Bienvenidos a Guatemala (Virginia).

GUATEMALA

Octubre 2021

Día 1. Madrid-Ciudad de Guatemala-Antigua

Las ruedas pierden el contacto con el suelo, de nuevo vemos alejarse nuestro mundo... cada vez más pequeño. Dejamos debajo nuestro día a día, y con él, al menos por un esperado instante, un puñado de momentos que ojalá nadie hubiera vivido.

Porque atravesando las nubes, piensas que has tenido suerte saliendo indemne por ahora del zarandeo que un enemigo invisible le ha dado al planeta.

Pero la vida continúa. Y ante nosotros, al otro lado del azul del océano, una tierra llena de historias por contar cada vez nos ve más cerca. Guatemala nos espera.

Durante dieciocho días conoceremos algunas de sus coloridas ciudades coloniales, visitaremos uno de los lagos más bellos que existen navegando entre pueblos de culturas ancestrales, nos perderemos por sus mercados, subiremos a uno de los volcanes que salpican su ajetreado horizonte, atravesaremos la jungla para disfrutar de su impactante naturaleza y escalaremos algunas de las pirámides que convirtieron este lugar en el más floreciente del llamado período clásico, y que hace que hoy se conozca cómo el auténtico corazón del mundo maya.

Tras once horas aterrizamos en Ciudad de Guatemala, la capital del país, con cerca de seis millones de habitantes. Grandes edificios que esta vez sólo veremos de lejos, porque casi sin tiempo para estirar las piernas, Juan Fernando (el simpático conductor que nos recoge), con extrema destreza entre una maraña descontrolada de vehículos, pone rumbo a nuestro primer destino, Antigua Guatemala.

La periferia de la capital es extensa y palpitante. Multitud de comercios, fábricas y gasolineras van dejando cada vez más espacio al verde tropical de las montañas, verdaderas dueñas de este trocito del mapa. Cada poco tiempo, un bus colectivo con delantera que asemeja a la de un camión, lleno de luces y pintado con llamativos colores se cruza sin miramientos dejando claro quién es aquí el dueño de la calzada. De nuevo la sensación ya vivida de avanzar en medio de un "tetris" gigante. Bajamos las ventanillas, nos olvidamos de todo y contemplamos el paisaje. El sol empieza a marcharse. Temperatura fresca y agradable. Se respira humedad, pero es llevadera. Callados con la barbilla cada uno en el borde de su ventana, seguimos observando, oliendo, respirando... Sabiéndonos privilegiados. Disfrutando sin más de este primer contacto.

En cincuenta minutos llegamos a la antigua capital de Guatemala, hoy conocida simplemente como Antigua, pero cuyo nombre oficial es Santiago de los Caballeros. Es una pequeña ciudad de cuarenta y cinco mil habitantes rodeada de volcanes, que ha preservado la estructura colonial española hasta nuestros días. Sufrió hace siglos el azote de varios terremotos que la dejaron en ruinas y desolada durante unos doscientos años. Hoy ha recobrado su importancia y es un destino obligado para quien quiere conocer este país.

Ha anochecido y estamos cansados. Al llegar al bonito hotel que elegimos hace unos días, contratamos con el recepcionista algunos de los traslados de los días siguientes (sale un 20% más barato que hacerlo desde España). Estamos en el centro. Damos un corto paseo. Gente amable. Buen olor a comida sale de coquetos locales por los que vamos pasando. Llama la atención la gran altura de los bordillos de las aceras. Calles tranquilas poco iluminadas, pero que no transmiten sensación de inseguridad, nos llevan a la plaza Central, muy concurrida de gente paseando, sentada en los bancos, vendiendo cualquier cosa o simplemente mirando.

Encontramos en el acogedor patio de la Fonda de la Calle Real un muy buen sitio para cenar. Pedimos un par de cervezas locales y probamos el guacamole, el pepián de pollo (plato típico guatemalteco) y unas costillas de cerdo (aquí marrano), y a descansar que el jet lag no perdona y esto acaba de empezar.

Mañana dedicaremos el día a conocer esta bonita ciudad.

Empieza una nueva aventura

Bus colectivo en Guatemala

Jardín del Hotel Eterna Primavera (Antigua).

Día 2. Guatemala. Antigua.

Es la 01:00h. Nos despertamos en mitad de la madrugada como parte del proceso de adaptación al nuevo horario. El ruido semejante al de un camión pasando nos desvela más aún. No es molesto. Incluso hace que la lámpara que cuelga del techo tiemble. A los pocos minutos otro camión. Nos acostumbramos y volvemos a conciliar el sueño.

Un rico desayuno nos separa de iniciar una ruta guiada con Adolfo. Es un tour privado que reservamos ayer por la tarde. Lo primero que aprendemos es que en Antigua no pasan camiones a esas horas de la madrugada. A esas horas en esta ciudad nada se mueve. Lo que escuchábamos era el estromboliano rugido del Volcán de Fuego, a unos dieciocho kilómetros de nuestra ubicacion.

Comenzamos a conocer a Antigua de día. Se trata de una coqueta ciudad de edificios de una planta, que por ley sólo pueden tener uno de los cuatro colores de la antigua bandera guatemalteca: rojo, amarillo, azul y blanco. En Antigua casi todos los edificios son modernos, reconstruídos tras el terremoto del siglo XVIII. Todo lo que queda de épocas pasadas está en parte o completamente en ruinas. Esto confiere al conjunto una pintoresca mescolanza de color y decadencia en la que aún se asienta una población maya importante, muy distinguible por el colorido de sus típicos trajes. Y en la periferia, día a día y para siempre, vigilada de cerca por la majestuosa silueta de cuatro volcanes, que al mirarlos te hacen pequeño: Pacaya, Agua, Fuego (uno de los más activos del mundo) y Acatenango.

La historia de Antigua es convulsa. El período de la conquista española y la evangelización no están exentos de crueles momentos que a cualquiera avergonzarían. Es cierto que aunque mirar la historia a destiempo puede conllevar malas interpretaciones, en esta ocasión queda poco espacio para la duda. Y es que, qué sentido tiene conquistar o descubrir a alguien que no tiene necesidad ni conciencia de ser descubierto... Y qué sentido tiene evangelizar por la fuerza a quien ya posee arraigadas creencias desde hace siglos, que les son al menos igual de válidas  que a los que llegan las suyas... Sólo la codicia del ser humano y su soberana estupidez. Caldo de cultivo idóneo para una certeza extinción.

El caso es que el pasado colonial de Antigua y su identidad mutilada  se respiran en cada rincón y en muchas de las conversaciones de sus amables gentes. Guatemala es un país con una riqueza distribuida sólo entre unos pocos, con un ambiente político corrupto y un pasado reciente alborotado, que lo acostumbró más de una vez a agachar servilmente la cabeza y mirar para otro lado. Pero a su vez, está lleno de maravillas naturales y recursos que abren una ventana al optimismo de un futuro más halagüeño.

Durante tres horas recorremos algunos rincones de la ciudad con las explicaciones de Adolfo. Iglesia de la Merced, antigua catedral de Santiago, arco de Santa Catalina, palacio de la Capitanía, ayuntamiento... Desde la iglesia de San Francisco vemos las erupciones del volcán de Fuego. Es la primera vez que estamos ante este espectáculo natural.

