COLOMBIA

Agosto 2022

Bienvenidos a Colombia (Rosita)

Día 1. Colombia. Primer contacto.

En este nuevo paseo volvemos a Sudamérica. Nos espera Colombia, impresionante país, sin duda uno de los destinos más espectaculares que existen.

Diez horas de vuelo pueden ser muchas cuando se mira desde abajo. Pero arriba, el eterno azul oceánico te invita a pensar, y el tiempo empieza a pasar de otra manera.

De nuevo esa emoción de vivir otra aventura, ese palpitar más fuerte... De nuevo las horas pasan despojadas de preocupaciones, como cuando éramos niños.

A veces echo de menos este cosquilleo. Lo experimentábamos años atrás al enfrentarnos a lo desconocido. Es esa sensación de ganas de conocer, de falta de miedo, de liberación de adrenalina... que sentíamos cada vez que la vida nos situaba ante algo que nos motivaba. Eran las ganas de sentir, de vivir, de aprender algo nuevo, de dejarse llevar sin más, de interaccionar con un mundo a cada paso más emocionante...

Con el tiempo, esos momentos son cada vez más difíciles de encontrar, porque los ocultan los miedos y las preocupaciones. Pero están ahí, esperando volver a la vida y rejuvenecer el alma, porque es esa escasez de vivencias, mucho más que las arrugas, el signo más palpable que nos hace "mayores"...

Hay que buscar esos momentos, volver a sentir ese cosquilleo, encontrar la manera de seguir aprendiendo, para no vivir de los recuerdos, sino con ellos. Hay que dejar las excusas y asomarnos al abismo, reencontrarnos con esa pizca de locura que dejamos olvidada... (bendita locura!!), dejar atrás nuestras comodidades y lanzarnos sin red al vacío de la incertidumbre, de lo que está por venir.

Viajar nos da esa posibilidad, porque mantiene intacto el efecto motivador que siempre nos produjo lo nuevo, lo desconocido...

Viajar siempre será un buen tratamiento para el envejecimiento mental, porque nos brinda la posibilidad de sentir de nuevo ese cosquilleo que tantas veces experimentamos, al asomarnos sin miedo al mundo, para detener el tiempo, desde lo más alto del fascinante precipicio de las posibilidades.

Aterrizamos en Bogotá. Empieza a caer la noche. A lo lejos enormes montañas enmarcan un enjambre de calles, que se derraman por las laderas, constituyendo un núcleo urbano de más de siete millones de personas.  Sólo la pisaremos unas horas. Vamos en transfer hasta el hotel. Mañana volamos temprano hacia Pereira, para iniciar nuestra ruta por el Eje Cafetero.

Comienza el reto.

Día 2. Colombia. Eje Cafetero. Salento.

Desayunamos temprano. Nuestro Transfer al aeropuerto sale a las 06:30h. El vuelo a las 08:30h.

Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2011, el Eje Cafetero se extiende a través de tres departamentos: Quindío, Caldas y Risaralda. Un sinfín de colinas cubiertas con un exuberante manto de diferentes verdes.

En una hora estamos en Pereira, la capital del departamento de Risaralda.

Recogemos el coche de alquiler en el que recorreremos durante 4 días esta zona. Nos explican que existen días "pico y placa", que quiere decir "DÍA SIN COCHE", en el que en función de la matrícula, algunos vehículos no pueden transitar. Al nuestro le toca los lunes. Hoy es martes y lo devolvemos el sábado, así que sin problema.

Nuestra primera parada: Salento. Entre las montañas de la Cordillera Central de los Andes, rodeado de fincas cafeteras y a pocos kilómetros del valle del Cocora, se encuentra este colorido pueblo, en el departamento de Quindío. De gentes amables, es considerado uno de los pueblos más bonitos de Colombia. Hace buen tiempo. Nos dirigimos al hotel Mirador del Cocora. La habitación espectacular, con unas vistas únicas. Estamos en una de las suites, literalmente un balcón al Valle del Cocora. Silencio. Sólo el sonido de los pájaros y del agua del río en el fondo del valle. Varios cóndores andinos sobrevuelan la zona...

Debemos gestionar antes de una semana un pago en Bancolombia, la entidad bancaria más usada en este país. Salento es muy pequeño y no tiene sucursales, pero existen "corresponsales" de ese banco en casi cada pueblo. Se trata de comercios que tienen un convenio con estas entidades y puedes hacer ingresos de dinero y otras gestiones. Aquí hay varios, y en una hora los hemos conocido a todos.

"Vaya usted la la tiendecita de la esquina de la siguiente cuadra" -Nos dice una mujer que compraba en una drogueria. "Cómo se llama la tienda?" -le pregunto. "No lo sé, pero la mujer se llama Estela" -Me contesta. Así que me toca preguntar por Estela. En Salento hay tantas tiendas y comercios que se conocen más por los nombres que por los locales donde trabajan.

Así vamos de corresponsal en corresponsal, y de tienda en tienda, pero no podemos realizar el pago, porque cada uno de ellos tiene un cupo máximo de dinero que puede gestionar, y lo adjudican los lunes. Esa cantidad que pueden manejar es muy pequeña y para los días siguientes les queda muy poco o nada. Hemos llegado a Salento el "DÍA SIN CUPO".

Cogemos el coche y nos vamos a Armenia, a unos 40 minutos, donde hay sucursales de Bancolombia. Nos recomiendan una en el centro comercial "Unicentro". Una vez allí, la cola de espera es de más de dos horas (al menos sesenta personas esperando). Además nos dice la encargada que no cambian euros en esa sucursal, sólo dólares... "DÍA SIN CAMBIO".

Nos vamos sin poder hacer el pago, pero aprovechamos antes para comprar agua y snacks para los siguientes días. Y tras pagar, cuando le pedimos una bolsa para guardar las cinco botellas y los paquetes de frutos secos que llevábamos, nos dice la dependienta que hoy es el "DÍA SIN BOLSAS", y la gente las lleva de casa... Buscamos la cámara oculta, pero no la hay. Así que bártulos en mano salimos del supermercado.

Volvemos al hotel a dejar las cosas y por fin salimos a conocer el pueblito de Salento. Nos recuerda mucho a Antigua Guatemala. Una cuadrícula de casas de variopintos colores rodeadas de montañas. Sensación de seguridad en todo momento. Comemos mojarra frita y trucha al ajillo, acompañadas de los típicos patacones (hechos a base de plátano verde frito) en el restaurante "Donde Laurita". Todo muy bueno, pero la trucha sobresaliente. Paseamos por la plaza y entramos en la iglesia. Subimos los más de doscientos escalones que nos conducen al Mirador Alto de la Cruz, con bonitas vistas del pueblo y nos tomamos una limonada y una cerveza junto al mirador, en "Botánica", un agradable y alternativo local de madera en lo alto del pueblo.

