos cuantos.

Desayunamos en la tienda, preparamos las mochilas y echamos a andar rumbo al mirador Base de las Torres. Son 16km ida y vuelta. Todo va como la seda, un suave sendero atraviesa un par de puentes. Unas liebres corretean a nuestro lado y se llevan las únicas fotos que hago con mi reflex en todo el camino. Ellas saben lo que nos espera. De repente se empina el terreno y empezamos una infernal subida de más de cuatro horas.

A los 40 minutos empieza a llover. Nada más subir unos 100 metros el agua se convierte en nieve y un fuerte viento nos azota. Nos pensamos si seguir... Seguimos. En menos de media hora el camino se viste de blanco. Cada vez más. Los paisajes de otro planeta, pero un planeta lleno de cuestas. El sendero se hace cada vez más estrecho. Sólo cabe una persona. Piedras pequeñas es todo lo que pisamos. Hay que ir con cuidado porque a la derecha un enorme acantilado baja hasta un río y el aire tiene tanta fuerza que cuesta ir en línea recta.

Llegamos exhaustos al refugio chileno, parada para muchos de los senderistas para tomar algo. Llevamos 5km. Nosotros decidimos no parar y seguir los 4km que nos quedan.

Subimos las escarpadas curvas de un bosque en el que las raíces de sus árboles sirven de escalones. Otra hora así hasta que comienzan las piedras, primero más pequeñas, dejando libre algun espacio de suelo visible, luego cada vez más grandes, algunas enormes, que lo cubren todo. Sólo podemos pisar piedras. No sabemos aún que nos acompañarán hasta el final. Riachuelos cruzan el camino serpenteando entre las rocas. Algunos tramos subiendo a cuatro patas. Cae mucha nieve. Literalmente escalamos dos horas más, parando cada poco tiempo a coger aire.

Empezamos a cruzarnos con los que bajan después de haber visto amanecer. No les preguntamos cuánto nos falta por simple miedo. Pero seguimos.

En este nuevo planeta cada vez hay más piedras, que se cubren de hielo y de nieve y resbalan. Y yo con guantes de lana bolivianos desde que perdí uno de los de los de esquí en el trekking del Ventisquero Colgante. Se empapan y se van congelando. Ya no podemos volver. Estamos a una hora del final y hay que aguantar.

Cada paso va seguido de un suspiro. Nos preguntamos varias veces por qué no hemos ido a Torremolinos a comer espetos como hace la mitad de la gente en nuestra ciudad, pero el caso es que allí estamos, casi en el Polo Sur explorando este empinado planeta. El año que viene a Torremolinos.

Tras el último giro se empiezan a ver los cuernos de Torres del Paine. Se conoce así a los tres picos de roca volcánica que son una de las imágenes más características de Chile cuando buscas en internet. Se trata de magma que se fue solidificado a medida que se enfriaba a lo largo de miles de años dentro de la montaña, quedando con el tiempo expuesto. En breve se abre ante nosotros una escena que nos deja sin palabras, aunque enturbiada por el desmedido esfuerzo que nos ha costado llegar. Los tres picos se elevan como agujas en mitad de una cordillera, a cuyos pies descansa una laguna alimentada por los glaciares que bajan entre los surcos de la cadena montañosa. Frío como pocas veces hemos sentido. Todo nevado. Las nubes ocultan la parte superior de los cuernos, pero en unos veinte minutos se despejan y disfrutamos una hora de ese impresionante espectáculo escénico.

Todo muy bonito. Pero en este planeta no existen ascensores ni funiculares, y ahora tocan otras 4h de bajada. Comenzamos la vuelta. Con profunda lástima miramos a los que se cruzan subiendo. Más pena cuanto más abajo nos los cruzamos. Con un gesto de desesperanza, sin hablar, les giras la cabeza y les subes las cejas cerrando los ojos y apretando los labios, transmitiendo que lamentablemete aún les queda un mundo por encima.