Aprovechamos (ya los dos solos) para hacer nuestra habitual visita al mercado local de cada ciudad que visitamos. No hay turistas. Venden literalmente de todo. Es bastante grande. Frutas de postal que venden por "manos" (es decir, las que quepan en la mano). Pescados, carnes, productos de todo tipo, ropa, puestos de tortitas, zumos, comidas para llevar... Nos perdemos por sus recobecos y nos volvemos a encontrar varias veces. Fotos y más fotos.

Comemos en el Rincón Típico, recomendado por nuestro nuevo amigo del tour, con buena comida local y bastante barato.

Después, para bajar el pollo a la brasa, subimos al Cerro de la Cruz, un camino de 1.5km de distancia hacia arriba, desde donde se puede contemplar toda la ciudad custodiada por el imponente volcán de Agua. Allí permanecemos una hora echados en en césped disfrutando de las vistas.

Y de vuelta a hidratarnos en la terraza del Café Sky, con vistas también privilegiadas.

Cena en un bonito restaurante donde comprobamos que el ceviche guatemalteco también tiene su espacio en nuestra lista de los mejores platos y después a descansar que hoy nos lo hemos ganado.

Se apaga la luz... silencio... Cristina, yo... y el sonido de un conocido camión que de repente se transformó en volcán.

Erupción del volcán de Fuego.

Mujer maya en Antigua.

Niños en una calle de Antigua.

Mercado de Antigua

Vendedora en mercado de Antigua

Día 3. Guatemala. Lago Atitlan.

La noche, salpicada hoy también por los ronquidos incesantes de una geología latente, llega pronto a su fin, porque a las 05:00h nos levantamos para ver amanecer en alguno de los puntos estratégicos desde los que puede verse la silueta del volcán de agua despojado de nubes. Y es que es a esa hora cuando pueden disfrutarse las mejores vistas.

Nos sentamos en un bordillo y esperamos a que sol vaya dejando entrever el contorno de las montañas, despertando en la oscuridad los vivos colores de las fachadas de las casas, en unas calles aún desprovistas de coches. Estamos solos. Poco a poco, a la madrugadora figura de algunos trabajadores se va uniendo el resto de gente. Tiendas y restaurantes abren sus puertas. Despierta la ciudad. Empieza un nuevo día en Antigua.

Desayunamos a las 07:00h porque una hora después nos recogen para llegar, en un trayecto de dos horas y media, a Panajachel, la puerta de entrada a una de las joyas del viaje, el lago Atitlán.

Se trata de la masa de agua más grande de Guatemala, situada a algo más de 1600 metros de altura, con una longitud de 18km y una profundidad máxima de 340 metros. Surgió hace decenas de miles de años tras la explosión masiva de un grupo de volcanes... expulsando tal cantidad de lava que sus conos colapsaron, dando origen a una gigantesca caldera que una vez inactiva se fue llenando con el agua de la lluvia.

Es del más azul de los azules. Aguas cristalinas rodeadas de altas montañas de caprichoso contorno. Entre ellas destacan, con marcado liderazgo en la lucha por la hemonía de un afortunado horizonte, sus tres volcanes: Atitlan, Tolimán y San Pedro.  Todo lo que sobresale del agua está cubierto a cada paso por un tupido manto de vegetación y plantas tropicales. Esto, unido a la conservación de la cultura y tradiciones de los pueblos mayas que aún se asientan en la periferia del lago, le confieren una posición privilegiada en la lista de los lagos más bellos del mundo.

Durante cuatro días navegaremos sus aguas, conoceremos sus pueblos y disfrutaremos de sus inolvidables vistas.

Llegamos a Panajachel, que es el pueblo con más comercio y el centro turístico de la región, desde donde salen lanchas rumbo a cada rincón del lago. Estaremos aquí sólo de paso. Nosotros no somos de bullicio. Aprovechamos para sacar dinero y buscamos una de las lanchas para que nos lleve a Jaibalito, donde se encuentra nuestro hotel, la Casa del Mundo, sólo accesible en lancha o a pie, situado en un acantilado junto al agua con muy bonitas vistas del lago y de sus volcanes.

Llegamos al hotel. La habitación no estará preparada hasta la 13:00h. Aunque nuestro plan era diferente, nos acaba de decir el chico de la recepción que para él uno de los pueblos más bonitos es San Juan de la Laguna. Así que dejamos las cosas y bajamos de nuevo al embarcadero para poner rumbo a este lugar. Las lanchas pasan cada 15 minutos. Por el equivalente a unos dos euros y medio te llevan al destino que quieras. La gente sube y baja en cada parada y al salir le pagan al piloto.

San Juan de la Laguna es un pintoresco pueblo a orillas del lago Atitlán con marcada tradición maya, en el que son abundantes las galerías de arte local y las fábricas textiles regentadas por comunidades de mujeres, que elaboran a mano sus productos. Paseamos entre casas de colores con pinturas en sus paredes, contemplando la armónica mezcla que el tiempo ha establecido entre los descendientes mayas, de rasgos más marcados, piel más oscura y vestidos con trajes tradicionales, y los que no lo son. El turismo es muy local y vemos pocos europeos en esta región.

Comemos en el restaurante Alma de Colores, que participa en un programa de inclusión social para personas con discapacidades. Ofrecen una carta corta de 3 o 4 platos. Buen ambiente, buena comida, buen precio, pero sobre todo... buen proyecto. No hay turistas.

Y para hacer la digestión, como empieza a ser habitual, qué mejor que subir a otro empinado cerro. Se trata del mirador Kaqasiiwaan, desde dónde puede contemplarse una de las mejores panorámicas del lago. Subida dura pero corta. Te cruzas con otras personas que suben o bajan y las saludas, porque en Guatemala todo el mundo se saluda. Todo el rato. Saludan si parar. Son auténticas máquinas de saludar. Da igual si los conoces o no. Si te cruzas con alguien, pues lo saludas y punto. Así va esto. Y si además sonríes y agachas un poquito la cabeza mientras lo haces, más de aquí pareces. Que no se pierdan las buenas costumbres! Una hora permanecemos arriba. Una enorme ave oscura se acerca a lo lejos. Es un cóndor. Pronto se le unen otros que sobrevuelan la zona. Sentados a la sombra en este rincón se está muy bien, pero es hora de bajar. Por el camino nos acompañan unas grandes mariposas de color naranja que van de flor en flor. También las saludo, esta vez sin éxito. 

A la vuelta compramos algunas cosas a una de las comunidades de mujeres tejedoras y visitamos la iglesia (parroquia de San Juan Bautista).

Sobre las 16:30h cogemos la lancha de vuelta al hotel. Pasamos por los embarcaderos de San Pedro de la Laguna (más grande y bullicioso sobre todo por la tarde-noche) y San Marcos de la Laguna (abundan los lugares para hacer meditación y es el centro del movimiento hippie del lago).

Temperatura agradable. Descansamos en la terraza de nuestra habitación y cenamos en uno de los balcones a la luz de una vela y de una luna menguante, que deja ver tenuemente la despejada silueta de los volcanes, escuchando el sonido del agua chocando contra las paredes a escasos metros por debajo de nuestros pies. Otro momento para nuestra mochila de recuerdos.

Acaba así nuestro primer contacto con el lago.

Antigua. Volcán de Agua al fondo.

Arco de Santa Catalina en Antigua.

Amanece en Antigua.

Lago Atitlan. Embarcadero en Panajachel.

San Juan de la Laguna.

Mujer en San Juan de la Laguna

Cóndor sobre el Lago Atitlan.

Mariposa junto al mirador de San Juan.