Volvemos al hotel, a disfrutar de las imponentes vistas desde el jacuzzi (hoy no es el día sin jacuzzi... Yo al menos ni lo pregunto). Vemos atardecer en remojo desde la terraza... Momento para el recuerdo.

Y temprano a descansar. Mañana haremos el Treking del Valle del Cocora, una seis horas de caminata en uno de los entornos más bonitos de Colombia.

Vistas de salento desde el Alto de la Cruz

Casa en Salento

Detalle de Salento

Mural en pared junto al mirador (Botánica)

Hotel en Salento

Día 3. Colombia. Eje Cafetero. Valle del Cocora.

Me levanto a las 05:00h para ver amanecer. El sol sale justo en frente de nuestro balcón. El canto de los pájaros más madrugadores me acompaña. Poco a poco se va iluminando el valle. Comienza un nuevo dia en Salento.

Desayunamos en la habitación con las mejores vistas de todo el pueblo.

Nos preparamos para el treking por el valle del Cocora, en la cordillera Central de Los Andes, uno de los más conocidos de Sudamérica, durante el cual podremos adentrarnos en la naturaleza más profunda, para ver de cerca las famosas palmas de cera, la planta nacional de Colombia, y las muchas maravillas naturales que encierra.

A las 08:30h salimos en nuestro coche. En veinte minutos llegamos. Aparcamos en el restaurante "Donde Juan B", en el que tenemos intención de comer a la vuelta.

Nos ponemos en marcha. Es un recorrido circular de unos 14 km, con un desnivel de más de 900 metros, llegando hasta los 3000m de altura. Decidimos hacerlo en contra de las agujas del reloj. A pesar de lo que se puede leer en internet, es una caminata dura. Se sube bordeando el río, atravesándolo varias veces, unas a pie y otras por puentes colgantes de más que dudosa seguridad, balanceándose a cada paso, y a los que les faltan bastantes baldas, lo que hace que haya que afinar muy bien la punteria para apoyar los pies. Literalmente estamos en la jungla. No hay espacio para los rayos del sol. El ascenso es muy pronunciado, gran parte con barro por la continua humedad de la zona. Algunos tramos son realmente complicados. Durante el trayecto nos acompañan multitud de mariposas, desde el inicio hasta el final.

Atravesamos una gran cascada y llegamos a la "Casa de los Colibríes", una recinto de madera perdido en la densidad de la vegetación, en la que se pueden observar estos pequeños pájaros en libertad. Tienen unos bebederos y acuden varios de ellos de vez en cuando. Pasan tan cerca que sientes un potente zumbido, como si de un mosquito gigante se tratara. Por el camino también pueden observarse, si estás atento. Fotografiarlos nítidamente es muy difícil, pues no paran más de un segundo en ningún sitio, pero es uno de mis objetivos para este viaje y no pienso irme sin una buena toma de estos animalitos. Lo había intentado sin éxito en Chile y Guatemala.

Conocemos a Pacho, un fotógrafo colombiano que nos explica cómo obtener una imagen aceptable, y nos da algunos consejos a cerca de nuestra futura visita al Pacífico en una semana. Gracias a él también podemos ver en una escondida rama de un árbol al escurridizo trogón, una de las aves más bonitas de Colombia.

Seguimos el camino. Cuando parecía que habíamos subido todo lo que había que subir, comienza un ascenso de vértigo de 1.5 km por un barrizal que nos recuerda a la tediosa subida hace un año al volcán Acatenango en Guatemala. Literalmente hay que ir agarrándose a lo que pilles. Se hace interminable.

Tras casi cuatro horas, por fin conseguimos llegar a la Finca "La Montaña". Desde ahí quedan 4.5km de bajada suave, que nos lleva a los famosos miradores del Valle del Cocora. Justo al salir de la finca y adentrarnos en el camino, Cristina descubre un colibrí en un árbol en mitad de ningún sitio. El pajarito permanece a mi lado a un metro de distancia unos 5 minutos yendo de flor en flor. Es el momento. Con suerte y gracias a los consejos de Pacho, aprovecho para inmortalizarlo en vuelo. Objetivo conseguido!!

Poco a poco empiezan a aparecer imponentes palmas de cera por todas partes, que llegan a medir hasta 60 metros, rodeadas de montañas, algunas de las cuales se elevan más de 5000 metros. Todos los verdes imaginables se dan cita en el lugar. Estas palmeras crecen solo entre los 1500 y 3000 metros, y Colombia es el único lugar del planeta donde se pueden observar. Fotos en todas las direcciones. Se trata de una de las más bonitas estampas que hemos contemplado en nuestros paseos por el mundo.

Seis horas tardamos en completar la ruta. Dura pero imprescindible para quien visite este país. En ningún otro sitio que hayamos visitado se puede contemplar algo igual.

Con las piernas aún temblorosas, comemos una trucha exquisita y unos chorizos con arepas en el restaurante donde aparcamos el coche. Muy buena comida.

Volvemos a Salento. Cristina se queda duchándose y yo bajo al pueblo a cambiar euros por pesos colombianos, para pagar en unos días nuestra visita al Pacífico con una empresa con sede en Medellín. Fue imposible gestionar el pago desde España.

Las calles están llenas de gente, pero nosotros decidimos quedarnos en el hotel para darle uso por segunda vez al jacuzzi.

Día duro pero espectacular. Mañana conoceremos una finca cafetera, visitaremos el jardín botánico y el mariposario y seguiremos nuestro rumbo si nos da tiempo hasta Pijao, conocido por ser unos de los 150 "Pueblos sin Prisa" de todo el mundo.

A descansar.

Amanece en el Valle del Cocora (Time laps)

Valle del Cocora

Valle del Cocora

Valle del Cocora

Colibrí en el Valle del Cocora

Colibrí en el Valle del Cocora

Colibrí en el Valle del Cocora

Trogón en el Valle del Cocora

Carpinteros belloteros en el Valle del Cocora

Día 4. Colombia. Eje Cafetero. Finca cafetera. Jardín Botánico.

Hoy queremos pasear por la ciudad sin gente. Solemos hacerlo algún día en cada viaje. A las 06:30h salimos a pasear. Casi todos duermen en Salento. Acaba de amanecer y todo está cerrado. Paseamos a solas por las calles y nos sentamos en la plaza. Sólo algunos pájaros y nosotros. Poco a poco los niños empiezan a salir de sus casas con las mochilas camino del colegio, los ciclistas comienzan sus rutas y las vendedoras abren las ventanas de los puestos. Decenas de palomas vuelan de tejado en tejado.

Volvemos a las 08:00h a desayunar y nos despedimos de este maravilloso hotel, que nos ha regalado imágenes y momentos únicos. Ponemos rumbo a la Finca del Ocaso, donde nos explicarán todo el proceso de siembra, recolección y elaboración de los diferentes cafés. Colombia es el tercer productor mundial de este producto.