De muslos para abajo todo son dolores, hasta en las uñas, pero este reto debe terminar con éxito y además no hay otra. Ha dejado de nevar y no llueve. La bajada es también dura, aunque algo más liviana.

Así, tras tres horas y media, llegamos de nuevo al camping, con la emoción de haber conseguido terminar una ruta que no está al alcance de cualquiera y con la certeza de que no la volveremos a hacer por nada del mundo. Son las 16:00h. Este trekking es muy duro y peligroso, sobre todo con la meteorología adversa como nos ha tocado a nosotros. Si la del Glaciar Exploradores era de nivel difícil, esta es de nivel Dios.

Al llegar andamos unos 300 metros más hasta el refugio Las Torres donde nos tomamos un te, un chocolate y empalmados con una pizza de cena a las 17:30h. Tres horas calentitos secando nuestra ropa. Nos vamos pronto a nuestra tienda.

Nuestros andares están entre un astronauta en la luna con un esguince de tobillo y un pato cojo borracho. Duele todo. Nos entra la risa al vernos. Ahora toca descansar. A las 20:00h al sobre.

Mañana salimos hacia Argentina rumbo a El Calafate, nuestra última parada antes de regresar a Santiago y a España. Allí permaneceremos dos noches en un buen hotel, con una visita el segundo día al glaciar Perito Moreno, pero esta vez en plan turista total, que ya toca. A dormir a pierna suelta, nunca mejor dicho.

 

Subida al Mirador Base de las Torres.

Subida al Mirador Base de las Torres.

Vistas desde el mirador.

Día 28. Argentina. El Calafate.

A las 06:30h los dos patos cojos se levantan. Ya están menos cojos. Recogemos la tienda salimos en dirección a la frontera argentina rumbo a El Calafate, aunque no sabemos bien la ruta porque no hay red en todo el parque.

Paramos en Villa Cerro Castillo, desayunamos y preguntamos. Justo allí está la parte chilena de la aduana.

Aprovechamos para llenar de gasolina el coche con la garrafa de 20 litros que compramos en Puerto Natales. Con el depósito lleno realizamos los trámites aduaneros. Hay que pasar la parte chilena y 5km después la Argentina. El asfalto deja paso a un camino de piedras justo al atravesar la línea fronteriza. Hemos cruzado por el paso Don Guillermo, un lugar poco habitual, pero es el que más cerca estaba. Nos sellan el pasaporte en la parte argentina y seguimos literalmente por un camimo de cabras. Menos mal que el coche es alquilado.

No nos cruzamos con nadie. El aire empuja de forma voraz. El paisaje sigue siendo pampa. El clima extremamente árido y el viento condicionan que sólo las plantas con raíces profundas y espinosas que toleran bien la falta de agua sobrevivan en esta zona. Las nubes y el agua se quedan al otro lado de los Andes, en el lado chileno. Predomina el arbusto calafate, que le da el nombre a esta ciudad de argentina. De flor amarilla, produce una baya comestible de color morado muy usada en postres, comidas en general e incluso en cervezas. Es tambien muy abundante en Chile y nos ha acompañado muy frecuentemente en nuestro viaje.

Nos cruzamos con unos ñandús (parecidos a las avestruces), rapaces, ovejas, guanacos y vacas... Pero a ningún coche ni persona. No pasamos de 30km/h y el trayecto se hace largo. Piedras y más piedras...

En casi 5h llegamos a El Calafate. Es una pequeña y coqueta ciudad con todas las comodidades y con mucha gente. Casas de una o dos plantas en su mayoría en una disposición cuadriculada transmiten orden. Tiene encanto. El turismo es una de sus fuentes más importantes de ingresos.

Paramos directamente a comer en el restaurante Isabel, recomendado por nuestros amigos Javi y Rocío que pasaron por aquí hace unos años en su luna de miel. La especialidad del lugar es la cocina de disco. El disco es un antiguo utensilio empleado por los campesinos de la llanura argentina para arar la tierra. Se empezó a utilizar para cocinar hace un siglo. Probamos el "cordero a la cazadora" y estuvo espectacular. Gracias a Javi y a Rocío por la recomendación!