Vistas del lago desde la habitación. A la derecha el volcán San Pedro, a la izquierda el volcán Tolimán y justo detrás el volcán Atitlán.

Día 4. Lago Atitlán.

Empieza un nuevo día en el lago. Nos levantamos muy temprano y sin despertador. Ver amanecer con ese telón de fondo te hace sentir bien.

Hoy queremos conocer algunos de los pueblos más tradicionales del lago, donde la cultura maya sigue vigente. Estamos solos en el embarcadero de nuestro hotel. Ponemos rumbo a Panajachel en lancha.

Desayunamos al llegar y hablamos con un muchacho para que nos lleve en su tuc tuc a Santa Catarina de Palopó. Se ofrece a llevarnos también a San Antonio de Palopó y a esperarnos en cada sitio mientras lo visitamos. Son pueblos en los que no hay turistas y no tienen medios organizados de transporte entre ellos. Nos parece buen trato y aceptamos. Estaremos esta mañana con él por unos 10 euros por persona.

Comienza la ruta. Pasamos de largo por Santa Catarina (lo veremos a la vuelta) y ponemos rumbo a San Antonio de Palopó. El camino nos recuerda, por el paisaje y el medio de transporte, a nuestra visita a Sri Lanka. De bote en bote esquivamos caminos llenos de baches y hondonadas bordeando el lago hasta llegar en unos treinta minutos a nuestro destino.

San Antonio de Palopó Es un pequeño pueblo a orillas del lago Atitlan despojado de forasteros. De repente nos transportamos un siglo atrás (al menos). Vemos muy pocos hombres. Todas las mujeres visten traje tradicional maya. Algunas trabajan en talleres artesanales de cerámica y otras suben a comprar al mercado que se ubica en lo más alto, junto a la iglesia, con sus cestas en la cabeza. En este lugar la gente es muy reservada. Aquí saludan menos (algunos ni responden) y algunas mujeres se cubren la cara con la ropa cuando se acercan para evitar que puedas fotografiarlas. Yo hago lo que puedo. Allí, junto a la iglesia, sin hacer mucho ruido, permanecemos algo más de una hora, viendo pasar un tiempo que aquí corre más lento, conocedores de que estamos en uno de esos escondidos lugares auténticos que aún quedan por el mundo. Volvemos a donde nos dejó nuestro amigo del tuc tuc.

Seguimos en nuestro motocarro en un camino de unos 20 minutos hasta Santa Catarina de Palopó. Aquí sí llega el turismo, aunque con cuenta gotas. Es un pueblo más abierto y algo más grande que San Antonio. La mujeres también visten con su típico traje pero saludan más. Se ve que el saludo está en relación con la apertura al visitante. Tiene más vida. Un hombre limpia la iglesia en el centro del pueblo. Las mujeres caminan con cántaros en la cabeza a llenarlos de agua potable ("pura" le llaman) en unos grandes bidones que un camión deja al final del pueblo. Algunos niños nos observan a través de las rejillas de lo que parece una pequeña escuela. Otros se ríen y salen corriendo, a cuestas con su mochila llena de vergüenza, cuando los saludamos. Conocemos a Danilo, un simpático niño de no más de 8 años que se acerca para charlar y de paso a ofrecerse de guía para sacar unos quetzales. Le damos los quetzales pero sin aceptar su oferta turística. Sólo le pedimos una foto. Paseamos por sus pocas calles contemplando el día a día de su gente.  Es otra manera de entender las cosas, otro concepto de vida. Hora de volver. Danilo sigue por allí con un amigo y nos abraza para despedirse. Estos pueblos nos han mostrado la verdadera interacción de los habitantes de esta región con el lago. Su día a día. Una experiencia que nos ha encantado.

Volvemos a Panajachel y comemos junto al muelle. Aún es temprano para volver a nuestro hotel. Hay una lancha que sale en ese momento hacia Santiago de Atitlan, el asentamiento humano más antiguo del lago, que se encuentra justo en el otro extremo (a algo más de 30 km). Y allí que nos vamos.

Santiago de Atitlan es el pueblo indígena más grande de Centroamérica. Conserva con recelo arraigados rasgos de su cultura ancestral. Sus gentes aún hablan predominantemente en dialecto maya y a diferencia de otras zonas, además de las mujeres, los hombres también visten el traje tradicional. Es un pueblo grande, que en los últimos años ha incrementado sus tiendas de productos locales y restaurantes, en respuesta a un turismo que busca fundamentalmente dos cosas: conocer la esencia del pueblo y encontrar al Maximón.

El Maximón es un ser sobrenatural que une lo terrenal con lo divino, tan antiguo como los pueblos originarios mayas que habitaron esta región y moldeado después con tintes de la tradición cristiana. Está representado por una figura de madera de aproximadamente un metro de altura, vestida con telas de vivos colores, corbata, zapatos, un sombrero y un cigarro en la boca. Tiene una máscara que cambian cada semana y que esconde la original que está debajo.

Sus principios se remontan al conocido como Rilaj Maam (el gran abuelo), tallado de un arbol de palo pita, común en la región de Mesoamérica.

Hoy no sólo adquiere importancia por su significado religioso en la cultura indígena, sino que también es considerado como un ícono de la identidad cultural guatemalteca, fomentando un turismo que está en auge.

Desde Santiago se fue extendiendo su culto por toda Guatemala, adaptándose a las sociedades y adquiriendo las múltiples cualidades que hoy constituyen su polifacética realidad. Y es que Maximón habla veinticuatro idiomas, es al mismo tiempo santo y es Dios, es joven y es viejo, es hombre y es mujer; es bueno y es malo, y puede transfigurarse en varios personajes como San Pedro, San Andrés, San Miguel, San Judas, don Pedro de Alvarado...

La figura de madera del santo va cambiando cada año de casa entre los habitantes de esta ciudad del lago, donde se venera y se exhibe. En noviembre se selecciona la siguiente familia que lo acogerá y en mayo se realiza el cambio.

Sólo los chamanes pueden vestir y tocar a Maximón. Estos son elegidos desde pequeños en función de rasgos físicos tan curiosos como el número de remolinos que tienen en el pelo (los que tienen dos remolinos serán los futuros chamanes). Viva la lógica!

El día del Maximón se celebra el 28 de octubre, coincidiendo con San Simón. Y es que también se le conoce así en muchas regiones, probablemente por la similitud fonética de ambos nombres.

En mi humilde opinión se trata de una figura importante para la tradición cultural guatemalteca, que hoy es empujada por el turismo hacia algo poco catalogable, una especie de teatro que observas con perplejidad, sin perder el respeto (aunque cueste) que debe mostrarse ante una tradición y una creencia tan antiguas.

Llegar al Maximón no es fácil. Encontrar la casa en la que se venera entre el laberinto de callejones del pueblo, es inviable sin la ayuda de unos quetzales. Tras los pasos de Francisco, el improvisado guía que nos enseñará la ciudad, llegaremos hasta el santo por el equivalente a unos 6 euros.