A la finca se llega tras 10 kilómetros por escarpados senderos de ripio y piedras. La gente sube en todoterreno. Nuestro coche llega a duras penas, pero llega.

Durante el tour de hora y media nos enseñan cómo se procesa este producto, desde que se planta la semilla. Diecinueve hectáreas de cafetal bajo la sombra que plataneras y otros frutales le prestan. Algunas aves de vivos colores, como los barranco es, revolotean de rama en rama. Es literalmente una jungla.

Al acabar el tour, que se prolonga más de lo previsto, nos dan a degustar uno de los mejores cafés que existen, elaborado tradicionalmente en esa finca. Nosotros probamos el café y los mosquitos me probaron a mí. Más de treinta picaduras a los 10 minutos de llegar. 

Seguimos nuestro camino por la carretera secundaria que sale de la finca dirección al Jardín Botánico y el mariposario del Quindío. El camino es complicado. Estamos en el meollo de esta zona del país. Por aquí prácticamente no pasan los turistas. Tras una hora llegamos al lugar. Es un gigantesco bosque en el que viven cientos de especies de aves, plantas, mariposas y árboles, algunos de hasta 50 o 60 metros de altura. Colibríes revolotean a su aire junto a nosotros, otros pájaros se acercan a los comederos a pocos metros nuestra. Ardillas y otros roedores buscan su ración comida diaria. Todo entre el verde de las enormes hojas que no dejan ningún resquicio para que el sol trabaje. Las explicaciones de Melisa, nuestra guía botánica, amenizan y dan rigor al paseo. La visita se alarga a más de tres horas. Visita recomendable.

De repente son las 15:30h y no hemos comido. Decidimos suspender la visita a Pijao que teniamos pensado hacer hoy, y reajustamos el itinerario para ir mañana.

Ponemos rumbo al hotel a dejar las cosas y subir al restaurante Café Concorde a comer, cenar o lo que sea... Encontrar el hotel se hace una odisea porque no hay red móvil, por lo que el mapa online no está disponible. Decidimos ir tranquilos y cenar en lugar de comer. Estamos plena cordillera andina. El lugar es muy bonito.

Empezamos a darnos cuenta de que, al menos en esta parte, las aves exóticas forman parte de las escenas cotidianas de cada uno. Los lugareños ni las miran. Nosotros embobados viéndolas. Colombia impresiona con su deslumbrante naturaleza. Las vistas son únicas y la comida exquisita. Sin duda visita obligada.

Mañana, tras recomendación de la simpática dueña del hotel, iremos a tres pueblos cercanos unos de otros de esta zona: Córdoba, Buenavista y Pijao. Y de ahí hacia Filandia (pasando o no por Circasia en función del tiempo que llevemos). Pasaremos la última noche en el Eje Cafetero en Filandia.

Detalle de casa en Salento

Detalle de casa en Salento

Hombre en Salento

Granos de café en Finca El Ocaso

Barranquero en Finca cafetera El Ocaso

Colibrí en el Jardín Botánico

Jardín botanico

Mariposa en jardín botánico

Vistas desde el Café Concorde

Día 5. Colombia. Eje Cafetero. Pijao, Córdoba, Buenavista y Filandia.

Despejada mañana de jueves nos recibe. Es el cuarto día en el Eje Cafetero y por suerte aún no nos ha llovido.

Desayunamos y nos ponemos en ruta a las 08:00h. Hoy toca etapa de montaña... de más montaña. Visitaremos tres bonitos pueblos del Quindío, que se ubican en la ladera de la Cordillera Central de los Andes: Córdoba, Pijao y Buenavista. Pueden recorrerse por los caminos secundarios que serpentean las colinas.

En esta zona los turistas suelen ser más locales. Los demás (casi todos europeos o sudamericanos) suelen centrarse en Salento, Filandia y el Valle del Cocora.

Tras dejar la carretera principal, el camino se hace complicado. Se trata de una zona poco transitada con la vía muy estrecha, tramos de aguda pendiente, socavones en el asfalto provocados por derrumbes de piedras de la parte más alta y partes en las que por el deslizamiento de la tierra falta literalmente el trozo de la carretera que pega al barranco. Hay que ir con mucho cuidado, pero el paisaje que nos rodea compensa el riesgo. Todo está lleno de densa vegetación, palmeras, cafetales plagados de plataneras, ríos, cascadas... Tenemos la sensación una vez más de estar en el meollo.

Córdoba es un pequeño pueblo con encanto y sin apenas turismo. Igual que todos, posee una plaza (le llaman parque tenga o no árboles) con su iglesia. Con un paseo de 30 o 40 minutos basta para hacerte una idea del lugar, aunque existen espectaculares caminatas en busca de cascadas y otros tesoros naturales cercanos para quien tenga más tiempo.

El camino continua hacia Pijao, que es el pueblo más grande de esta zona. Es uno de los unicos 150 pueblos del mundo (el único de Sudamérica) que está dentro de los "Pueblos sin Prisa". Se respira una tranquilidad pasmosa. Su plaza es muy bonita, con la colorida arquitectura típica de todas estas pequeñas ciudades. La gente es muy amable y dispone de todas las comodidades u pequeños comercios locales. De casualidad me encuentro con un corresponsal de Bancolombia. Aún tengo pendiente hacer el ingreso de los pesos que cambié en Salento. Quién me iba a decir a mí que en un lugar tan remotamente perdido podría realizar esa gestión. Pero así fue. Pijao es un lugar que no debe faltar en un recorrido por el Quindío.

De nuevo a seguir con el esquema del día. Buenavista fue una sorpresa. Decidimos incluirlo porque el recepcionista del hotel Mirador del Cocora nos dijo que era muy bonito y que no podíamos perdérnoslo. Y llevaba razón. Es una pequeña joya escondida en lo más profundo de ninguna parte. Su iglesia azul y blanca, su placita, su encantadora gente, su tranquilidad, sus fincas cafeteras, sus miradores y sus tiendas son un regalo para quien lo visita.

A las 11:00h empezamos la vuelta que culminaremos mañana regresando al aeropuerto de Pereira, donde devolveremos el coche alquilado y pondremos fin a nuestra aventura por el Eje Cafetero.

Nuestra última parada será en Filandia, a una hora y media de Buenavista. Pero antes nos asomamos a Salento para comer en el restaurante Quindu, al que no pudimos ir días atrás por estar cerrado. Buena comida y buen lugar. Probamos el ajiaco, costillas de cerdo y trucha frita. Recomendable.

Tras llenar el buche viajamos durante treinta minutos hasta Filandia. Dejamos el coche y el equipaje en el hostal, que se encuentra a unos 200 metros de la plaza del pueblo. Se trata del que hasta ahora, para mí, es el pueblo más bonito de todos. Es viernes y hay mucho ambiente. Música tradicional en directo y en cada local. Su principal calle, la "Calle del Tiempo Detenido", se llena de gente de todas las edades, que pasea hasta desembocar en la plaza, perdiéndose entre los muchos en torno puestos y restaurantes que hay dispuestos alrededor de dicha plaza. Su famoso mirador está hoy cerrado, así que nos ahorramos una buena subida.