Tras dejar las cosas en el Hotel Kau Lodge salimos a dar un paseo. Visitamos un bar de hielo. Es un local hecho completamente de hielo, al que hay que entrar con crampones. Esta a -12.5°C y sólo se puede permanecer dentro 25 minutos, durante los cuales puedes beber de todo. Nos tomamos 4 chupitos y dos copas cada uno en 25 minutos. Somos españoles. No veas lo contentos que dimos el paseo y lo que nos gustó El Calafate.

Compramos algunas cosas y buscando un supermercado preguntamos a dos muchachos de marcha compleja, algo tambaleantes y con habla gangosa, que debían haber pasado hora y media en el bar de hielo porque no entendemos nada de lo que dicen de la que llevan encima.

Recorremos la ciudad en un agradable paseo y compramos comida para el tour del día siguiente al Perito Moreno Cenamos en la Pizzeria Lechuza. Al regresar concretamos en la recepción del hotel la hora para un masaje para mañana después de la excursión y a dormir con el profundo sueños que seguro nos brinda el gélido bar de la tarde.

 

Ñandús junto al camino en tierras argentinas.

Pampa Argentina.

En el Yeti Ice Bar

Día 29. Argentina. Perito Moreno.

Desayunamos en el Kau Lodge con vistas al mar. A las 08:00h nos recogen para iniciar el tour al Perito Moreno.

Nos separan 80km. Aquí todo es más turístico. Vamos en un autobús lleno con gente de diversos países. Cada uno va diciendo en alto de qué país procede. Se van escuchando decenas de ellos. Creíamos que había dos españoles más, pero qué va, al final sólo nosotros, porque a la pareja de delante no pertenece a ningún país. Y es que al preguntarle la encargada de la excursión de qué país sois, responden sin dudar y con toda la intención... "nosotros de Barcelona". Se ve que el día que dieron las regiones y los países no fueron a clase. Tontos abundan, y allí había dos.

Llegamos al glaciar. Los sin patria también. Es enorme, aunque no el más grande de la Patagonia argentina (es el tercero). Ese lugar lo ocupa el Viedma, situado más al norte y de más difícil acceso.

El Perito Moreno es el único glaciar conocido que no está disminuyendo de tamaño. No se sabe muy bien por qué.

Se trata de un mastodonte de hielo cuya lengua tiene un lado norte y otro sur, que puede contemplarse desde unas pasarelas a escasos metros. Es impresionante. Escuchar el crujido de las rupturas y ver los témpanos precipitarse al agua es otra escena que hipnotiza. Son bloques de varios metros los que se desprenden, que parecen de miniatura en comparación con el resto de la enorme pared, que llega hasta los 70 metros de altura. Por debajo del nivel del agua el Perito Moreno se prolonga más de 100 metros más. Allí pasamos dos horas embobados con nuestras cámaras preparadas para captar uno de esos momentos.

Después navegamos por el lado sur bordeando la línea de la lengua glaciar durante media hora, desembarcando en la morrena lateral para iniciar un trekking de una hora y media sobre el glaciar más famoso del planeta. Los glaciares avanzan y retroceden de forma cíclica. Una morrena es una columna de sedimentos (tierra y piedras) que se forma con los restos que el glaciar va arrastrando o empujando en su avance, dejándolos depositados en los márgenes cuando va retrocediendo. En esa morrena que quedó tras el último retroceso nos ponemos los crampones y comenzamos una caminata por la que atravesamos grietas, sumideros, corrientes de agua subterránea... Una maravilla para los sentidos. Sólo caminamos por una pequeña zona del glaciar, adaptada y supervisada para evitar los numerosos peligros que esconde ese manto blanco de nieve que parece inofensivo desde lejos. Y es que algunos de esos agujeros que bordeamos tiene decenas de metros de profundidad.