Tras subir a lo alto del pueblo, entramos en una humilde casa de ladrillo. Al final de un pasillo de no más de 60 cm de ancho en el que tuvimos que esquivar algunas gallinas, hay un patio con otro gallo y un niño haciendo los deberes. Y un poco más adelante, llegamos a una especie de salón del que salen música y luces. Notamos la presencia. Hemos llegado. Previo pago por estar allí y por hacer fotos (a algo más de un euro por foto) accedemos al habitáculo. La imagen al entrar se quedará para siempre con nosotros. El "no me lo puedo creer" de Cristina también. Canciones tradicionales guatemaltecas de fondo. Ambiente oscuro, iluminado sólo por pequeñas bombillas de colores que parpadean bordeando cualquier cosa con esquinas. A la derecha, paralela a la pared, una urna de cristal con una figura dentro envuelta con una manta en la que se distingue dibujada la cabeza de un tigre. A la izquierda, grandes figuras de santos cristianos sobre una tarima que hace de banco de lado a lado, debajo de la cual asoman varias cajas de cervezas "corona". En el techo, un adorno de papel que asemeja a una flor de colores de un metro de diámetro, y banderillas de papel a ambos lados del mencionado floripondio. Y justo en frente, en el centro..., sí..., el Maximón, rodeado de velas y flores. A la izquierda, en una silla, el chamán, aparentemente en trance, muy probablemente ocasionado por los efectos de aguardiente que tomaba. A la derecha, en otra silla, el guardaespaldas (porque Maximón también tiene guardaespaldas), también en trance. Y detrás de la figura, una gran mesa de su misma altura con vasos de plástico medio llenos de aguardiente, detrás de la cual, en un banco pegado a la pared del fondo, cuatro representantes de cofradías apoyan también sus respectivos vasos de licor. Acabábamos de estar en nuestro primer botellón en Guatemala.

Le doy los billetes al chamán, que al verlos se despierta y se los pone a Maximón detrás de la corbata. Maximón, a pesar de hablar  veinticuatro idiomas, no dice nada, ni las gracias nos da. Durante nuestros escasos minutos en la sala, nadie habla. Sólo beben. Francisco me indica que debemos despedirnos de Maximón. Le digo adiós al santo y a los del botellón. Y nada, el muñeco tampoco responde. Al girarme para salir casi piso a una diminuta mujer sentada en una silla que había a la entrada y nadie había visto.

Nos vamos de allí dejando atrás una de las escenas más peculiares que muy probablemente viviremos nunca.

Francisco, antes de irse, nos deja en la Iglesia, que está cerrada. Paseamos por el mercado central (otro más para nuestra colección de mercados tradicionales) y volvemos al embarcadero para tomar una lancha de vuelta al hotel.

Una vez allí, aprovechando que hace muy buen día, nos pedimos unas cervezas Gallo y nos bajamos a unas hamacas a la orilla del lago. Estamos solos. Vemos un bonito atardecer.

Cena de nuevo junto al agua. Esta vez hamburguesas amenizadas con enormes relámpagos, que iluminan desde atrás la línea de las montañas y volcanes, los cuales nos protegen de la lejana tormenta.

A descansar después de otro intenso día cargado de experiencias. Mañana visitaremos el famoso mercado de Chichicastenango.

Amanecer en el lago Atitlán.

Mujeres junto al mercado de San Antonio

Cerámica de San Antonio de Palopó

Niño en escuela en Santa Catarina

Danilo. Santa Catarina de Palopó.

Vendedoras en mercado de Santiago de Atitlan

Hombres en Santiago de Atitlán.

Con el Máximo en Santiago de Atitlán.

Día 5. Lago Atitlan. Chichicastenango.

Vestidas con manto blanco despiertan hoy las montañas de nuestro querido lago. Las nubes son pasajeras.

A las 08:00h sale desde Panajachel nuestro shuttle dirección a Chichicastenango y a las 06:30h estamos de nuevo solos en el embarcadero esperando a que una lancha que pase nos recoja. El mono rojo de Cristina hace un contraste de cuento con las distintas gamas de azules que separa el horizonte, estampa digna de inmortalizar para el recuerdo. Imagen de postal, como muchas otras en las que sale ella, en las que no hay rojos ni azules.

Tras llegar al pueblo desayunamos junto al muelle mientras esperamos el shuttle. Hora y media de curvas y subida nos separan de Chichicastenango. A dos mil metros de altura atravesamos aldeas enmarcadas en un verde que no cesa, mientras la gente nos presta al pasar unos segundos de su vida en los rincones de cada camino.

Llegamos a la ciudad. Son las 09:30h y a las 14:00h hemos quedado con el conductor en el mismo lugar para la vuelta. El mercado de Chichicastenango es enorme. El más grande que hayamos conocido. Se organiza los jueves y los domingos y a él acuden gentes locales y turistas que llegan de cualquier parte del mapa. Personas de todas las edades se mueven como abejas en un enjambre. Colores por todas partes. Predominan el rojo, naranja, negro y violeta. Muchos niños y mujeres se acercan continuamente pidiendo que les compres algo con educada pero agotadora insistencia. Se va uno y llega otro. Así es todo el rato. Hay que saber que el precio que piden es el como mínimo el doble del que lo puedes conseguir. Aprovechan la llegada de turistas para ganar un puñado extra de quetzales. También improvisados guías se ofrecen a cada paso para guiarte y explicarte lo esencial del lugar, intentando disimular que ofertan una labor en este lugar prescindible. Todas las calles del centro se transforman, llenándose de puestos de comida y tiendas en las que se vende de todo: ropa, recuerdos, frutas y verduras, aparatos electrónicos, productos de limpieza, carne, animales...

La parte más transitada está dispuesta entre la iglesia de Santo Tomás y la capilla del Calvario. En la primera, mujeres vendiendo flores rellenan los dieciocho escalones que separan la entrada del templo de los puestos del mercado, y entre ellas, algún devoto encuentra un codiciado hueco para quemar incienso como parte de un rito maya. La imagen de las flores, las vendedoras y el humo de los rituales, con el frontal de la iglesia de fondo, confieren al conjunto el misticismo que hace a tanta gente llegar hasta aquí. Es la foto que todos buscan... y la que yo evito, al menos por el momento. Los tesoros están en otra parte; en cada rostro, en la mirada resignada de un niño que no vende sus flores, en la simple disposición de las frutas en un puesto o en las manos agrietadas de una vendedora recibiendo sus quetzales. Hay que huir de lo esperable para registrar la magia de lo cotidiano, cuya esencia a veces pasa de largo por nuestros sentidos.

Y es que todos los turistas llegan a la misma hora. Nosotros, al ver el bullicio, preferimos ir primero a la capilla del Calvario, en frente, a escasos 100 metros. No hay nadie. Literalmente solos. Al subir las escaleras se aprecian los toldos de los puestos desde arriba. Al fondo la fachada de la iglesia de Santo Tomás. Ante nosotros, una mujer en el suelo lee el periódico, un hombre de pie quema incienso balanceando una lata y otro sentado duerme la mona (igual ayer estuvo custodiando a Maximón). El pobre no se tiene en pie. Y es que aquí al beber lo llaman rito. El interior de la capilla es oscuro y sencillo. Frente al altar varias personas rezan y encienden velas. Seguimos la ruta de puesto en puesto hasta la otra iglesia, la de la buscada foto. Es más grande, de interior también oscuro, con estructuras en el suelo cada pocos metros para poner velas entre las dos filas de bancos. Un grupo reza frente al altar, con expresivos gestos que muestran una espiritualidad palpable, que se respira hasta ahora en cada pueblo que hemos pisado en este país.