Nos tomamos una jarra de limonada de coco entre los dos en el mirador del mismo nombre que hay al final de esa calle, con vistas de todo el valle. En pocos minutos empieza una de las tormentas más bestiales que hemos visto. Menos mal que hemos pedido un litro de limonada. Durante dos horas lo único que captan nuestros sentidos son enormes rayos, truenos y columnas de agua cayendo con mucha fuerza. Cristina aprovecha para leer y yo para organizar mis fotos.

Cenamos en el restaurante que hay justo al lado y que recomiendan en todos sitios, que se llama "Helena dentro". También muy buen sitio para tomar algo. Al salir ya no hay lluvia, por lo que volvemos tranquilos al hostal.

Nos acostamos nada más llegar (bueno Cristina nada más llegar hace una hora, y yo en cuanto acabe de escribir, que va a ser ya).

Al sobre!!

Cristina en Córdoba (Colombia)

Detalle de la plaza de Pijao

Hombre en cafetería de Pijao

Panorámica de Buenavista desde el mirador

Chica en Filandia

Mujer friendo plátanos en Filandia

Hombre en Filandia

Mujer en Filandia

Día 6. Colombia. Medellín.

06:00h. Suena el despertador. Toca reorganizar las maletas (hay que pasar de 5 bultos a 4). Tras conseguir lo que parecía imposible, salimos hacia el aeropuerto. Recargamos el coche de gasolina (cuatro veces más barata que en España) y se lo devolvemos a Gustavo, el chico de la agencia de alquiler, que nos está esperando. Desayunamos allí a precio europeo y en apenas media hora el avión nos deja en Medellín.

Es la capital de Antioquia, uno de los 32 departamentos en los que, junto a Bogotá, se divide Colombia. El Eje Cafetero y Antioquia son la cuna de la cultura paisa, que engloba las tradiciones que se han ido arraigado en los habitantes de estas regiones desde sus primeros pobladores, conformando una mezcla entre lo que aportaron indígenas, españoles y africanos.

Allí nos recoge Sol, la chica con la que contactamos a través de unos compañeros de trabajo con los que coincidiremos hoy en esta ciudad. Ella será nuestra guía para conocer entre hoy y mañana lo más importante de Medellín.

Nos ponemos los tres en marcha con el coche de Sol. Primero subimos al metrocable para tener una visión general de Medellín desde las alturas. Se trata de una gran ciudad, con unos cinco millones de habitantes, lo que la convierte en la segunda más poblada, después de Bogotá. Durante el trayecto contemplamos la realidad de la mayoría de los medellinenses. Decenas de miles de casas de ladrillo muy humildes, algunas inacabadas, dispuestas en escalera en la colina, unas encima de otras, sin seguir un claro patrón, formando un interminable laberinto de caminos que las comunican. Impresiona verlo de cerca. Es una actividad muy recomendable.

Tras esta vista general de la metrópoli, nos dirigimos a la famosa Comuna 13. La ciudad se divide en barrios, que denominan comunas. Cada una tiene un número. La número trece, también conocida en su época como la Comuna de Pablo Escobar, fue famosa hace décadas por albergar en su maraña de casas y callejuelas, casi toda la actividad del narcotráfico colombiano, con una extrema violencia, asesinatos y ajustes de cuentas, que la convirtió durante mucho tiempo en la ciudad más peligrosa del mundo. Nadie traspasaba los límites de la Comuna 13.

Con el tiempo, tras la muerte de Escobar, lentamente ha ido transformándose gracias al esfuerzo de la propia comunidad que la forma y a las ayudas que ha recibido del gobierno, convirtiéndose a día de hoy en un punto de encuentro multicultural, donde se aglomeran vendedores de cualquier cosa, murales de gran calidad en las paredes, puestos de comida, atracciones, músicos, gente bailando... hasta llegar a convertirse en uno de los activos turísticos más demandados por los visitantes. Es digna de visitar y también digna de admirar la capacidad de regeneración de una zona tan problemática en el pasado. La seguridad en este momento es total.

Tras unas tres horas volvimos al hotel, no sin antes comprar en una drogueria (así llaman en Colombia a las farmacias) "caladerm", un producto que Sol nos recomendó al ver las picaduras de mosquitos se mis brazos.

Llegamos al hotel algo antes de las 16:00h. Es el mismo en el que se quedan otros amigos de Córdoba que están también de ruta por Colombia. Casualidades de la vida. Nuestros trayectos se cruzan sólo hoy. Nos encontramos en la entrada del hotel y quedamos para cenar todos juntos en un restaurante cercano, en una zona con gran movimiento nocturno. Un bañito en la piscina del hotel y a descansar.

Pillamos unos "Uber" (funcionan muy bien en Medellín) y llegamos al restaurante "Botanika". Después de cenar y tomarnos algo entre rumbas y reguetón, nosotros regresamos al hotel,  dejando al resto de valientes exploradores tomándose "la última". Mañana nuestros caminos se separan, nosotros continuaremos con Sol conociendo la ciudad de Medellín y ellos irán al Eje Cafetero. Nos vemos a la vuelta compañeros!

A descansar los tres: Cristina, mis picaduras de mosquito y yo..

Comuna 13

Parte de la Comuna 13

Comuna 13

Niño volando cometa en la Comuna 13

Día 7. Colombia. Medellín.

Desayuno en el hotel a las 09:00h. Nos despedimos de nuestros compañeros, pues ya no coincidiremos más. Ellos van al Eje Cafetero y nosotros al Pacífico.

Una hora después salimos con Sol a conocer Medellín. No tardamos en confirmar que esa ciudad es un juego de contrastes, en el que el barrio donde vives te define. Las casas se clasifican por estratos, que van del 1 al 6. En cada barrio puede haber uno o dos estratos. El 1 es el que usan las clases más necesitadas y el 6 el de las más altas. Nuestra guía nos explica que es complicado pasar de un o a otro. Atravesamos en el coche zonas muy problemáticas de muy bajo nivel social, como el "Mercado de las Pulgas" y otras donde el lujo es evidente.

La primera parada es la tumba de Pablo Escobar, que se encuentra en un cementerio a las afueras de la ciudad. Se puede entrar gratuitamente con el coche hasta una distancia de cincuenta metros, tras unos cipreses, y llama la atención la simpleza de la sepultura: unas flores, un epitafio y poco más. A su izquierda le acompañan varias tumbas de familiares suyos. Un hombre mayor, antiguo trabajador suyo, está sentado cada día en un muro que hay al lado, vendiendo imágenes relacionada a con el narcotraficante.