Volvemos al barco y al autobús, con la sensación de haber visitado una de las más importantes maravillas naturales de nuestro planeta. Las hordas de turistas que se congregan en las pasarelas le quita misticidad, pero a pesar de eso mantiene intacta su inigualable belleza.

A la vuelta a El Calafate nos damos un masaje relajante con piedras volcánicas en el hotel. Y para concluir el día y nuestra corta visita a este rincón del mundo, una magnífica parrillada para dos personas en el restaurante Don Pichón, al cual hay que acudir sin duda si se quiere degustar buena carne a la parrilla entre otros muchos platos. Con el buche lleno para un par de semanas volvemos al hotel.

Aquí termina nuestro avance por estas tierras sudamericanas. A partir de mañana volveremos poco a poco a nuestra añorada ciudad califal de nuestra querida España, porque somos de esos que tenemos país, no como aquellos dos de Barcelona. Lo haremos de forma escalonada deshaciendo durante 3 días lo andado. Mañana volveremos a Punta Arenas en un largo viaje en coche.

 

Desprendimiento en glaciar Perito Moreno desde las pasarelas.

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Navegación junto al glaciar Perito Moreno.

Trekking sobre el glaciar Perito Moreno.

Parrillada den restaurante Don Pichón.

Día 30. Argentina (El Calafate) - Chile (Punta Arenas).

09:00h. Iniciamos la vuelta. Destino Punta Arenas, desde donde mañana sale nuestro avión a Santiago. Es lo peor de los viajes, cuando ves que se acerca el final de la aventura. Pero tenemos mucho para ir recordando durante el trayecto. Han sido muchas historias y momentos irrepetibles.

Antes de partir y perder la red, reservamos un hotel en Santiago para mañana. Llenamos de gasolina el coche. En la misma gasolinera nos llama un hombre y nos dice señalando a nuestro coche que la rueda trasera izquierda está pinchada. Menos mal que alguien puso a ese hombre ahí. Preguntamos por una gomería (así llaman aquí a los talleres que reparan ruedas). Suerte que no hemos salido a la solitaria carretera y que hay una gomería a 200 metros. Otro amable hombre nos repara en 10min la rueda por unos 4 euros (se le había clavado un tornillo, que debe ser el que les faltaba a los de Barcelona de ayer), y podemos seguir nuestro rumbo.

Para evitar el camino de cabras por el que llegamos, escogemos una ruta 100km más larga, pero asfaltada y en muy buen estado. En 4h y media recorremos los 600km que nos separan de Punta Arenas. Pampa eterna. Paisaje monótono desde el primer al último minuto. Atravesamos sin problemas la aduana por el paso Integración Austral, que es unificado (la salida de un país y la entrada al siguiente la gestiona el país de destino, parando así el viajero sólo una vez).

Nos quedamos en el mismo hotel de la ida. La dueña nos dice que los problemas sociales en Chile están algo más calmados, pero de fondo se escuchan las voces y los pitos de los coches por todos lados. Esperemos que mañana el aeropuerto no esté revuelto.

Vamos a cenar a nuestro restaurante "Entre Ollas y Sartenes" ya habitual de Punta Arenas, a comer nuestro habitual ceviche y nuestro habitual sushi. Nos despedimos de ellos y volvemos al hotel a pasar la noche.

Al sobre. Mañana volaremos a Santiago.

 

En la Gomería Gallardo.

Pampa y más pampa.

Día 31. Chile. Punta Arenas-Santiago.

Tras desayunar y ordenar todo nuestro equipaje para controlar el peso y lo que podemos llegar en las mochilas nos dirigimos a la empresa donde alquilamos el coche para dejarlo.