Tras ver que cada vez hay más gente, decidimos caminar al siguiente destino que queremos conocer en esta ciudad: su cementerio. Es famoso, al igual que otros muchos en Guatemala, por sus coloridas tumbas y cruces. Hay que andar unos diez minutos. Se encuentra en lo alto de una pequeña colina. No encontramos a nadie que no pareciese ser de allí. Aquí por ahora no hay más turistas. Las familias visitan a sus seres fallecidos en un festival de colores que se aleja mucho de lo que entendemos por cementerio en otras partes del mundo. Nos da la impresión de que la organización es aleatoria; es decir, aqui pillo un hueco y aquí te entierro. Algunas personas queman cosas en el contexto de rituales mayas. Otros toman bebidas y comen, mientras un hombre pasa con un carrito vendiendo helados. Curiosa forma de entender la muerte, quizás emocionalmente más rentable que la nuestra. Paseamos por este lugar una hora y volvemos.

Tenemos hambre. Buscamos algo típico, y de repente nos encontramos un restaurante llamado precisamente "Comedor Típico". Nos asomamos. Vemos que hay gente del pueblo. Mientras comemos nos miran. Un grupo de muchachas sonríen y nos echan fotos a escondidas. Todo está buenísimo y muy barato.

Aprovechamos para sacar dinero y a la hora prevista nos recoge de nuevo el shuttle.

Decimos adiós a Chichicastenango, un lugar de marcada tradición maya que se llena de gente los jueves y los domingos. Se mezclan dos tipos de personas: los turistas, que llegamos buscando una experiencia diferente o la foto de las escaleras, y personas que acuden a hacer sus compras en un ambiente auténticamente local, todo en un equilibrio que permanece estable por el momento, pero que acabará a mi entender rompiéndose poco a poco en favor de los quetzales del turismo.

Volvemos a Panajachel y de ahí en otra lancha al hotel. Hemos reservado tres horas una pequeña piscina calentada por una caldera de leña en un balcón que sobresale al lago con unas vistas únicas. Pedimos unos mojitos y vemos anochecer desde otro rincón para el recuerdo.

Cenamos unos snacks y nos acostamos. Mañana pasaremos el día completo disfrutando del hotel.

Cristina y el lago.

Vendedores de flores en Chichicastenango

Mujer rezando en la capilla del Calvario de Chichicastenango.

Mercado de Chichicastenango. Iglesia de Santo Tomás al fondo.

Mujer leyendo el periódico en Chichicastenango.

Hombre quemando incienso junto a la capilla del Calvario.

Cementerio de Chichicastenango

Cementerio de Chichicastenango

Mojitos con vistas al lago.

Día 6. Guatemala. Lago Atitlán.

Hoy nos levantamos con un cielo despejado. El sol no encuentra obstáculos para llegar a las montañas del otro extremo del lago, que nos muestran más que nunca sus relieves. Incluso se distingue la frondosa vegetación que las cubre.

Pasaremos el día en el hotel, aprovechando sus privilegiadas instalaciones y el buen tiempo que hace. Hay varios balcones al ras del lago desde los que puedes bañarte. El agua es cristalina, muy limpia y de temperatura agradable.

Estamos a 1600 metros de altura, dándonos un baño y tomando el sol con unas cervezas Gallo. De nuevo a solas con los volcanes. Pasan por allí mariposas del tamaño de mi mano, libélulas, pájaros que revolotean rozando el agua y cóndores que planean esta vez a no más de 40 metros encima de nuestra. Mañana merecida de descanso y relax en un entorno único.

Pero como lo nuestro es movernos, sobre la 13:00h decidimos hacer una ruta de senderismo que lleva a Santa Cruz de la Laguna, un pequeño pueblo vecino que se encuentra a unos cuarenta minutos de subidas y bajadas bordeando el lago. Las montañas caen en vertical sobre el agua desde varias decenas de metros. Más adentro vegetación tropical nos rodea por todas partes, dejando algunos claros cuando nos acercamos al borde del acantilado. Hay que ir con cuidado.

Arriba, a lo lejos, en unos veinte minutos se comienzan a ver las típicas construcciones cuadradas de colores que parecen colgar de la montaña. En la distancia se escucha música que proviene del pueblo y alguien hablando por unos altavoces. Un último esfuerzo nos lleva a las primeras casas de Santa Cruz de la Laguna. Es un lugar muy humilde y pequeño. A penas 8 o 10 calles. No tenemos ninguna duda de que somos los únicos turistas que hay en ese momento allí. En su plaza central se encuentra la iglesia, la escuela, el mercado y la policía. El centro es el patio del colegio, donde un grupo de niños juega a fútbol. Mientras, por unos grandes megáfonos ubicados en la calle de atrás, se escucha música de fondo y el ferviente sermón que un hombre da dentro de un local que hay junto a la iglesia. Entro dentro. Un coro con instrumentos canta y toca mientras un puñado de gente manifiesta con expresivos gestos su fe, en una especie de "Sister Act" a la guatemalteca. Me miran todos, pensando seguramente... qué hace el tío esté aquí... Yo pienso lo mismo, pero me quedo un rato viendo la escena.

Seguimos con el paseo. Un grupo de mujeres nos mira y cuchichea. Nos da la impresión de que todo el pueblo sabe que estamos allí. Es hora de comer y pasamos por un puesto que vende pollo dorado (frito) con patatas. Pedimos para dos y nos sentamos en un muro a comer. En breve aparecen 5 perros que se sientan delante esperando educadamente los huesos del pollo. Imagen idéntica a la del lago Inle hace unos años en Myanmar. Hay que adaptarse al momento. Una vez que acabamos de comer los siete (nosotros y los perros), seguimos con nuestro paseo. Compramos fruta en una pequeña tienda, que nunca está de más.

Volvemos de nuevo al hotel. Según el reloj de Cristina hemos subido 49 pisos. Doy fe. Así que toca descansar. De repente comienza una tormenta con relámpagos y truenos que asustan. Dura dos horas. Cenamos la fruta que hemos comprado y organizamos las mochilas.

Mañana dejamos este maravilloso hotel. Confirmamos que nos han reservado el shuttel para mañana. Temprano saldremos en la lancha hacia panajachel, desde donde sale la furgoneta A Antigua, por lo que hacemos el check out hoy.

Vemos dos capítulos que nos faltaban de una serie que traemos descargada y a la cama.

Pasaremos el día en el mismo hotel que estuvimos los dos primeros días en Antigua, en un día se tránsito para partir al siguiente  al volcán Acatenango.

Hemos tenido la suerte de conocer varios lagos alrededror del mundo, entre otros el lago Luku en China, Hoan Kiem en Vietnam, Inle en Myanmar, Yoda en Sri Lanka, Baikal en Siberia, General Carrera y el lago Grey en Chile, las lagunas de la Eduardo Avaroa en Bolivia, el lago Argentino en Argentina, Titisse en Alemania, Constanza  entre Suiza, Austria y Alemania... Pero el lago Atitlán se ha situado a la cabeza de todos. Tal vez por su belleza, o quizás porque  le hemos dedicado más tiempo, pero es sin duda uno de los lugares más extraordinarios en los que hemos estado. Hemos conocido sus volcanes y sus muelles, sus amables gentes y sus pintorescos pueblos, donde aún se respira una tradición maya que sigue muy vigente. En San Juan hemos aprendido que las casas, y también los cementerios, cuando se pintan de colores, bajan el umbral de la alegría. Hemos estado a cada paso a solas con la naturaleza, que de nuevo nos ha hecho sentir muy pequeños. Hemos descubierto sitios como San Antonio y Santa Catarina de Palopó, que han conseguido permanecer a salvo, al menos en gran parte, del influjo de los dólares. Hemos visitado las desgastadas iglesias coloniales de algunos pueblos, que emanan un profundo sentir religioso en cada esquina (una vez que te alejas de Panajachel). Hemos visitado a Maximón en nuestro primer "botellón" en Guatemala. Y hemos descubierto que a pesar del turismo, Chichicastenango tiene una magia que lo hace auténtico y te transporta a otra época. Y todo alrededor del más azul de los azules, desde los balcones de un hotel que ha multiplicado esa belleza.