Muchas personas siguen idolatrándolo. Algunas incluso afirman que sigue vivo. Se trata de estratos sociales muy bajos que recibieron en su día pisos, dinero, regalos... a cambio de una publicidad positiva. En mi opinión un engaño. Un simple soborno. Por suerte la inmensa mayoría de los medellinenses, reconocen la maldad del personaje, el miedo que sembró, las familias que se vieron obligadas a escapar y el inimaginable daño que provocó a la ciudad. Y es que su sangrienta historia quedó enterrada con sus huesos para siempre, sólo siendo desempolvada cada cierto tiempo, para rellenar horas de "estreaming" en series y películas. En su epitafio se lee: "Fuiste un conquistador de sueños imposibles, más allá de la leyenda que hoy simbolizas; pocos conocen la verdadera esencia de tu vida"... Ni caso.

Después de saludar a Don Pablo volvimos al centro, para visitar el Parque de las Luces, con decenas de columnas que se iluminan por la noche, pero está casi vacío, por no ser todo lo seguro que debiera.

Continuamos sin salir del coche (por seguridad suelen tener los cristales tintados), por una de las zonas que ha día de hoy sí son peligrosas. Son imágenes reales, pero parecen sacadas de documentales de hace décadas, donde se hace evidente el efecto de las drogas, la decadencia y la delincuencia.

Esas calles desembocan en el oscuro Mercado de las Pulgas, lugar a evitar en cualquier caso. Lo curioso es que justo al acabar dicho mercado comienza el Parque de Botero, al que entramos tras dejar lo poco de valor que traemos y el bolso en el coche. Es domingo. En el parque se dan cita cientos de personas variopintas, mezclándose turistas con transeúntes y puestos callejeros, en los que venden desde zumos hasta pócimas sanadoras realizadas a base de veneno de alacranes, que extraen de esos bichitos in situ, ante la mirada incrédula de muchos. Todo ello enmarcado por varias figuras muy grandes que Botero donó a la ciudad. Mi sensación es que, a pesar de tener su encanto, no es un lugar para pasar mucho tiempo solo.

Después paramos en el Parque de los Pies Descalzos, un lugar abierto en el que la gente pasea o se sienta en los bancos, mientras los niños chapotean sin zapatos en el agua que sale por unos chorros desde el suelo. Tomamos algo en la cafetería del Planetario, situado en uno de los extremos del parque. Comienza a llover. A llover mucho. Volvemos al coche y Sol nos deja en un centro comercial de El Poblado, la zona más segura y cómoda de la ciudad. Queda la visita al jardín botánico y al pueblito paisa, que dejaremos para la semana que viene a nuestra vuelta del Pacífico si el tiempo lo permite. Quedamos con Sol mañana a las 09:30h para que nos recoge en el hotel y nos lleve al aeropuerto.

Cómo escribía antes, es llamativo el contraste entre la gente que vimos en el mercado de las pulgas y la que ahora transita de tienda en tienda. Parece una ciudad diferente.

Tras pasear y mirar la taquilla de los cines (no nos convence ninguna película), comemos en el restaurante "Andrés Carne de Res", muy bueno. Carne de primerísima calidad. Aprovechamos para ver el partido del barsa en el móvil durante la sobremesa, con dos mojitos.

A las 17:30 pedimos un Uber para volver al hotel a descansar. La comida ha sido bastante contundente, por lo que hoy para cenar unos snacks y a descansar.

Mañana a las 11:15h sale nuestro avión hacia Bahía Solano, otra de las joyas del viaje.

Parque de Botero

Mercado de las Pulgas

Hombre en la plaza de Botero

Parque de los pies Descalzos

Detalle de estatua de Botero

Parque de los Pies Descalzos

Día 8. Colombia. Casi Bahía Solano. Medellín.

Puntuales, tras el desayuno en el Medellin Vibes Hotel, llegamos al aeropuerto para nuestra cita con el avión que nos llevará a Bahía Solano, en la costa del Pacífico. Nosotros llegamos, pero el avión no. Tras varias horas nos informan que el aeropuerto de destino está cerrado por un temporal que ha provocado algún destrozo y están reparando la pista. Nos reubican en un vuelo a primera hora para mañana.

Avisamos a Sol para reestructurar los planes, pero tiene el día ocupado, por lo que debemos organizarnos como podamos. Reservamos por Booking una noche más en el hotel donde habíamos estado, y en el que volveremos a estar dentro de cinco días (por suerte quedaba una habitación). Menos mal, porque habíamos dejado gran parte del equipaje hasta la vuelta del Pacífico. Volvemos en Uber al Vibes Hostel.

Miramos por internet otras cosas que hacer en Medellín. Hay varias opciones, pero la mayoría nos dicen en la recepción que no son seguras y que no nos recomiendan ir solos. Nos proponen que vayamos a visitar la zona de Sabaneta, que es bonita y segura, y eso hacemos.

Aquí no hay turistas. Damos una vuelta por el pequeño parque, en el que la gente pasea y se sienta en los bancos y en las terrazas de alrededor. Es el día a día de los medellinenses. Entramos en el Santuario de María Auxiliadora, que nos hemos encontrado por casualidad (una vez más comprobamos que los salesianos han llegado a todas partes). La iglesia está llena y no es horario de misa. En Colombia la religión católica está muy arraigada y son muy creyentes.

Justo al lado está el restaurante "John el Viejo", que recomiendan en internet, con comida típica colombiana. Está lleno de gente. Nos sentamos y comemos una cazuela de frijoles y un solomillo. Muy bueno todo.

Por el camino que recorrimos con el Uber para llegar aquí, vimos un gran centro comercial "Mayoría Mega Plaza". Aquí es muy habitual que la gente salga a estos centros comerciales a pasar el día. Hay de todo. Allá que vamos.

Es enorme. El más grande que he visto hasta ahora. Pasamos un muy buen rato en la bolera y después en el cine. Es una sala VIP en la que por 4 euros ves una película en asientos con colchón reclinable (tumbado literalmente) y una mesita.

Tras un agradable día de relax improvisado, volvemos al hotel. Mañana a las 06:00h tenemos que estar en el aeropuerto para probar mejor suerte.

Vuelo con SATENA cancelado

Grupo de hombres en Sabaneta (Medellín)

Parque en Sabaneta (Medellín)

Tarde en la bolera

En el cine. Ni tan mal.

Día 9. Colombia. Bahía Solano.

05:00h. Suena el despertador. A las 07:30h está programado el vuelo a Bahía Solano. Segundo intento. Con retraso, pero esta vez sí.

Bahía Solano es uno de los tesoros de Colombia. Situado en la costa del Pacífico, los turistas internacionales aún no lo tienen en su lista de preferencias a la hora de planear sus itinerarios por este país. Suerte para nosotros. Se trata de un paraíso que alberga la mayor biodiversidad del planeta, con gentes afables, selvas que asoman hasta el mar y uno de los mejores lugares del mundo para observar las ballenas yubartas, que entre julio y octubre se reúnen aquí en su proceso de cría. Se trata también del lugar del mundo con más días de lluvia al mes durante todo el año, pero eso no ha evitado que a cada colombiano al que le hemos referido estos días que este era nuestro siguiente destino, se le haya evocado una melancólica sonrisa. Quienes lo conocen dicen que hay pocos lugares como este. Pronto os diré.