Está en el mismo aeropuerto. Vamos con tiempo para evitar problemas de última hora. En 3h y media estamos en Santiago. Este día estaba reservado para hacer algunas compras por el centro, pero las cosas siguen socialmente revueltas en la capital, por lo que hemos reservado un hotel cercano al aeropuerto y no saldremos de él durante la tarde.

Esta aventura ha llegado a su fin. Durante el vuelo pasamos sobre todos los lugares que hemos estado desde que dejamos Atacama. Mil recuerdos y la sensación de haber vivido momentos inolvidables. Casi no hablamos. Sólo recordamos.

Día de descanso en el hotel y a escribir el resumen final que publicaré mañana.

 

Día 1. Santiago - Madrid

Nuestro avión despega desde Santiago de Chile a la hora prevista. Por delante 12h de vuelo y 2h de AVE nos separan de nuestra ciudad. Por detrás... Sólo nosotros sabemos que dejamos atrás, y lo que hemos aprendido.

Chile con su patagonia es sin duda uno de los destinos más sorprendentes que se pueden elegir. Menos escogido como destino de lo que merece, demanda exigencia y predisposición si se quiere vivir a tope desde dentro, pero la recompensa supera con creces el esfuerzo.

Hemos visitado una parte de la encantadora Bolivia y una pequeña esquina de la Argentina más austral. Pero nos hemos centrado en Chile. Este país nos ha cambiado la manera de entender los entresijos de una naturaleza intacta que se muestra de una manera muy distinta a la que conocíamos en nuestro ambiente.

Hemos recorrido Atacama, la Patagonia y la región de Magallanes. Nos quedó una buena parte del país seguro llena de encantos que deberemos dejar, quien sabe, para otro lugar de nuestro tiempo.

Antes de salir de Córdoba, al decir Chile cuando nos preguntaban dónde íbamos este año, nos decían por qué ese país. Fueron muchas horas previas invertidas en descubrir lo que esta parte de sudamérica esconde. Y lo que leía y veía de Chile me asombraba. Cada vez más. La decisión fue sencilla. Queríamos conocerlo en persona.

Las razones, ahora sí con la certeza que otorga el haberlo vivido de cerca, son estas:

Atacama nos mostró su profundo y centelleante firmamento, que casi puede tocarse, en el que conocimos la cara sonriente de la luna del sur, y su eterno desierto, sus rocas humeantes, volcanes y fumarolas, signos palpables de una tierra que sigue muy viva, que habla y que siente. San Pedro con su juvenil y aventurera máscara bohemia es un oasis en la árida soledad de este desierto único, y nos mostró el camino de entrada a Bolivia para conocer la impresionante Reserva Eduardo Avaroa, cerca del cielo, donde cada molécula de oxígeno suma, avanzando perplejos entre interminables hileras de volcanes, géiseres y lagunas de mil colores salpicadas de flamencos. Impresionante laguna colorada!!

Un mar de sal paralizó nuestros sentidos en Uyuni. Un privilegiado horizonte testigo de una maravilla natural sin rival en la escala de lo más bello, nos mostró un embriagador amanecer, donde una trama de infinitos hexágonos en una planicie sin final se iba iluminando hasta completar una escena que se quedó con nosotros para siempre.