Probablemente nunca volvamos a este lugar, como a tantos otros, pero la sonrisa que nos evocará su recuerdo permanecerá seguro por siempre.

Volcán San Pedro desde el hotel.

Cóndor en el lago.

Mariposa en el lago

Aves en el lago

Ave en el lago.

Niño en Santa Cruz de la Laguna

Coro religioso en Santa Cruz de la Laguna.

Comida con los colegas en Santa Cruz de la Laguna.

Día 7. Guatemala. Antigua.

Entre las piernas del piloto, que de pie conduce la lancha, se va haciendo cada vez más pequeña la imagen del nuestro hotel, al pie del acantilado, quedando atrás junto a un conjunto de experiencias que han situado a este lugar en los primeros puestos de la lista de los más bellos e interesantes en los que hemos estado.

Previamente, justo antes de salir, aprovecho para echarme la foto habitual de cada viaje con el lema "Regala VIDA, dona órganos". Para ello, un escenario acorde con la importancia de la frase.

Desayunamos en Panajachel en nuestro lugar habitual, el restaurante Delicias del Lago, pocos metros después del muelle, donde paran los shuttle. El nuestro sale a las 09:00h.

Ponemos rumbo a Antigua. Es un trayecto de dos horas y media en el que volvemos a atravesar un paisaje tropical sólo interrumpido por algunas aldeas y pequeños pueblos. Maizales y campos de frutales y verduras abundan a ambos lados, con gente trabajando la tierra. Pronto llegamos a la carretera Panamericana, una especie de autovía que recorre todo el continente, de norte a sur. La furgoneta vuela. Llegamos de nuevo al mismo hotel en que estuvimos hace unos días.

Dejamos las cosas mientras preparan la habitación y nos vamos a dar una vuelta. Es sábado, y Antigua se muestra diferente. Tiendas y gente por todas partes. Conciertos y música en los restaurantes. Buen ambiente. Muchos guatemaltecos acuden a esta ciudad los fines de semana. Nos acercamos a los mercados de artesanías que se ubican junto a la iglesia del Carmen, o más bien los restos que los terremotos han dejado de ella, para echar un vistazo. Venden literalmente lo mismo que en lago, y me da la impresion que en el resto de Guatemala... Los precios, una vez negociados, son similares.

Comemos en el patio del restaurante "Sabe Rico", un lugar con mucho encanto y buenos platos. Un chocolate en el "Viejo Café" completa la comida con un concierto en directo de un tipo con una guitarra, que canta canciones de Sabina y Silvio Rodríguez de una forma bastante decente.

Nos acercamos después a la empresa con la que haremos mañana el trekking para subir al volcán Acatenango, de casi 4000 metros de altura, para preguntar la hora y las cosas que recomiendan llevar. Tenemos de todo menos unos pantalones cortos para Cristina, por lo que nos acercamos al mercado y compramos unos. Recargamos la mochila con algunos snacks, fruta y agua.

Nos ha dicho el de la empresa que hay que tomar entre 2 y 4 litros de agua antes de acostarnos, no tomar alcohol (abstenerse de subir los que hayan estado acompañando al Maximón) y cenar suave, para evitar en lo posible el mal de altura. Y eso hacemos. Se antoja una noche movidita en el baño...

Volvemos al hotel. Estamos cansados. Vemos la tele y cenamos fruta y yogures. Y mucha agua. Echados en la cama notamos varios movimientos de tierra. El volcán vuelve a rugir. Guatemala está muy viva, por encima y por debajo.

Mañana nos espera un día fisicamente exigente. Subiremos al volcán Acatenango para contemplar desde allí, con algo de suerte, las erupciones de su vecino, ese al que hemos escuchado ya tres días, el inquieto volcán de Fuego.

Regala VIDA, dona órganos. Lago Atitlán. Guatemala.

Iglesia del Carmen en Antigua.

Un chocolate en el "Viejo Café".

Plaza Central del Antigua Guatemala.

Día 8. Guatemala. Volcán Acatenango.

Antigua está rodeada por cuatro volcanes: Agua, Acatenango, Fuego y Pacaya. Hoy subiremos al volcán Acetenango para contemplar desde lo alto, a menos de 3 km, a su hermano, el volcán de Fuego, el más activo del país y uno de los más activos del mundo. Es según nos dicen el único lugar  donde un volcán activo se encuentra unido a otro al que se puede ascender para contemplarlo.

A las 06:45h nos levantamos para redistribuir el equipaje. Tenemos que llevar una mochila con lo mínimo para poder llenarla con la ropa, comida, agua y demás material que nos darán en "Wicho & Charlie", la empresa con la que hacemos el trekking. Las temperaturas oscilarán entre -5° y -15°, por lo que hay que ir preparados.

Una furgoneta nos lleva hasta los 2200 metros, a partir de los cuales hay que continuar a pie hasta el campamento base a algo más de 3600 metros, y de ahí, los más valientes, a la cima a 3960 metros o seguir hasta el volcán de Fuego, a unos 400 metros de la caldera.

De camino, poco antes de llegar, nos para la policía en un control. No sé qué negocia el conductor, pero sube al rato y le pide 50 quetzales a uno de los guías que va sentado delante. Le dice "es que tengo sólo de 100 y si se los doy se los queda". Le entrega al poli los 50 quetzales y nos deja seguir. Huele a lo que huele... cincuenta y en paz. Mejor ni preguntar. Y es que aquí todo se compra con quetzales.

Comienza la subida. Somos 12 personas entre belgas, franceses (la mayoría) y nosotros. Los primeros metros ya indican que el esfuerzo será serio. Minutos después ya somos conscientes de que será extremo. El camino es de arena negra volcánica. Poco a poco todos dejan de hablar y se concentran en ir poniendo un pie detrás de otro con cuidado de no resbalar. La pendiene asusta. Y seguirá asustando varias horas, porque el perfil del trekking no se suaviza hasta la última hora, y son un mínimo de cinco. La exigencia es brutal. No recordamos haber sufrido tanto físicamente nunca, ni en la dura subida a Torres del Paine en la patagonia chilena, que ya es bastante. En internet lo califican de extenuante. Yo directamente de infierno. Me recuerda a una de las pruebas de la serie que está ahora de moda en Netflix, "El juego del Calamar". Sólo puede quedar uno. Cristina no para de reírse cada vez que se lo digo.

El entorno en esta primera parte es todo verde, con maizales en cada curva. La temperatura es aún buena. Durante una hora subimos sin parar hasta la primera parada para tomar algo. Nos sentamos todos, cada uno donde pilla. Estamos extenuados. Al abrir mi mochila una manzana que nos han dado se cae y sale rodando cuesta abajo. Pasa por delante de varios. La siguen con la mirada. Dicen: uuhhh!! Cae por el precipicio sin que nadie haga ademán de cogerla. No sé si porque no pueden mover un músculo o porque así me ven más débil en este capítulo del Juego del Calamar. No importa. Acabamos de empezar.