En 50 minutos estamos en nuestro destino. El aeropuerto es muy sencillo. Bajamos a veinte metros de la entrada. Día soleado. Calor. Humedad. Todo rodeado de selva. Sonidos de pájaros por toda partes y olor a flores. Varios militares armados se encargan de la seguridad. Un hombre va repartiendo a mano las maletas de cada uno mientras hacemos cola para pagar en una caseta de maderas de colores, la tasa turística de entrada (unos 7 euros por persona). Allí nos espera una responsable del hotel que nos distribuye en vehículos. A nuestro hotel (Ecolodge Playa Alegre) solo vamos 7 personas. Compartimos el viaje con Juan Manuel y Juanita, dos simpáticos colombianos ávidos de encontrarse con las cotizadas ballenas.

Tras 14km, en unos cuarenta minutos, llegamos al Ecolodge. Varias cabañas de madera entre palmeras, con la selva a un lado y el Océano Pacífico al otro, conforman el recinto. Loros verdes revolotean. Hemos llegado, como decía, al paraíso. Aquí no hay wifi, ni red, ni línea... Ni se les espera... Ni van a hacernos falta.

Nos organizamos para realizar nuestra primera actividad: una caminata y un paseo por la jungla, a través de los ríos Tundó y Valle.

En menos de un minuto estamos subiendo la montaña a través de una densa vegetación. Estamos aún a tan sólo 100 metros del recinto. De fondo el sonido de las ranas, el agua de algún riachuelo, los pájaros y las enormes ramas y hojas al chocar unas con otras por el viento. Suelo encharcado y ningún resquicio por donde pueda penetrar el sol. Es literalmente la jungla. Durante más de dos horas de subidas y bajadas, nos cruzamos con ranas venenosas, arañas, cangrejos, tucanes, enormes mariposas, colibríes e incluso una serpiente. Atravesamos una enorme columna de unos dos metros de ancho de hormigas, que de todos los bichejos que vemos son las que más preocupan a Checho, nuestro guía local. Nos dice que son agresivas. Tenemos que zapatear para sacudirnos las botas un buen rato porque trepan por ellas a velocidad de vertigo. Me recuerda a "Jumanji". De vez en cuando Checho tiene que cortar con su machete ramas o árboles que obstruyen el paso.

Llegamos a una cascada que forma el agua que baja de la montaña, donde podemos darnos un baño, tras el cual seguimos nuestro camino hasta la canoa de madera en la que continuaremos por agua. Navegamos río abajo durante tres kilómetros, guiados por Checho, que dirige el rumbo con un remo con el que va haciendo palanca con el fondo, que no está a más de un metro. Arriba, un sol abrasador. Abajo, el agua marrón que serpentea en un manto verde de palmas, helechos, maizales y manglares. Garzas imperiales, martines pescadores y buitres revolotean de una orilla a otra. Algún niño de los poblados cercanos se asoma a la orilla al vernos. La imagen recuerda a algunas escenas de míticas películas de cuestionable guión de conquistadores e indígenas.

Llegamos al pueblo de El Valle. Lo atravesamos a pie. Casas humildes de colores y de una sola planta. La gente de aquí tiene rasgos más africanos. Hacen su vida. Algunos saludan, otros se tapan si grabas. Pero casi todos sonríen cuando te los cruzas. Echo de menos mi cámara. La echo mucho de menos (Checho me aconsejó, con buen criterio, dejarla atrás por la dificultad del recorrido), pero las imágenes las llevo ya grabadas en mi mente para siempre.

En unas 4 horas y media estamos de vuelta. Comemos en la cabaña que hace de recepción y de restaurante, y compartimos la experiencia con los demás huéspedes (todos son colombianos).

Hablo con Gildarto, o algo parecido (se lo he preguntado varias veces y nunca entiendo el nombre), que es el responsable de nuestro programa y del de los otros 5 turistas que llegamos juntos. Le decimos que tenemos interés (Cristina bastante más) por ver tortugas en la playa. Nos organizará una salida nocturna uno de estos dias con un guía para intentar encontrarlas con algo de suerte.

Descansamos en nuestra cabaña (de nombre "Utría") para esperar a que el sol mengüe un poco.

Tras una pequeña siesta salimos a pasear por la playa. Es la segunda vez en nuestra vida que vemos el Pacífico (la primera fue nuestro entrañable para siempre Raúl Marín Balmaceda en la ruta austral de Chile). Y comienza el espectáculo. Vemos el atardecer más bonito que jamás hayamos contemplado. Una playa de arena oscura gigantesca. La marea está bajando, dejando una fina capa de agua de unos cien metros hasta el rompeolas, que hace de espejo de un cielo azul con nubes blancas. El horizonte divide en dos una imagen idéntica. No hay nada que separe nuestros ojos del ocaso. El sol, a medida que se va escondiendo, tiñe de anaranjado su trocito de cielo. Las siluetas a contraluz de la gente que pasa, hacen de cada instante un recuerdo.

Unos metros detrás nuestra están Juan Manuel y Juanita, que no han podido encontrar mejor escaparate para pedirse matrimonio. Felicidades!!

Llevamos sólo unas horas aquí y ya sabemos que este es uno de esos destinos que marcan la diferencia, que definen una forma de viajar diferente, con menos comodidades, pero lleno de experiencias por vivir. Volvemos a cenar.

Pasamos un rato en una hoguera que Gildarto ha preparado junto a la playa y nos vamos a descansar. Mañana iremos a la ensenada de Utría, uno de los mejores lugares para poder observar ballenas yubartas. Ojalá tengamos suerte.

Atardecer en Bahía Solano (Playa El almejal)

Atardecer en Bahía Solano (playa El Almejal)

Día 10. Colombia. Bahía Solano.

El día amanece nublado. Ha llovido durante la noche, pero parece q las nubes por ahora dan tregua.

A las 09:00h salimos junto a otras 8 personas rumbo a la ensenada de Utría, una reserva natural en la que se dan cita la selva, el océano, los manglares y una barrera coralina llena de vida. Además, es uno de los lugares preferidos por las ballenas yubartas para alimentarse, por lo que uno de los objetivos de la expedición es poder velas.