La impactante Patanogia, en su parte norte, cruzada por la cautivadora ruta austral, impregnó nuestros esquemas y moldeó nuestra concepción del mundo. Un abrupto camino que serpentea entre glaciares, fiordos, cascadas, bosques y esteros... Hechizada por la magia de lo auténtico, de lo que aún sigue a salvo de lo humano. Uno de los lugares más aislados y menos poblados del planeta, que esconde un tesoro en cada curva, donde parpadear es perder el tiempo. Allí caminamos por bosques patagónicos siempreverdes, subimos en el Pumalín a miradores donde aprendimos lo que es es estar a solas con la naturaleza. Vimos cómo Chaiten resurgía de las cenizas de la furia volcánica en su pasado más reciente. Nos volvimos a enamorar en Raúl Marín Balmaceda, la niña bonita del viaje, donde disfrutamos como en ningún otro lugar a solas con el entorno de la fauna y la vegetación más salvaje de la mano de Jonathan, y de los deliciosas recetas de su madre Nancy (aquellos puyes ya se quedaron con nosotros para siempre). Un plato de pasta en La Junta detuvo el "Espacio y Tiempo", para después contemplar junto a dos curiosos pajarillos, en lo más alto de un Queulat cerrado para nosotros, cómo nuestro primer glaciar se descolgaba poco a poco entre dos montañas mirando al remanso de agua al que se unía por sus cascadas. San Rafael con su laguna nos vistió el viaje de blanco, viéndonos pasar entre sus témpanos donde un foca leopardo nos regaló una postal con un marco de ensueño. El maravilloso glaciar Exploradores, otra de nuestras más preciadas joyas guardada con celo en el cajón de nuestros recuerdos, agonizando en su certero desenlace, nos permitió un último paseo por su hipnotizante piel blanca y por la magia de sus azules entrañas. Expectante y calmado, el lago General Carrera nos enseñó entre su extraordinaria gama de azules, la piedra de sus capillas y su catedral, con formas y colores imposibles, brotando imponentes desde el fondo, creada al antojo de la geología y del exquisito gusto de la paciente naturaleza. Una chimenea junto al lago en un paraje de ensueño registró a Puerto Guadal en nuestra lista de momentos para siempre, y la furia de las aguas de dos ríos al encontrarse, nos enseñó que algunas luchas son extraordinariamente bellas. Las termas de Puyuhuapi pusieron la guinda mostrándonos uno de los rincones verdes más bonitos y exclusivos de toda la Patagonia, donde el agua y el tiempo se combinaron de una forma para nosotros hasta ahora desconocida, confirmándonos que aquí todo ocurre más despacio.

La Patagonia Sur nos recibió por Magallanes, como a Hernando hace cinco siglos, donde el estrecho beso oceánico entre el Atlántico y el Pacifico salpica la costa de las simpáticas pingüineras de Isla Magdalena y las remotas loberías de Isla Marta. Desde las alturas del manto blanco del Campo de Hielo Patagónico Sur, la segunda masa de hielo después de la ya cercana Antártida, decenas de glaciares se derraman en sus márgenes en su camino en busca del agua, entre ellos Balmaceda, Serrano y Grey, con sus gigantescos tempanos, fieles vestigios de la última glaciación, que nos mostraron lo insignificantes que somos en la inmensidad de lo importante. A lomos de Torres del Paine Chile nos invitó a descubrir el lado duro de sus escarpadas cumbres, y nos enseñó que vividos desde dentro el viento y el hielo nos pueden hacer cada vez más pequeños, para después regalarnos el corazón nevado de sus más preciadas vistas.

Argentina nos brindó su cara más austral con el encantador Calafate y las delicias de sus discos y parrillas, antes de prestarnos por unas horas las enormes paredes verticales y los ensordecedores desprendimientos de una de sus más perseguidas estampas, el glaciar Perito Moreno, que se coló sin avisar en el grupo de cabeza de lo que jamás olvidaremos.

Estas son las razones que hoy daría al por qué visitar este asombroso país, sabiendo que lo que escribo no son más que palabras y las fotos nada más que imágenes. La vida y el movimiento los pusimos nosotros, con cada paso que dimos, cada sonido que escuchamos, cada roce del viento en la cara, cada bocado que probamos, cada vez que respiramos, cada conversación que mantuvimos y, en definitiva, con cada interacción con la naturaleza y con cada instante que pasamos entre tantos rincones que permanecerán junto a nosotros para siempre.

Sólo nosotros sabemos de verdad lo que allí ocurrió. Al final es lo que nos queda, la impactante realidad de las experiencias vividas y el recuerdo de lo que captan nuestros sentidos. Para nosotros, en este y otros ámbitos, eso es vivir. Y lo demás es tontería.