Seguimos subiendo. Todo se transforma en una selva tropical que ya no nos abandonará. Helechos enormes y altos árboles repletos de musgo que no dejan penetrar los rayos del sol. Mucha humedad. La arena mojada resbala más. El verde no le deja ningún espacio al suelo salvo el camino que transitamos. Flores rojas, amarillas y violetas, de caprichosas formas, abundan. Pero hay pocas fuerzas para contemplar paisajes. Otra empinada hora nos lleva hasta una oficina en mitad de la selva donde hay que registrarse y pagar la entrada al parque. Nos ponen una pulsera. Avituallamiento. Todos me miran. Saben que no tengo manzana. Pero desconocen que guardé unos cacahuetes justo antes de salir. Y eso me da ventaja, porque un paquete de cacahuetes es mejor que una manzana. Y vuelta a subir. Cada vez estamos más alto (ahora a 2800 metros) y el esfuerzo es mayor, pero el oxígeno va disminuyendo su concentración en el aire y tenemos que parar cada 20 o 30 metros para poder seguir. Cada paso aquí es mucho más que en casi cualquier otra parte...

Tercera hora. Paramos para comer. La sensación de placer al sentarte no tiene precio. Pero hay que seguir. Al levantarnos, los cuádriceps y los gemelos parecen piedras. Duelen. Pasan otros 15 min hasta que desaparecen las molestias. La temperatura empieza a bajar. El aire es muy frío. Empiezan a verse muchos árboles muertos, existiendo sólo el tronco central y el inicio de algunas de sus ramas. Es la misma imagen que vimos en Chile en el Chaiten, signo inequívoco de la acción de la lava y las cenizas de alguna erupción de un pasado reciente. Pero alrededor la vida se ha hecho fuerte y la selva mantiene todo su esplendor. Cada vez hay más niebla. No se ve a más de 20 metros. Cuarta hora concluida. Por fin empieza la parte más relajada. La gente vuelve a hablar. El final está cerca. Ya se escuchan claramente las erupciones del volcán cada cierto tiempo.

Por fin llegamos. Nosotros tenemos una cabaña privada para los dos. Dejamos las cosas y nos sentamos a contemplar uno de los mayores espectáculos de la naturaleza. Explosión. Una gran erupción nos sorprende. Le sigue un sonido similar a un trueno. Salen piedras incandescentes. Se escucha el sonido que hacen la caer al suelo. Todos callados. Estamos a poco más de dos kilómetros del cráter. Nos dicen que si queremos ir a la cima o acercarnos al volcán (a 400 metros de la caldera que escupe fuego, en una zona que dicen que es segura porque nunca ha caído lava, que vete tú a saber). Pero a pesar de que los cacahuetes me han dotado de desmedida fuerza, el objetivo de la cámara ya me acerca bastante al volcán y no hay ninguna necesidad de realizar un esfuerzo que es considerable. Un grupo de 6 personas se va al volcán de Fuego con dos guías. Nosotros nos quedamos.

En pocos minutos la niebla lo cubre todo y no se ve nada. Grandes truenos se escuchan cada vez más cerca. Los relámpagos lo iluminan todo. La tormenta llega al campamento. Menos mal que nos hemos quedado. Seis contrincantes  menos en el Juego del Calamar. Nos ponemos todas las capas de ropa que traemos y nos metemos en nuestra cabaña, de estructura triangular metálica, con un saco y una manta y le decimos al guía que nos avise si se despeja.

Cenamos a las 19:00h. La tormenta ha cesado. Momentáneamente el cielo está más claro. Luna en tres cuartos creciente. Muy poca luz. Con la boca llena una erupción ilumina el cielo de rojo. No logro captar una buena imagen con la cámara, pero nuestros ojos sí la tienen y esa está grabada para siempre. La niebla vuelve a caer y todo desaparece a más de 10 metros nuestra. Mala suerte. Decidimos acostarnos a las 20:00h. Y probar suerte mañana sobre las 02:00h.

23:35h. Una gigantesca explosión nos despierta. Abrimos la puerta de la cabaña y una enorme cantidad de lava se eleva sobre el volcán y cae por las laderas. Me levanto y me siento junto a una hoguera que sigue encendida. Sólo dos franceses (que aún no se habían acostado) y yo despiertos en la cima del Acatenango. Algunas nubes pasajeras. La luna ilumina la silueta del volcán de Fuego y empieza el espectáculo. Cada 10 o 15 minutos Fuego ruge... y todos callan. En no más de tres de esos rugidos todo se vuelve rojo. Se apaga la hoguera. Hace frío, pero es momento para otras cosas. Los franceses bostezan. Están cansados y me dejan solo. El volcán y yo. Solo podía quedar uno. He ganado el Juego del Calamar, incluso sin manzana. Las imágenes que capto son sencillamente espectaculares. Verlo y escucharlo en directo aún más.

En unos minutos se une Cristina. Disfrutamos del espectáculo otro buen rato y nos volvemos a acostar. Mañana (en unas horas) veremos amanecer desde este balcón privilegiado y después descenderemos para volver en autobús a Antigua.

Volcán Acatenango en reposo desde el campamento base.

Volcán de Fuego. Erupción.

Volcán de Fuego. Erupción.

Volcán de Fuego. Erupción.

Volcán de Fuego. Erupción.

Volcán de Fuego. Erupción.

Día 9. Guatemala. Acatenango-Antigua.

A las 05:00h tengo puesto el despertador para ver amanecer, pero otra explosión me desvela a las 03:00h y ya me quedo disfrutando de las erupciones, que se suceden cada 10 o 15 min las pequeñas, y cada hora las más fuertes. Todo está despejado. Desde esa altura se ven las luces de varios pueblos y un horizonte solo interrumpido por los conos de los volcanes e iluminado por los relámpagos de tormentas lejanas.

Unos pocos se levantan a las 04:00h para subir con los guías a la cima de nuestro volcán, 300 metros más arriba. Pero hace mucho frío y tengo mi chiringuito montado con la cámara en primera fila. Además, pasar de 3600 a 3900 metros no nos va a cambiar mucho el escenario. Y lo que es peor, iría sin manzana. Me quedo y aviso a Cristina, que se une a la fiesta de explosiones y fuegos artificiales.

Poco después amanece en Guatemala. El sol sale por detrás del volcán de Agua. A su derecha, el volcán Pacaya también se ilumina, y después todo el verde valle hasta llegar al volcán de Fuego, que sigue a lo suyo. A lo lejos se ve la línea que separa la tierra del océano Pacífico, a unos 90 kilometros. Este amanecer se ha colado sin esperarlo en el primer puesto de los más bonitos que hemos vivido.

Los que han ido a la cima llegan de vuelta, más azulados, diciendo que lo han pasado regular por el frío y el viento. No había necesidad. Disfrutamos un par de horas más de algo que es difícil de explicar y que empezamos a considerar habitual, un volcán escupiendo fuego entre enormes rugidos justo en frente nuestra. Desayunamos y recogemos las cosas.

Iniciamos la bajada en un trekking de una belleza poco comparable con nada. No creía que iba a decir esto esta mañana, pero el esfuerzo ha merecido la pena. Y con creces. Maravillosa experiencia en el volcán Acatenango.

La bajada es mucho más llevadera, aunque las piernas sufren del continuo esfuerzo de ir frenando y el tramo final se hace duro. Comparto las fotos con los guías y algunos compañeros de aventura, y comentamos lo vivido. El autobús nos recoge abajo y volvemos a Antigua.