Caminamos unos 20 minutos hasta una ensenada donde nos espera la lancha. Una de las componentes del grupo, de gran vida recorrida, que se ha separado hoy del grupo con el que viene, parece que nos pretende escoger como sus nuevos amigos. Se ve que lo ha estado intentando con varios y la cosa no ha cuajado. Normal. En dos minutos sabemos que con nosotros tampoco va a poder ser (y mira que ponemos el umbral bajo para esto de hacer colegas en los viajes). Es una máquina de hablar. No para. Debe respirar, pero no sabemos cuándo ni cómo. Derrocha pedantería y arrogancia... a borbotones. Nos cuenta que ayer realizó esa misma excursión y que se cayó con su cuerpo complejo al agua. Y eso es muy difícil. A saber que haría la señora en la lancha. Desde lejos debieron confundirla con otro cetáceo... Complexión de cachalote tiene. Por ahí seguro que debe haber fotos de la mujer (desde ahora "Cachalote Colombiano").

El mar está algo encrespado. Salimos a mar abierto. Comienza a llover, aunque sólo unos 10 minutos. La lancha para. El capitán ha visto algo. A lo lejos una gran nube de aire a presión rompe la calma en el horizonte. "Cachalote Colombiano" sigue en el barco. Ella no ha sido. La lancha arranca el motor y se dirige a toda velocidad hacia esa zona. Otras dos lanchas lejanas hacen lo mismo. Son ballenas. Tras el soplo de aire sacan el lomo. Repiten este movimiento tres o cuatro veces, la última de las cuales cogen impulso para bajar de nuevo a las profundidades, por lo que hay que estar preparado con la cámara, pues es esa última salida es en la que se les puede ver la cola. Cada 7 u 8 minutos salen de nuevo a respirar y repiten el proceso.

Todos seguimos buscando nuevos chorros. Conseguimos ver varias ballenas, las más cercanas a unos 50 o 100 metros. Es espectacular. Nunca las habíamos visto así. Sólo nos acercamos en Sri Lanka cuando desde bastante más lejos le vimos el lomo sutilmente a una ballena azul.

Tras unas dos horas llegamos a la Reserva de Utría. Pagamos la entrada y después de las explicaciones de un responsable del recinto, comenzamos la ruta. Todos menos "Cachalote Colombiano", que dice que ya se lo sabe y que se espera a que volvamos. Le explican que va a estar dos horas al sol, sudando como un pollo, pero insiste en quedarse. El resto del grupo caminamos un buen rato entre manglares. "Cachalote" se pierde a lo lejos. Se queda varada. Andamos protegidos por una densa vegetación, donde nos explican cómo funciona el manglar. Una hora después estamos de nuevo a la playa, realizando un sencillo recorrido circular de unos 2 kilómetros en total para llegar a la embarcación. Recogemos dos horas después a "Cachalote Colombiano", que allí sigue, al sol, sudando y medio deshidratada. Esta más morena (a partir de ahora "Cachalote Colombiano Tostado). La lancha nos lleva a playa blanca, que está en una isla cercana, con arena más clara, para descansar y hacer snorkeling (careteo le llaman aquí). Es una playa de arena blanca, cocoteros y agua azul. No hay mucha gente. "Cachalote Colombiano Tostado" nos guía hacia el lugar que es mejor para el careteo... No vemos ni un pez. Y eso es dificil. Otros que escogieron el otro lado de la isla, sí pudieron ver algunos.

A las 15:30h volvemos al hotel. Comemos y salimos a dar un paseo por la playa, llamada El Almejal, hasta llegar a unas grandes rocas volcánicas que entre las que el agua va subiendo con la marea. Estamos solos entre enormes cocoteros. Es un paseo muy agradable.

Al volver me entretengo con un loro que se ha subido a un palo. Mi intención es fotografiarlo en vuelo, pero no se despega del palo. Le digo que vuele pero no me hace caso. Unos niños pequeños del lugar se acercan. Me piden echar fotos con mi cámara. Les digo que si hacen volar al loro se la dejo. Ellos cumplen su parte del trato, y yo la mía. Cristina mientras tanto, a cien metros, a lo suyo. Se ha hecho amiga de un perro y allí están los dos, sentados mirando al mar viendo el atardecer, mientras ella lo acaricia. Los niños se vienen conmigo. Son muy simpáticos. Esto si que son colegas de verdad, y no "Cachalote Colombiano Tostado". Se los presento a Cristina. Después se acercan sus madres, Lorena y Daniela, y comenzamos a charlar. Nos piden que le echemos fotos. Entre el rompeolas y la arena permanecemos un buen rato haciendo un reportaje. Rosita, hija de Lorena, posa para el vídeo de entrada a esta página con su sipmpatiquisimo "Bienvenidos a Colombia". Le paso las fotos a su madre por wasap. Ha sido otro momento de esos que se graban y se quedan.

A las 19:30h cenamos. "Cachalote Colombiano Tostado" ya chapotea feliz con su grupo de origen.

A descansar. Mañana segunda salida para ver ballenas.

Cola de ballena yubarta (o jorobada) en Utría

Lomo de ballena jorobada en Utria

Niños jugando en la orilla de océano

Día 11. Colombia. Bahía Solano.

De nuevo lluvia durante toda la noche, que deja paso a la calma en un cielo convaleciente, con nubes sin aparente intención de descargar. Todo en silencio. Sólo las olas del mar de fondo. Toca desayunar y salir por segundo día en busca de las yubartas.

Hay tres tipos de avistamientos de ballenas: de lomo (cuando sale a respirar), de cola (en el momento de la inmersión) y de salto (sirve para comunicar emociones y es el menos común de todos). Ayer vimos de lomo y de cola. Hoy vamos a por el de salto!!

Andamos hasta la ensenada. Llega nuestra lancha. Debemos esperar una hora a que suba más la marea, porque el mar está muy ajetreado y la salida se hace peligrosa. En la espera estamos acompañados por pelicanos, garzas y buitres. Vamos un grupo de colombianos y nosotros. Charlamos mientras de nuestros países para amenizar la espera. Llega el momento. Sigue el mal tiempo, pero la pericia del capitán nos saca sin problemas a mar abierto. A penas llevamos 2 minutos y comienza a llover. Cada vez más. El agua dulce que nos cae se mezcla con la salada que levanta la lancha. Estamos empapados. Protejo la cámara con el impermeable dejando un hueco para el objetivo y otro para el visor. Hemos venido a esto. Todos preparados y... empieza el espectáculo. Una yubarta ha saltado a lo lejos. El capitán la ha visto y se dirige a toda velocidad a la zona. Estamos a escasos cien metros. Son dos, una madre y su cría. De repente empiezan de nuevo a saltar. No lo podemos creer. Parece como si la primera estuviera enseñando a hacer piruetas al ballenato. Nos deleitan con unos diez saltos en aproximadamente media hora. Es impresionante. No paramos de tragar agua pero allí seguimos, impasibles, conscientes de lo afortunados que somos al contemplar un espectáculo de este calibre. Pasan por debajo de nuestra embarcación, y salen a respirar una vez más a unos quince metros nuestra. Acabamos de ser testigos a un triro de piedra, de uno de los más singulares fenómenos de la naturaleza. Es sencillamente un momento inolvidable.