El resto del día es de relax. Volvemos al mismo hotel de estos últimos días. Ducha al llegar y comida en un lugar típico llamado "La Cuevita de Urquizu". Vamos al banco a sacar las entradas para ir a Tikal dentro de unos días y compramos algo de comida para mañana, que nos esperan unas nueve horas de viaje en Shuttle hasta llegar a Lanquín, puerta de entrada a otro espectáculo natural guatemalteco, Semuc Champey. A descansar, que esta vez sí que nos lo hemos ganado.

Apagamos la luz. En el silencio seguimos escuchando las explosiones del volcán de Fuego, pero ahora es diferente, porque hemos conocido sus entrañas, lo hemos sentido cerca... una vez más hemos estado allí. Y al final es lo que nos queda.

El sol asoma tras el volcán de agua. Vista desde el volcán Acatenango.

Contemplando el amanecer desde el volcán Acatenango.

Vistas desde el campamento base del volcán Acatenango.

Volcán de Fuego. Erupción.

Volcán de Fuego. Erupción.

Volcán de Fuego. Erupción (sin sonido).

Día 10. Guatemala. Antigua-Lanquín.

Nos despedimos, está vez para siempre, del hotel que nos ha acogido cuatro noches en Antigua Guatemala, y del sonido de nuestro querido volcán de Fuego.

A las 08:30h nos recoge el shuttle que nos llevará a Lanquín. Isaías, natural de esa localidad, será el conductor. Me toca sentarme a su lado y me comenta que actualmente sólo la empresa para la que él trabaja hace los traslados hacia Lanquín, Flores y Río Dulce. Antes de la pandemia había tres empresas, pero las otras dos se vieron obligadas a vender los vehículos y a cerrar por la crisis económica que aún vivimos. Guatemala ha sido uno de los países que antes se ha abierto al turismo, lo cual hace que poco a poco empiece a ver la luz. Comenzamos nueve horas de viaje en las que atravesaremos una parte importante del país.

Al llegar a las afueras de Ciudad de Guatemala todo se enlentece. Vamos durante una hora casi parados. Incluso vendedores ambulantes, conocedores de que esto es lo habitual, están en la carretera de coche en coche.

Tras pasar la capital la vegetación se va haciendo cada vez más densa. La mitad del camino hay doble carril. La otra mitad es uno solo y es compartido por coches, motos, camiones, tuc-tucs, autobuses, personas y perros.

Conforme vamos avanzando el clima se hace cada vez más tropical. Paramos para comer. Hay más humedad y los mosquitos abundan. Estamos en Alta Verapaz, el hábitat natural del quetzal, que es el ave nacional del país, prestándole el nombre a su moneda. Pero es muy complicado verlos, por la época del año y por la hora del día.

El viaje es largo, aunque le viene bien un día de reposo a nuestras piernas. Y es que nos duelen todos los músculos del ombligo hacia abajo. De hecho vernos andar asusta. Sentados damos el pego, pero de pie... Así que aprovechamos el día para ver los paisajes de la Guatemala más interior. Es un entorno muy bonito, parecido al de Sri Lanka. Casas de colores salteadas entre densos palmerales, llamativas flores, árboles delgados y altos y enormes helechos. Llovizna casi continua. Algunos lugareños trabajan en las plantaciones que se suceden a ambos lados de la calzada; otros caminan por el arcén de una aldea a otra. Es una zona y una vida totalmente rural.

De las ciudades que atravesamos, Cobán es la más grande. La carretera es buena pero el tránsito es muy lento por el tráfico. De todas maneras no hay prisa. Aquí las cosas se hacen ahora si se puede, y si no pues ya se podrá, pero se hacen.

Nos acercamos al destino. Un verde valle muy extenso se abre a la derecha del camino. Isaías, que ya es colega, para a un lado para que eche una foto. Abajo el río Cabón, que serpentea entre sus montañas. Es el que forma las piscinas naturales de Semuc Champey, que visitaremos mañana.

Y cuando parecía que estábamos llegando, de nuevo parados. Están ensanchando la carretera y han dinamitado una parte de ella unos cientos de metros después. Una interminable hilera de vehículos está esperando delante nuestra. No existe otra ruta para llegar. Algunos dicen que llevan desde las 14:00h esperando. Estamos en mitad de la jungla. Son las 17:45h, casi es de noche y no sabemos lo que puede durar esta situación. Así que nos bajamos y estiramos las piernas. En pocos minutos todo se oscurece. Ya no se distingue nada, excepto el centellear de decenas de luciérnagas y el sonido de cientos de grillos y cigarras. La luna creciente deja verse de forma intermitente, al antojo de las nubes. Toda la gente fuera de los vehículos, charlando de lo que podemos. Parecía que nada podía ir peor, hasta que empieza a llover. Cada vez más fuerte. Todo el mundo adentro. Menos mal que aquí no hay volcanes, porque si no seguro que revienta alguno. Isaías dice que ya nos vamos, pero sabe tan bien como yo que no es verdad, pues a lo lejos siguen todos parados. Hace calor. Los cristales se empañan. La gente, que en su mayoría no entiende el idioma, empieza a impacientarse. Hacemos de traductores entre Isaías y los pasajeros. Empiezo a pensar que es el segundo capítulo del Juego del Calamar y que de aquí no nos saca ni el Maximón. Sólo espero que no haya que correr porque después de lo de ayer seríamos los más lentos de todo el hemisferio norte... Así juntitos permanecemos dos horas.

Por fin se abre el paso. El camino ya es de tierra y está lleno de baches. Doce horas y media después de salir llegamos a Lanquín. Es una ciudad muy pequeña. Ni una farola. No se ve nada. El suelo es barro. Un montón de gente se acerca a la furgoneta, la rodea y empieza a gritar nombres de alojamientos para llevarte. Me recuerda a la venta de pescado en las lonjas. Isaías me pide que le ayude. Se sube al techo de la furgoneta y empieza a darme mochilas y maletas. Las voy dejando todas en el suelo para que cada uno coja la suya. Es de noche, no se ve nada y aquello es una feria. Es uno de esos momentos en los que hay que tener cuidado. Tienes que saber muy bien dónde te montas. A nosotros Isaías nos va a dejar en la puerta de nuestro hotel (un colega es un colega). Y junto a nosotros a una pareja israelí que no entiende nada de español y que, mientras yo bajaba maletas, si no es por Cristina se monta sabe Dios con quién y a qué destino. Si se tratara del Juego del Calamar, estarían fuera. El caso es que estamos donde queríamos. Es lo que tiene Guatemala, que las cosas se hacen cuando se puede, pero se hacen.

Nuestro alojamiento las dos próximas noches será una cabaña en mitad de la selva, junto al río Lanquín. Es el el más decente que he encontrado. Sentimos que estamos en el meollo de los meollos, en el sitio más escondido y aislado del viaje, de este y de muchos otros. Aprovechamos en la recepción para reservar el shuttle que nos llevará dentro de dos días a Flores y la visita de mañana a Semuc Champey. Toca descansar y esperar que nuestras resentidas piernas mejoren, porque de nuevo habrá que andar en otra de las joyas de este ya inolvidable país.

 

Para seguir leyendo los días sucesivos (11-17) ir a "Guatemala 2".

Pájaro en Alta Verapaz.

Valle del río Cabón

Esperando a que abran la carretera.

Lugar donde la carretera está cortada.