Tras una hora y media desde que salimos tenemos que volver. El clima es muy adverso. Estamos en mar abierto en mitad de una tormenta con olas muy grandes. El capitán tiene que ir sacando agua mientras guía el timón. Nadie habla, aún emocionados por la escena contemplada. Ponemos punto y final a una experiencia que seguirá con nosotros para siempre. Una vez más estuvimos ahí.

Comemos comentando la actividad y mostrando las fotos entre los huéspedes del ecolodge. Hay demasiada tranquilidad en el comedor. Cristina y yo caemos en la cuenta de que falta "Cachalote Colombiano Tostado". Nos dijo que hoy iba a hacer la ruta por la selva y el paseo en canoa. Si le ha llovido igual que a nosotros, el terreno debe haber sido un barrizal. Puede haber acabado regular. Seguimos preocupados hasta que al fin aparece. Tiene más agua encima que las cataratas de Iguazú. Pisa y crea charcos. Le chorrean las orejas. Barro hasta las rodillas. Pelo pegado a la cara. No habla. Ha debido ser duro. Mejor ni preguntamos. Directamente le cambiamos el nombre... "Cachalote Colombiano Hidratado".

Tras la comida, Cristina se va a descansar. Yo voy camino del pueblo, a buscar un lugar donde sirvan marisco de la zona y a intentar buscar a alguien que nos pueda hacer una caminata nocturna para buscar tortugas (se lo dije a Gildarto pero aún no nos ha contestado).

A mitad de camino me cruzo con Checho, el guía del otro día, que es de aquí y conoce cada rincón. No había nadie mejor que él para indicarme. Me dice que él nos puede llevar a buscar tortugas esta noche y me indica un lugar donde pueden tener marisco fresco. Quedo a las 20:00h con él para el tema de las tortugas y le digo que seremos cuatro (Juan Manuel y Juanita nos dijeron ayer que también les interesaba). Después pongo rumbo a Punta Roca, el lugar en el que me ha dicho que pregunte por el marisco. Esta cerca, a unos 500 metros. Al entrar me encuentro con la que parece la dueña, y me dice que nos puede preparar cangrejos y langostinos para esta noche o mañana, por el equivalente a unos nueve euros por persona. Me parece bien la idea. Quedo con ella en ir mañana a cenar a las 18:30h.

Vuelvo al hotel para descansar un poco. Me entretengo fotografiando algún basilisco. El el lago que hay dentro del recinto hay muchos, algunos de gran tamaño. Cachalote Colombiano Hidratado intenta sin éxito fastidiarme la foto. Ella habla de su "impresionante" experiencia en el mundo basilístico y yo la ignoro. Aún sigue mojada.

Tras la cena Checho nos espera. Salimos a explorar la playa en busca de tortugas. Al final somos cinco, se ha unido Mauricio, otro en simpático colombiano. Entre los meses de mayo y septiembre, tres especies de tortugas marinas (carey, golfina y caguama), depositan sus huevos bajo la arena de las playas colombianas. Suelen hacerlo durante la noche, constituyendo uno de los procesos biológicos más impactantes que existen. Salen del mar y se dirigen hasta la parte más elevada de la arena, donde no llega el agua al subir la marea. Allí cavan un gran hoyo con las aletas traseras, donde depositan los huevos. Vuelven a rellenarlo con arena y la aplanan. Después vuelven al agua y nunca volverán a por sus crías, que al nacer bajarán directamente al océano.

Luna nueva. Noche cerrada. Cielo despejado. Caminamos dejando el océano a la izquierda, perpendiculares a la vía láctea, que corta el cielo por la mitad, más centelleante que nunca. La marea está empezando a subir, por lo que aún tenemos dos o tres horas para movernos sin riesgo de quedar atrapados. Con las linternas alumbramos la arena. Algunos perros. Decenas de cangrejos corren a sus agujeros. Una garza en la orilla sale volando al iluminarla. Buscamos el rastro que dejan las tortugas al caminar por la arena.

Tras los dos kilómetros que nos separan del final de la parte transitable, no logramos ver ninguna. Checho hace una hoguera para esperar por si aparece algo, pero nada. Intento fotografíar las estrellas, sin éxito por la presencia de algunas pequeñas nubes. Tras un rato decidimos volver y caminar unos tres kilometros hacia el otro lado, en dirección al pueblo de El Valle. Dejamos la hoguera para quien pueda necesitarla.

Son cerca de las 22:00h. De repente Checho se tira al suelo y nos dice que apaguemos las linternas. Nosotros no vemos nada, pero él sí. Una enorme tortuga Caguama, la más grande de las especies que se dan cita en la zona, está saliendo del mar. Tras ella deja el rastro típico que buscábamos. Otros buscadores de tortugas se ven a lo lejos con sus linternas, pero esta es nuestra. Hay una ley no escrita de que cada desove pertenece al primero que lo ve.

Estas tortugas están en peligro de extinción. El problema es que personas con malas intenciones salen por la noche y roban los huevos para venderlos al día siguiente. Muchos otros como Checho, los recogen para llevarlos a los tortugarios (nuestro ecolodge tiene uno), que es un arenero muy grande en el que se entierran. En un intervalo de 45 a 65 días (dependiendo del calor, a más calor menos días) saldrán las crías, que serán liberadas al Océano Pacífico. Esas tortuguitas volverán en ocho años al mismo lugar en el que fueron liberadas, para poner sus propios huevos y continuar el ciclo. De esta forma se está consiguiendo mantener estas especies. Sólo en nuestro hotel se liberaron el año pasado más de mil setecientas, aunque sólo el diez por ciento de ellas llegará a edad adulta.

Nuestra tortuga ya ha empezado a cavar el agujero. Seguimos oscuras a unos 15 metros de ella. En unos 30 minutos comienza a desovar. En ese momento ya podemos iluminarla, pues no interrumpirá el proceso. Tras terminar aplana la tierra para no dejar huella. Checho la aparta cuidadosamente y con un palo busca el lugar donde la arena a está menos compacta, para buscarlos ahí. El animal permanece justo al lado, todavía desorientado, mientras recogemos 65 huevos (normalmente son más de 100, lo que hace pensar que está es la segunda puesta del mes).

La tortuga, pocos minutos después, se da la vuelta y se dirige al mar, perdiéndose en la oscuridad, sin ser consciente de que sus crías estarán a salvo, gracias al esfuerzo de personas como Checho. El proceso ha durado una hora.

Son las 23:30h. Ha sido otro momento inolvidable. Llegamos a la cabaña. Nos metemos en la cama. Cristina sigue sin hablar, aún emocionada.

Mañana a primera hora vendrá Checho al hotel para enterrar con nosotros los huevos. Después nos llevará a unas piscinas naturales que hay cercanas. A descansar.

 

El día 12 continua en la página "Colombia 2".

Ballena jorobada saltando

Tortuga Caguama tras desovar

Recogiendo los huevos tras el desove